Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 17 de octubre de 2019
  • Actualizado 06:59

[LENGUA POPULAR]

Puesto que no podemos recordar, creamos

Análisis a la creación poética, conceptual y narrativa del autor beniano Nicomedes Suárez Arauz.
Puesto que no podemos recordar, creamos

Quiero recordar hoy a Nicomedes Suárez Arauz. Pero, para iniciar este recuerdo, quiero pasar antes por una anécdota del siglo pasado que incluye a Borges. Éste protagonizó un caso conocido de criptomnesia (plagio involuntario) con uno de sus cuentos. Pasó que, sin saberlo pues lo había olvidado, reescribió un cuento de Giovani Papini que leyó años atrás. Pasado un tiempo, en un prólogo a uno de los libros de Papini, Borges escribe lo siguiente: “Yo tendría once o doce años cuando leí, en un barrio suburbano de Buenos Aires, Lo trágico cotidiano y El piloto ciego [en este se hallaba el cuento olvidado], en una mala traducción española. A esa edad se goza con la lectura, se goza y no se juzga. Leí a Papini y lo olvidé. Sin sospecharlo, obré del modo más sagaz; el olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria”.
Volvamos a Suárez, él nace en Santa Ana de Yacuma (Beni), un pueblo de la amazonia boliviana, en 1946. Tiene una vida prolífica en la academia, la creación poética, conceptual y narrativa. Es conocido principalmente por su teoría de la estética Amnesis, la cual empieza desarrollar desde los años sesenta. El proyecto de Suárez tiene como temas principales la memoria y el olvido en la “creación artística”.
La memoria es un tema antiguo, preocupantemente antiguo. En Grecia, por ejemplo, y si hemos de comenzar por donde se suele comenzar, es ineludible mencionar a Ulises. “Musa, dime del hábil varón”, se dice en el primer verso de La Odisea. El inicio, es un llamado a la memoria, al recuerdo. Ser olvidado es la peor condena. La posibilidad del olvido tiene un afecto ligado: el dolor. Penélope cae en llanto al recordar a Ulises, su esposo; es un recuerdo que pone de relieve la posibilidad de perderlo, de olvidarlo, de que lo olviden. Este recuerdo termina en un dolor que se acentúa con cada momento de ausencia acumulada. “En mí como en nadie se ceba un dolor sin olvido”, sufre Penélope. Que fácil encontrar esto, ¿no? En nosotros y en los otros.
Con esto dialoga Nicomedes, pero, quizá, con la intención de invertir el resultado. Así, en la apertura de su Manifiesto Amnesis, y como buscando poner sobre la mesa algo que buscamos evitar, quizá para evitar el dolor, nos dice lo siguiente: “La totalidad de la existencia humana está circunscrita por la amnesia. Nuestra amnesia colectiva (ese inmenso vacío en nuestra historia universal) es comparable al de nuestras vidas individuales: en las ausencias de nuestros recuerdos del día que nacimos, de los primeros años de nuestra vida, y la miríada de incidentes olvidados de nuestra vida diaria”. No hay salida, el olvido no solo adviene, sino que tiene su lugar propio: a lado de la historia de la memoria, anida y crece, la historia de la amnesia. En ambas crecemos, y por ambas, creamos.
Nicomedes en algún momento llega a comentar como esta preocupación por el olvido surge de una experiencia vital, así, nos cuenta como en la cuenca amazónica es difícil decir que haya “historia”, es decir, memoria. Las inundaciones, tan frecuentes allí, hacen de la memoria algo muy frágil: “la historia es una suerte de cedazo: casi todo se filtra al olvido”. Pero, esto más que angustiarlo, lo inspiro a considerar que “si la historia no era una piedra lapidaria de proporciones precisas, hechos y datos, se podría concebir como un lienzo en blanco en el cual se puede pintar a voluntad”. 
Reconocer la “presencia” del olvido nos exige y pone en una tensión que solo puede resultar en creadora, que solo puede solucionar así. “Puesto que no podemos recordar, creamos”, dice en otro momento Nicomedes. Su propuesta invita a una extraña paradoja: recodar el olvido. Hacer presente el vacío. De esta manera recupera, de algún modo, esa idea tan recurrente en poesía del “regreso a”: a algo íntimo, a lo primerísimo, al paraíso, a la infancia, etc., pero ese regreso es a algo sin contenido ni forma. En ese sentido, crear es darle una forma al olvido. Bajo la propuesta de Suárez, el resultado del acto creativo, es la construcción de una forma que “contenga” al olvido. No vale ignorarlo y asumir que todo está “lleno” de memoria. Pero, hay que decirlo, este “regreso”, es siempre gozoso, pues entrar “al reino de la amnesia equivale a entrar a un mundo donde los nombres han sido desplazados por agua y sombra. Es entrar a un mundo por siempre maravilloso”. Hay claramente un giro a lo antes mencionado. El resultado de reconocer el olvido, su presencia, no es el dolor, ni la aflicción. 
Esta paradoja, este “reencuentro con el olvido”, es la premisa fundamental en toda producción derivado de la estética Amnesis. Pero, no busco pensar en los modos en que estas obras podrían ser, eso corresponde a otros textos; más precisos y especializados que el mío. Busco recuperar, de la recuperación del olvido en Suárez, un inesperado carácter terapéutico. Siglos han pasado desde el cantar de La Odisea, pero esa afligida relación con el olvido sigue latente; escondida y latente como todo lo antiguo. Puede que la inversión que mencionamos rebase el enfoque estético y nos lleve a un estadio más, un apartado más, en el aire de las letras del gnothi seauton (conócete a ti mismo). Con Suárez, se invierte a Borges, y se hace de la memoria la forma del olvido: 
“La amnesia es un fenómeno psíquico e implica un ente metafísico. El olvido es algo divino, algo que nos libera. Si tuviéramos memorias infalibles, nuestra existencia sería insoportable. Pero esta divinidad (...) no radica en un cielo distante o recóndito, sino más bien dentro de nosotros. La amnesia signa el vacío y también la plenitud de nuestras vidas. La memoria realza las diferencias entre humanos, la amnesia ilumina. nuestras similitudes. La amnesia no implica la negación de la memoria; implica la expansión de nuestra consciencia”.