Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 31 de julio de 2021
  • Actualizado 08:53

‘La purga por siempre’: otra noche sin ley

Un fotograma de la más reciente entrega  de la saga de terror. UNIVERSAL
Un fotograma de la más reciente entrega de la saga de terror. UNIVERSAL
‘La purga por siempre’: otra noche sin ley

El concepto central de la saga The Purge es buenísimo. Todo se sitúa en un futuro cercano (2022 en la primera película, estrenada aquí en 2013 como La noche de la expiación), en unos Estados Unidos donde todo parece marchar viento en popa desde la llegada de los llamados Nuevos Padres Fundadores, que asumieron el poder embanderados en la promesa de devolver al país la grandeza perdida. La pobreza es un recuerdo, los números de la economía están en verde y la ciudadanía luce calma y tranquila, sin conflictos a la vista. ¿Cómo lo consiguieron? Destinando una noche anual a la purga del título, entendida en su acepción de limpieza social: durante doce horas el Estado se esfuma, dando vía libre para que cada quien haga lo que se le cante. ¿Matar a un vecino rico? Adelante ¿Cargarse mexicanos en plena calle? Cómo no ¿Tirotear afroamericanos? Pero claro, total no hay ley entre las 7 de la tarde y las 7 de la mañana.

El padre de la criatura se llama James DeMonaco, quien durante cuatro películas –la mencionada La noche de la expiación, 12 horas para sobrevivir (2014), 12 horas para sobrevivir: el año de la elección (2016) y 12 horas para sobrevivir: El inicio (2018)– y dos temporadas de una serie se dedicó a darle vueltas al asunto, ambientando las historias en distintas purgas. Primero fue como director y guionista al principio; luego solo en el segundo rol. La alegoría, es cierto, nunca fue precisamente sutil, en tanto su interpretación era unidireccional. Pero, como si fuera una maniobra digna del poder anticipatorio que se le atribuye a Los Simpson, en enero último, un militante trumpista disfrazado de guerrero sioux irrumpió en el Capitolio en vísperas de la oficialización de la derrota electoral del hombre anaranjado. ¿Cómo explotar una idea cuya potencia ha quedado chiquita al lado de la realidad, luego de que la CNN haya mostrado algo muy parecido (o incluso peor) a lo imaginado en la ficción?

La purga por siempre debe hacerse cargo de éste, un desafío mayor al del desgaste. El guion de DeMonaco –llevado a la pantalla por el director mexicano Everardo Gout– ensaya una respuesta volcándose hacia un cine menos político que cinético, de puro movimiento hacia adelante, que abraza las persecuciones distópicas y polvorosas, como si fuera un western que mezcla Mad Max y La carretera. Lo hace con una trama que, como casi todas, inicia en vísperas de una de esas noches, cuando en un campo texano coinciden dueños y empleados. Blancos, orgullosamente americanos y adinerados los primeros, en especial el patriarca Dylan (Josh Lucas), que no saca el sombrero de copa alta y ala ancha ni para dormir, espera con su mujer a su primer hijo y, desde ya, maltrata crónicamente a los morochones mexicanos a su cargo. Uno se llama Juan (Tenoch Huerta) y está casado con Adela (Ana de la Reguera), que trabaja en un frigorífico al mando de faenadores coterráneos.

La noche sin ley pasa sin grandes sobresaltos para ambos grupos. Los problemas empiezan al otro día, cuando los “purguistas” deciden que no es suficiente con doce horas y proponen continuar con las balaceras para, de una vez por todas, eliminar todo aquello que ponga en peligro la pureza en el norte del Río Bravo. Hasta para el cowboy Dylan, testigo de cómo asesinan a su padre, es un poco mucho. Salvado por sus empleados, él y el resto de la troupe tex-mex deben emprender un viaje para huir del caos. Al principio no hay destino, hasta que por la radio escuchan que México abrirá las fronteras durante seis horas para asilar norteamericanos. Y así allí irán, entonces, en una inversión del camino habitual de los inmigrantes que no carga con la ironía de lo paradojal. Es más bien un chascarrillo filoso, una elevación de las directrices de una saga que, en este caso, apuesta menos por las resonancias de lo que cuenta que por la manera de contarlo. Y Gout lo cuenta de manera simple y directa, remitiendo a un tipo de cine de la vieja escuela que, aunque cada vez menos, siempre vuelve. Como los supremasistas, pero para bien.