Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 23 de septiembre de 2019
  • Actualizado 11:51

Reconstruyendo cinelandia

Una reseña de Había una vez en… Hollywood, de Quentin Tarantino, filme que se encuentra en la cartelera nacional.
Reconstruyendo cinelandia

En 1923, el turbulento escándalo Fatty Arbuckle, que marcó el fin de un Hollywood, inspiró a Ramón Gómez de la Serna Cinelandia, obra pionera de lo que acabaría denominándose Hollywood novel, donde la malograda Virginia Rappe se transformaba en la actriz Carlota Bray, que, en el capítulo final, resucitaba en forma de proyección cinematográfica. En 2007, el norteamericano Steve Erickson aportaría otra relevante obra al subgénero con Zeroville, novela cuyo protagonista llegaba a la meca del cine la misma noche en que sería asesinada Sharon Tate y, con ella, otra idea de Hollywood posible. Entre uno y otro trabajo, libros y películas tan relevantes como El día de la langosta (1939) de Nathanael West; El crepúsculo de los dioses (1950) de Billy Wilder; el díptico Hollywood Babilonia (1959 y 1986), de Kenneth Anger o ¿Qué fue de Baby Jane?(1962), de Robert Aldrich fueron consolidando un imaginario de la ciudad de los sueños como territorio habitado por lo espectral, como precario espejismo de luz con un reverso de pesadilla

En Érase una vez… en Hollywood, Quentin Tarantino parte de esa tradición para llevarle saludablemente la contraria y, con ello, ha logrado una película compleja y extraordinaria que ondea las banderas de la utopía y el deseo desde el territorio de nobleza y precariedad de los que han sido tempranamente expulsados del sueño. Desde Jackie Brown (1997), el cineasta no había tenido oportunidad de desarrollar una mirada tan empática y afectuosa sobre sus personajes: un actor de capa caída y su doble de acción, vecinos de quienes centran los focos del nuevo glamour, inquebrantables camaradas en los márgenes de un mundo que se transforma

Si en Los odiosos ocho (2015) uno podía tener la impresión de que Tarantino se embriagaba en exceso con la sonoridad envolvente de sus alambicados diálogos, aquí emerge otro cineasta (que es el mismo, pero más maduro y depurado, sin perder un ápice de su voluntad de juego). Confiarlo todo a la imagen, mirada, silencio y gesto como en la escena de Sharon Tate en el cine demuestra una contundente firmeza en este nuevo registro, en el que también se introduce una luminosa iconoclastia (el tratamiento de Bruce Lee) y se afina un sentido lúdico de la narración que logra cimas como la del encadenado de flashbacks mientras un personaje arregla una antena de televisión. Auténtico trabajo de amor (cinéfilo), Érase una vez… en Hollywood es una obra mayor, inagotable, esplendorosa

Periodista