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  • Diario Digital | martes, 21 de septiembre de 2021
  • Actualizado 16:02

‘Rápidos y furiosos 9’: traumas familiares

Vin Diesel y Michelle Rodriguez en acción, durante 145 minutos. UNIVERSAL STUDIOS
Vin Diesel y Michelle Rodriguez en acción, durante 145 minutos. UNIVERSAL STUDIOS
‘Rápidos y furiosos 9’: traumas familiares

“No se trata de ser el más fuerte, sino de ser el más grande”, le dice papá Toretto a su hijo Dominic poco antes de estrolarse contra una pared de concreto durante una carrera estilo Nascar, en una secuencia introductoria que transcurre en 1989 y opera como presentación de los traumas familiares que deberá resolver el personaje de Vin Diesel durante las más de dos largas horas de Rápidos y furiosos 9. No es descabellado pensar esa frase como declaración de principios de una saga que a lo largo de los últimos 20 años ha aumentado exponencialmente su volumen hasta convertirse en un éxito de taquilla planetario. Pero más grande no es necesariamente mejor. Lo que arrancó con un par de películas centradas en un grupo de ladrones avezados en el arte del manejo como excusa para los desfiles constantes de autos tuneados y mujeres ligeras de ropa perreando a cámara, devino en un universo grasa, festivo, desaforado y rabiosamente cinético con eje en las persecuciones y los desafíos físicos más inverosímiles que haya imaginado Hollywood en mucho tiempo. Pero ahora Rápidos y furiosos quiere ir para otro lado. El problema es que no parece saber hacia dónde.

El taiwanés Justin Lin se había sentado en la silla de director cuatro veces antes de hacerlo ahora. Fue el responsable, entre otras, de la quinta y sexta, que marcaron el quiebre hacia una etapa más excesiva. Nadie como él debería saber que el asunto funciona en la medida que lo hagan sus escenas de acción. Sin embargo, Lin ensaya un nuevo giro por el cual suma espías, traiciones y villanos que quieren, como los de Avengers, conquistar el planeta. Y no hay, como sí había antes, autoconciencia del absurdo dramático que significan estos estereotipos en un universo ajeno. Tampoco ayuda el corrimiento del foco narrativo a las relaciones, motivaciones y deseos de esos personajes que nunca han dicho más 20 palabras consecutivas sin que vuele o explote un auto. Para colmo, hace varias entregas que la saga tomó la costumbre de traer al ruedo a quienes habían sido dado por muertos antes. ¿Quién podría preocuparse por la suerte de alguien, si ni siquiera les preocupa a los guionistas?

Durante el inicio entra en escena el hermano de Dominic (Diesel), Jakob (el gigantón John Cena, salida de los rings de lucha libre), que luego de la muerte de papá Toretto se pasó al lado de los malos y ahora forma parte de una confabulación internacional para hackear satélites, encabezada por el hijo rico de un líder europeo. Como en todas las películas previas, Dominic está tranquilo en un campo, disfrutando del retiro y enseñándole mecánica a su hijo, hasta que llegan sus compañeros para pedirle por favor que se sume a ellos para salvaguardar el mundo libre.

Obviamente acepta, encendiendo así una trama más deudora de James Bond y Misión imposible, con los dispositivos hi-tech a la orden del día, que de lo que había sido hasta ahora Rápidos y furiosos. Los viajes alrededor del mundo –desde Japón a México, con escala en Londres– son excusas para cameos de viejos conocidos de la saga (Helen Mirren, con elegancia palaciega aun cuando pistea por la calle) y varias situaciones ridículamente divertidas, como el viaje hasta el espacio... a bordo de un auto con un motor de cohete en el techo. El desparpajo de esa secuencia no es el mismo que el del resto de una película que recurre a fórmulas conocidas (autos que “atajan” personas, salvatajes imposibles) y aplicadas a través de efectos digitales que hacen más ruido que los motores acelerados a fondo.