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  • Diario Digital | domingo, 24 de enero de 2021
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Reflexiones de la amistad y la pandemia

Un texto sobre la “nueva normalidad”, o de la normalidad en general, o de las exageraciones que, según el autor, toca ver en la vida.
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Reflexiones de la amistad y la pandemia

Voy a tratar de hablar un poco sobre filosofía, la “nueva normalidad” y de alguna que otra cosa más, que a uno lo que toca ver y vivir en la vida. Voy a tratar de hacerlo con la mayor honestidad que pueda; y esto quiere decir, en mi caso, exagerar bastante.

Hace unos meses acompañé a un amigo al supermercado. Seguimos el protocolo completo -normalmente yo me saltaba la parte de la cámara de desinfección por considerarla medio que nada que ver, pero de repente exagero-, mi amigo en cambio es quisquilloso, y a mí me jode muchísimo joder, así que adentro ducha de supermercado, tiro en la cabeza lector de fiebre y alcohol para desinfectarse las manos. Todos limpísimos nos metimos en el super y comenzamos a hacer las compras. Creo que yo me estaba quejando de la U o algo así, o de lo aburrido de este año, o de que no había tenido vacaciones ni en invierno ni tendría en verano. Quizás no, y solamente me estaba quejando de alguna de esas cosas que parecen tremendamente injustas en la vida y que tienen algo de mágico y de misterioso y que a veces me cuesta tanto comunicar. 

¿Te das cuenta de que Nefertiti está en Berlín?- le decía. Como si eso nomás bastara para que el entendiera algo que yo busco aun descifrar.

Pero no me estaba escuchando porque su cabeza estaba en otra. O más bien otra cosa muchísimo más importante e inmediata estaba pasando delante de nuestros ojos. Un sarpullido ronchoso y multicolor estaba pasándole a mi cuate. Estaba en sus manos y en su cara y me imagino que en todo su cuerpo. Una chica nos miraba desde el otro lado del pasillo y estaba sacando su celular para tomarle unas fotos como me imagino que podría habérselas tomado a Quang Duc, el monje que se inmoló como acto de protesta en Vietnam, mientras transcurría el año 1963. La diferencia sería que Quang Duc no hizo ningún gesto de molestia ni trató de abrir los ojos para ver por una última vez ese mundo que estaba dejando atrás, tan tranquilo. Apenas pasaron unos instantes entre la sorpresa que dejó a mi amigo perplejo frente a sus ronchísimas, que además ahora le costaban respirar, y mi obvio “te sientes bien”, para que ambos entráramos un poco en pánico y nos fuéramos corriendo, dejando el carrito ahí, a un hospital.

De repente así nos agarró a todos este asunto de la cuarentena y de la pandemia, a mitad de una frase que poco o nada tenía que ver con nada, pero que se nos ocurría ocultaba una gran verdad, y el mundo nos pareció cambiar muchísimo de repente. Mientras esperábamos terminar la carrera, entender esa frase, o que el 2020 fuera el año de todos y para todas, y mirábamos el cielo cambiar, vino La Gran Espera. 

Como ya estaba bastante ocupado en ese asunto de esperar a lo grande, no me quedé a esperar a mi amigo en el hospital y más bien le conté a su hermana lo que había sucedido, que vino y yo me permití irme. Esa misma noche nos vimos los tres para cenar, mi amigo mucho mejor, que esa reacción había sido fruto de que había salido de la ducha antes de ir al super, hermano, y que sus poros estaban muy abiertos cuando pasó por la cámara de desinfección, mientras yo me anotaba una victoria imaginaria, que con un suero antiestamínico todo estuvo bien, que se sentía excelente, que no me preocupe porque en esa clínica no se atendían casos de ninguna enfermedad con fiebre, y nadie más habló de Nefertiti ni de esas cosas, sino de lo loco del mundo y de cómo nuestras soluciones a los problemas parecen generar más problemas nuevos e inesperados, y de cómo también podíamos aprovechar La Gran Espera para mejorar en esto, realmente un boludo el que salga de esta completamente igual que como entró, decíamos, brindando con jugo, mientras en mí comenzaba a aparecer otra de esas frasecitas que mejor me callé en ese momento para no andar jodiendo, pero que ahora escribo: el gran problema de La Gran Espera es la esperanza.

Mientras escribo me acuerdo de una de las tesis sobre la historia de Wálter Benjamin:

Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero talvez se trata de algo por completo diferente. Tal vez las revoluciones son el manotazo hacia el freno de emergencia que da el género humano que viaja en ese tren.

Benjamin quizás trató, por sus circunstancias y respondiendo a su trasfondo, en tratar de ser un hombre sin esperanzas. Ese freno de emergencia del que hablaba, quizás era el ataque a las esperanzas que son el motor de nuestra historia y de muchas de los instantes más brillantes y lúgubres de esta. Pero, la pregunta de: ¿cómo puede existir una humanidad, una nación, una persona que se detiene por completo?, pareció quedarse sin respuesta, ante él.  Y quizás por eso, acabó por quitarse la vida en 1940 cuando todo parecía perdido porque la guerra que lo perseguía estaba a su puerta, aunque el resto del grupo de personas con las que viajaba logró sobrevivir.

El escritor norteamericano Mark Manson considera que el único hombre aparte de Quang Duc, el monje que no miró una última vez el mundo que dejaba atrás, que se supo capaz de escupirle a la esperanza en la cara y continuar como si nada, fue Immanuel Kant. La esperanza se trata de un sentimiento y Kant apoyaba un uso de la razón, entendida como una tendencia de la mente humana y no la mano que ordena el universo, como para muchos otros. Para Kant, quizás se trataba de una razón que busque una serie de principios para seguir por las personas, más allá de un placer o beneficio secundario. Se puede decir que estos son principios, pero que también son el fin y el medio.

Pienso que una actualización de esto último se hizo ausente en La Gran Espera y  será necesario en lo que viene a continuación. Que quizás a eso vayamos a jugar con la mente, quienes tenemos el tiempo para hacerlo. Por lo demás me dejo en duda acerca de si podemos opinar sobre una nueva normalidad, o de la normalidad en general o de las exageraciones que nos toca ver en la vida.

Como principio busco uno en el problema mío de la espera, ¿cómo se puede esperar sin olvidar que se está esperando ni desesperar hasta perderlo todo? 

Mientras tanto, que es una manera mucho más sensible de decir esperando, es mejor no ducharse antes de salir de casa, sino sólo al llegar, por el bien del cuerpo y el alma.    

Filósofo - [email protected]