Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 22 de febrero de 2024
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Respira Elder, respira

La segunda película de Russo, ‘El gran movimiento’, un autor con mayúsculas, redobla la apuesta por una forma diferente de hacer cine: construir la ficción desde el documental para lograr una introspección innata, una frescura alejada de la impostura, unas formas evocadas, un abanico de lecturas. El multipremiado filme boliviano se encuentra disponible en la cartelera nacional y en los cines Skybox, Center y Prime de Cochabamba 
Elder, uno de los personajes del filme, se relaja con sus amigos en la gran ciudad.      EGM
Elder, uno de los personajes del filme, se relaja con sus amigos en la gran ciudad. EGM
Respira Elder, respira

El primer plano de El gran movimiento de Kiro Russo es un “zoom in” (el primero de muchos) hacia el centro de La Paz para meternos -y luego sacarnos- de la “alborotera”. Los edificios, un “travelling” sobre las ventanas, el Puente de Las Américas trancado, el Teleférico, millones de cables: es la ciudad enmarañada. Somos nosotros en el laberinto. Cada plano es un lienzo: ora espejos deformantes y fachadas despintadas; ora afiches desgarrados y personajes a trasluz. Hay una obsesión por plasmar momentos, cuerpos y presencias; hay un ansia por recoger las huellas, las sombras y el polvo; hay un placer a la hora de contar números –inservibles- y atesorar encuadres mimados. 

La segunda película de Russo, un autor con mayúsculas, redobla la apuesta por una forma diferente de hacer cine: construir la ficción desde el documental para lograr una introspección innata, una frescura alejada de la impostura, unas formas evocadas, un abanico de lecturas.

Una marcha de siete días de hijos de mineros (el “gran movimiento” del título del filme) llega desde Huanuni a La Paz para pedir empleo. Gritan consignas del pasado (“sangre de minero, semilla de guerrillero”) porque no tienen futuro. Elder Mamani, un personaje de  la “opera prima” de Russo (Viejo calavera) responde preguntas a la “handycam” de un compañero. Es un guiño de metacine/lenguaje. Julio César Ticona, actor natural que da vida a Elder, de profesión albañil en Huanuni, entrega un trabajo eminentemente físico y complejo, dando vida a un enfermo que agoniza por silicosis (“mucho polvo ha tragado”). Cuando la “premiere” finaliza entre aplausos sentidos y preguntas de la platea en un mini-forum, el cineasta Paolo Agazzi se acerca a Ticona y vaticina una película juntos. Ha nacido un actor, moldeado desde su cuerpo, desde su experiencia de vida.

Los tres “cuates” (Elder junto a Gustavo “Gato” Milán Ticona e Israel “Gallo” Hurtado) deambulan por la ciudad, toman y bailan libres en la “disco”, trabajan de “aparapitas” (el filme homenajea la gran tradición de cine obrero) y regalan diálogos cargados de humor, recogiendo sin líneas falsas la lengua particular de la ciudad, su jerga. 

El gran movimiento bebe del cine de las vanguardias de los años 20 del siglo pasado (el séptimo arte como lenguaje independiente de otras disciplinas artísticas); reivindica la potencia de las imágenes; nace y muere en cada escena. Russo ensalza a los obreros: coloca al sonido indagado en primer plano, eleva a la fotografía granulosa (de Pablo Paniagua) hacia los cielos, pone los pentagramas (de Miguel Yanque) a la altura de los personajes. La sala oscura es el cómplice necesario para que la música se haga ruido y el ruido, música. 

Cuando aparece en pantalla el personaje de Max Bautista Uchazara, la película pega un volantazo. Es el sabio/brujo/ermitaño/comediante del Bosquecillo, es el cancerbero del mercado Rodríguez que trabaja para alejar las sombras negras y proteger a las caseras. Don Max –que en la vida real tiene un asombroso parecido con Eduardo Abaroa- lanza su profecía: “La Paz se va a volver polvo”. Es el mismo polvo que no deja respira a Elder. Es la ciudad que nos asfixia a todos detrás de cada cuesta, de cada escalera. 

La bifurcación asfalto/bosque, la escena onírica de Noa (el perro blanco/luz), los “flash black” hacia la oscuridad de la mina, el baile surrealista/ochentero en el Rodríguez (otro guiño/marca de la casa Russo) y el idioma secreto de Don Max usado para expulsar al demonio del cuerpo de Elder no evitan que el paisaje se coma a los personajes. 

El gran movimiento es un tributo sentido a nuestra ciudad de la furia y el misterio, a sus laderas/barrios de ladrillo y sus personajes invisibles, a los caminos de piedra por los cerros de la periferia olvidada, a las caseras inmóviles de los mercados populares: todas son Francisca Arce de Aro en ese personaje entrañable llamado Mama Panchita. Nota mental: en la fiesta post-premiere, en el pub Malegría, Don Max –gran aficionado a los crucigramas- me confiesa que las extrañas palabras pronunciadas como idioma antiguo venido de lejos son un dialecto gitano/romaní transferido después de recibir un rayo en una temida noche oscura.  Ha nacido un profundo personaje paceño, un demiurgo.

La cámara se convierte en el “cuarto hombre” (tras Elder, Max y la ciudad); es la cámara-ojo que devuelve al presente a Dziga Vértov y sus montajes audaces; es la cámara que capta la vida al imprevisto. Russo es un fiel creyente del plano: el cine no es solo es una historia por contar; el cine es forma y búsqueda, no solo narración y actuación.

Entonces, toda la película pasa por delante de nosotros, como dicen que ocurre segundos antes de morir. Una tormenta limpia, una máquina tritura carne, una orquesta ejecuta la sinfonía de la ciudad (nunca La Paz se escuchó en una película como verdaderamente se escucha en la cotidianeidad). Un fundido en negro amenaza con un final pesimista. Sin embargo, la pesadilla va a dar paso a la redención más allá de la noche. Hay una luz en tu frente. Baila Elder, baila; respira Elder, respira. 

Post-scriptum: la última línea en los créditos finales dice que los hacedores del filme sienten un “profundo agradecimiento y una absoluta devoción” por y para la ciudad de La Paz, Chuquiago Marka querida. La película no es una película; es un poema fascinante/decadente, es una experiencia extraña.