Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de septiembre de 2019
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EL LIBRO DE WILLY MUÑOZ SERÁ PRESENTADO EL VIERNES 28, A LAS 19:00, EN LA CASONA SANTIVÁÑEZ

A propósito de Dramaturgia Boliviana

A propósito de Dramaturgia Boliviana

El viernes 28, junto a la revista Los Títeres en Bolivia, se realizará la presentación del libro Dramaturgia boliviana, a las 19:00, en la Casona de Santiváñez (C. Santiváñez entre Junín y Ayacucho). En el acto, IBART entregará reconocimientos a personalidades y elencos del teatro cochabambino. El evento está siendo organizado por la Oficialía Superior de Culturas de Cercado.
Adolfo Cáceres Romero
Proemio
Dramaturgia Boliviana, de Willy Oscar Muñoz Cadima, que tengo el gusto de presentar, se constituye en una señal inequívoca del buen momento por el que atraviesa la Oficialía Superior de Culturas del Gobierno Autónomo Municipal de Cochabamba, a partir de la celebración del Bicentenario de la Gesta Valluna (1810-2010). Son tantas las publicaciones que nos ofrece esta Casa de la Cultura, que no nos resta sino aplaudir semejante empeño.
En Dramaturgia Boliviana, Willy Oscar Muñoz nos ofrece una selección de ocho piezas, junto a dos estudios reminiscentes, sobre IBART y el Teatro Los Andes; comentarios que publicó en diversos medios, tanto de los EEUU como de Bolivia. En la parte de “Agradecimientos”, el autor nos revela el periplo que marcó la presencia de estos estudios, teniendo en cuenta que los dedicados a Ángel Salas y Saturnino Rodrigo formaban parte de su Teatro boliviano contemporáneo, publicado en La Paz, en 1981, luego de haberse adjudicado con esa obra el Premio de Ensayo “Franz Tamayo”. Al final, en dos capítulos que son el germen para estudios más amplios sobre el teatro boliviano, van: “IBART: Su historia” y “Teatro de los Andes: Del rito a la memoria histórica”.
¿Qué implica esta Dramaturgia Boliviana, respecto a Teatro boliviano contemporáneo? Indudablemente una visión más amplia y corregida de los estudios que inicialmente emprendió Willy Oscar Muñoz; sin embargo, también debemos hacer notar que hablar de dramaturgia es tratar esencialmente de obras teatrales escritas, de su temática y diseño, al margen de su escenificación; desde luego que no es lo mismo hablar del teatro como arte, por cuanto el teatro no es propiamente un género literario. En sí es una de las manifestaciones artísticas, más complejas y tangibles, donde la palabra trasciende el guión y, al ser percutida o, más bien, actuada por personajes de carne y hueso, cobra relieve en un escenario abierto o cerrado. Esta apreciación no es nada nueva. Ya fue vislumbrada por Aristóteles en su célebre Poética, donde comienza estudiando el objeto de la poesía, diferenciándola de la imitación, para encasillarla con otros nombres y divisiones. Luego de criticar su nomenclatura, estudia el objeto de la imitación, la manera, el origen de la poesía, que, según nos dice, nace de sus causas naturales; además, su historia, como gesta épica, se limita a la obra de Homero. A partir de esta apreciación todo el tratado se reduce al estudio de la tragedia; además de las concomitancias entre drama y poesía, distinguiendo la lírica de la épica y, desde luego, de la tragedia.  A mediados del siglo XX. Gaëtan Picón, en su Ojeada al Teatro (1958), comienza su estudio preguntándose: “¿Depende el teatro de la literatura?” Desde luego que reconoce que el teatro forma parte del dominio de la palabra, pero de la palabra en acción. Concretamente dice: “En principio, es un texto cuyas virtudes serán las de toda cosa escrita, pero este texto está representado, es decir, vivido delante nuestro; nos impresiona, nos convence, nos entusiasma en la medida particularmente en que logra la identificación necesaria entre el héroe de la acción y el espectador”. Aquí hay algo importante que distinguir: En la literatura el destinatario de una obra es el lector; en cambio, en el teatro, el espectador

