Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 16 de junio de 2024
  • Actualizado 20:48

Reconsiderando a Patiño y a la ficción nacional

Una lectura del libro ‘Simón I. Patiño y Albina Rodríguez, una pareja fundadora’, de la investigadora Michela Pentimalli, que se presentó en días pasados en Cochabamba
Reconsiderando a Patiño y a la ficción nacional.
Reconsiderando a Patiño y a la ficción nacional.
Reconsiderando a Patiño y a la ficción nacional

En uno de sus más interesantes cursos ofrecidos en el Collège de France en los años 70 (cuyo texto posterior será el primero de los llamados “seminarios biopolíticos”), Foucault propondrá el concepto de “guerra de razas” para referirse a una clave de interpretación de la historia que, según su lectura, caracteriza el imaginario francés a partir del siglo XVIII. El filósofo dirá que, en aquel momento y a partir del influjo de autores como Boulainvilliers, se funda lo que podría llamarse un “campo histórico-político”, esto es, una “trama epistémica” que ofrece las coordenadas fundamentales de veracidad para cualquier discurso histórico. En términos sencillos, el autor francés propone que, en aquella época, se establece en el horizonte político de Francia una forma de entender la historia como confrontación, es decir, como conflicto de parcialidades o grupos cuyo resultado final determina la morfología de la nación. Así, el cuerpo nacional se halla siempre determinado por una tensión constitutiva en virtud de la cual una parcialidad se hace dominante a través del sojuzgamiento (provisional) de la otra. 

La interpretación histórica en Bolivia, tanto en sus ámbitos populares como académicos, se ha hallado constituida en buena medida durante el siglo XX (y potablemente hasta el día de hoy) por una pulsión similar. Desde al menos mediados del siglo pasado (y con ciertos intervalos) se ha pensado la consumación de “Bolivia” a partir del acallamiento de una de sus (múltiples) parcialidades. El autor que en el caso nuestro ofrece el momento genético para esta “trama epistémica” es Carlos Montenegro con su “Nacionalismo y coloniaje”. Se trata de un texto poderoso, creativo y audaz que constituye, potablemente, el trabajo que ha tenido las implicaciones más destructivas sobre la auto-interpretación de “lo boliviano”. Su influencia, de hecho, es notable tanto en actores como en intérpretes de lo que Luis H. Antezana ha llamado el periodo del “Nacionalismo Revolucionario”.

Desde Montenegro, el vector central del devenir histórico boliviano se dibuja a la sombra de la dialéctica entre nación y anti-nación, en el marco de una comprensión maniquea y maximalista del destino nacional. Por sus circunstancias, el que porta la representación del lado vencedor en dicha puja se halla investido de un poder cuya esencia soberana se halla por encima de cualquier legalidad. Eso ocurrió muy pronto con el Estado del 52, con los regímenes militares posteriores y, de modo más reciente (aunque esto es solo una conjetura todavía), con el MAS y el periodo de poder de Jeanine Añez. 

Entre muchas de las consecuencias que la simplificación del binomio nación – anti-nación tiene, una de las más complejas es la caricaturización de los sujetos sociales que corresponden a tales términos. La “nación” se imagina como un cuerpo sólido, coherente, unificado y libre de fisuras, mientras la anti-nación se halla definida por una perversidad misteriosa y radical. En ambos casos, los dos polos parecen más constantes metafísicas que categorías históricas de cualquier tipo. Este es el peligro que puede invadir a la vaga noción de “lo nacional-popular”, al menos en su brevísima formulación en Montenegro, y también a la idea de “la rosca” como concepto meta-histórico. 

Afortunadamente, frente a las tendencias más peligrosas que definen el imaginario político y social boliviano existe también la microscopia, la labor ardua y detallista de la investigación histórica que permite lenta pero constantemente ir develando las complejidades de lo real brindando, en ese proceso, realidad a lo histórico. Ese, me parece, es el trabajo que un grupo selecto de investigadores ha venido realizando hace algunos años ya bajo la dirección de Michela Pentimalli en torno a la figura de los Patiño-Rodríguez, una investigación que se ha presentado recientemente en la Fundación Simón I. Patiño bajo el título de “Simón I. Patiño y Albina Rodríguez, Una pareja fundadora”. 

Es interesante notar, de entrada, que la idea de “los Patiño-Rodríguez” ofrece ya una perspectiva renovadora al tradicional enfoque histórico que ha consumado una atención exclusiva sobre la figura de Simón I. Patiño. El texto manifiesta, ya en la introducción de Penitmalli, su voluntad por ofrecer un nuevo equilibrio frente a esa tradicional lectura, compensando la profunda atención que ha suscitado el rol público de Patiño con un mejor conocimiento de su contracara fundamental: la labor doméstica y de asistencia social comandada por Albina Rodríguez. El resultado final, de la mano de notables artículos como los de Ximena Medinaceli o la propia Pentimalli, es una visión compleja y exhaustiva de una de las familias más importantes (sino la más) del siglo XX boliviano. 

“Una pareja fundadora” es un texto histórico en toda regla y, en este sentido, no constituye un intento por defender a toda costa la imagen de los Patiño-Rodríguez, sino más bien un ejercicio en el que, mediante el oficio de la historia, se le devuelve a un actor social la dignidad humana mínima: la de ser leído como agente (y paciente) histórico y no como caricatura metafísica. Este desarrollo fundamental, además, viene acompañado en el libro de un poderoso trabajo artístico en la edición de las páginas y en la incorporación de un archivo fotográfico y audiovisual (el texto viene acompañado de un documental) inédito que hacen de los dos tomos en cuestión un verdadero artefacto cultural. 

Por último (y este es, de hecho, el aspecto más importante para el que escribe), es de notar este tipo de trabajos en los que la excavación histórica se hace sorda a la hojarasca de las narrativas y los imaginarios hegemónicos ofrece la verdadera posibilidad para volver a mirar de frente a la nación boliviana. Un ejercicio de este tipo siempre supondrá la dificultad de entender la propia identidad como precaria y perteneciente a un conjunto fragmentario y paradójico, alejándose así de las comodidades que ofrece el consuelo de cualquier ficticia “alma nacional” homogénea. La verdad de lo colectivo vendrá siempre a costa de la seguridad psicológica de lo individual.

El autor es filósofo y docente universitario