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  • Diario Digital | martes, 05 de marzo de 2024
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¿Quién descansa en la tumba de Barrientos?

“¿No es pertinente que a 53 años de su fatídico deceso se realice una prolija investigación para saber si en la tumba del controvertido general yacen realmente sus carbonizados restos?”
La última foto que se tomó al helicóptero  en el que murió Barrientos.       ARCHIVO DE LA FEDERACIÓN DE LA PRENSA
La última foto que se tomó al helicóptero en el que murió Barrientos. ARCHIVO DE LA FEDERACIÓN DE LA PRENSA
¿Quién descansa en la tumba de Barrientos?

Tras ser invitado por una organización campesina para festejar anticipadamente el Día del Periodista (10 de mayo), la apacible tarde del 27 de abril de 1969, me encontraba a bordo de una furgoneta en compañía de varios colegas rumbo a un boliche de Vinto, sobre la carretera Blanco Galindo. Allí recibimos por radio con estupor la infortunada noticia de la muerte del presidente René Barrientos Ortuño en la localidad de Arque, donde realizaba una de sus frecuentes visitas a los campesinos a quienes gustaba llevarles como regalo pelotas de fútbol, camisetas y dinero en efectivo.

Ese fatídico día era domingo, por lo que con mis compañeros me vi obligado a retornar a la ciudad a fin de cubrir los pormenores del trágico deceso del mandatario tarateño. Como yo cubría la Prefectura, la policía y otras fuentes de información, me dirigí a las oficinas del DIC de la plaza 14 de Septiembre. Allí me contacté con detectives que habían recibido la orden de trasladarse a la base aérea militar cerca del aeropuerto y donde debían arribar los cadáveres quemados de Barrientos, su edecán Leovigildo Orellana y el piloto del helicóptero Carlos Estívariz. Los funcionarios policiales me permitieron, a regañadientes, que los acompañe en su misión.

Fue después de las 13 horas con 26 minutos que el helicóptero llevando a Barrientos y sus dos acompañantes, aparentemente se enredó en los cables de alta tensión luego de despegar dejando una concentración campesina en Arque, en cuya alcaldía almorzó y brindó con una copa de champaña por el arranque de una obra de captación de agua potable para el pueblo, al que destinó 5 mil pesos bolivianos. El general, debía trasladarse luego a la localidad de Tacopaya donde sus pobladores ya se habían concentrado a la espera del carismático presidente que acostumbraba hablarles en quechua al pronunciar sus discursos.

Al llegar a la base aérea, los agentes del DIC cargaban los cadáveres carbonizados de los tres militares a una de las salas preparadas para vestirlos y donde yo me encontraba junto al jefe del DIC José Abraham Baptista. Éste, avistó al primer cuerpo quemado y de quien los detectives aseguraban era el presidente. Su rostro mostraba un rictus de desesperación mordiéndose la lengua y tenía los dedos de las manos negras y crispadas. Baptista gritó a sus subalternos “¡No, ese no es mi general, mi general era un hombre valiente!”. Observó también al otro cadáver que le aseguraron era del piloto Estívariz, el que lucía y tenía más o menos la misma complexión física que el mandatario. “¡Este es el general Barrientos!”, dijo categóricamente Abraham. Inmediatamente ordenó que se lo llevara para su velorio al kilómetro 7 hacia Quillacollo, donde el presidente tenía una propiedad.

Cuando ya pasaron días del fatídico incidente de Arque, escribí un artículo en el suplemento semanal del periódico en el que prestaba mis servicios como reportero, dando cuenta de los detalles protagonizados por el jefe de la policía política. Esperé alguna reacción de las autoridades gubernamentales o locales y no hubo quien corroborara o desmintiera mi atestiguada observación.

Después, volví a referirme a este incidente en otra nota periodística difundida en el matutino cochabambino Opinión y tampoco hubo reacción sobre ese posible cambio de cadáveres, tras el trágico incidente del helicóptero aquel aciago 27 de abril de 1969.

Numerosas conjeturas y versiones se difundieron y publicaron en sentido de que, por ejemplo, el general Barrientos habría sido asesinado con un certero disparo desde una colina cercana al lugar donde el helicóptero estalló en llamas y se enredó en los cables de alta tensión, “por orden del general Ovando Candia”, su antiguo cogobernante y al mismo tiempo su acérrimo enemigo.

También se dijo que su horrenda muerte habría sido planeada por los seguidores del famoso guerrillero Ernesto Che Guevara, a quien Barrientos Ordenó sea ejecutado después de su captura en la Higuera, escenario del fallido movimiento guerrillero que comandó el argentino cubano hasta octubre de 1977.

Pese a que Barrientos fue considerado por muchos como el “General del pueblo” y aclamado como pocos por su carismática personalidad y su contacto con los campesinos en su idioma original, recibió igualmente innumerables críticas sobre su mala administración y fomento a la corrupción enraizada en su gestión. La más grave fue en 1977, cuando la multinacional petrolera Gulf Oil Company, al interior de una investigación patrocinada por el senado norteamericano, aseguró que entregó al cuestionado militar, millones de dólares y un helicóptero para su campaña electoral de 1966.

Al aproximarse el primero de mayo del año en que murió Barrientos, se dijo que se declararía dictador, para convertirse en un mandatario que trabajaría en favor de las grandes mayorías campesinas y proletarias. Ese sueño, especulación o conjetura no se materializó, debido a su inesperado y trágico fin. Sin embargo ¿no es pertinente que a 53 años de su fatídico deceso se realice una prolija investigación para saber si en la tumba del controvertido general yacen realmente sus carbonizados restos?