Entonces, la “dramaturgia” que Willy Oscar Muñoz nos brinda, se fundamenta en la visión que tiene de la gestación o composición de las ocho piezas teatrales de este su libro, además de su puesta en escena. Así, inclusive, al indicarnos cuándo y cómo se presentó la obra, lo que le interesa son los pormenores que inspiraron al autor para escribir ese drama o comedia, analizando su temática, trama, diseño, ya sea en tres, dos o un acto; su relación con el medio y, acaso, su intención social o estética; en tal sentido, su exposición es más amplia, por cuanto también nos dice si se trata de un drama social, intimista, de carácter, moderno o tradicional; por otra parte, Willy Oscar Muñoz además se muestra hábil reseñador de los argumentos de las obras seleccionadas; aparte de que, como todo buen investigador, nos amplía con detalles concernientes a su desarrollo en el medio, en concomitancia con otras disciplinas afines

Su estudio comienza con La huerta (1924), de Ángel Salas, obra en tres actos que, en sí, es el drama del indio, con un contenido similar al planteado por Alcides Arguedas, en su novela Raza de bronce (1919); luego, Willy Oscar Muñoz estudia La pendiente (1928), drama en tres actos de Saturnino Rodrigo, que fue distinguido con el Premio del Círculo de Bellas Artes, en 1926; en cierto modo, el tema de esta obra le sirvió de inspiración a Antonio Díaz Villamil para su novela La niña de sus ojos (1948). El monje de Potosí, drama en un acto, escrito por Guillermo Francovich, en 1954, se basa  en un pasaje de la Historia de la Villa Imperial de Potosí, de Arzanz de Orsúa y Vela;  fue publicado en 1962, en la revista “Signo”. La lanza capitana (1967) es la única obra de teatro escrita por Raúl Botelho Gosálvez; obra inspirada en la rebelión de Túpac Katari, contra el dominio español. La peste negra (1967), de Sergio Suárez Figueroa, fue premiada en La Paz, en las Jornadas Julianas de la Juventud, en 1968; Willy Oscar Muñoz  la define como una metáfora dramatizada. Guano Maldito (1986), drama histórico sobre la Guerra del Pacífico, de Joaquín Aguirre Lavayén, fue estrenado en 1968; en cierto modo, la trama es una adaptación de su novela que lleva el mismo título. La última fiesta (1990), pieza en dos actos de Oscar Zambrano, fue puesta en escena por Casateatro, en Santa Cruz de la Sierra, bajo la dirección de René Hohenstein. Finalmente está El cofre de Selenio (1988), drama del periodista Luis Ramiro Beltrán; se trata de su única obra de teatro, con la que este autor se adjudicó el Premio Nacional de Obras Dramáticas, auspiciado por la Escuela de Teatro de la Universidad Central del Ecuador

Si nos fijamos bien, ninguno de los autores estudiados es hombre de teatro; todos son narradores, ensayistas o periodistas; el teatro de escritores, en cierto modo, por muy buenas que sean sus obras, no revela un buen síntoma para el desarrollo del teatro nacional. Por cuanto no está reservado a los escritores colmar los vacíos del teatro. El mismo David Mondacca basa su teatro en adaptaciones de la novela Felipe Delgado y en la caracterización de Jaime Saenz,  autor de dicha novela

Desde luego que la dramaturgia boliviana tiene otras notables figuras, además de las seleccionadas por Willy Oscar Muñoz, entre las que se destacan, por su proyección internacional, Adolfo Costa du Rels, que fue galardonado con el Premio Gulbenkian, por su drama Los Estandartes del Rey; cuando residía en París, Costa du Rels recibió la condecoración de la Orden de la Legión de Honor, en todos sus grados; por otra parte, Mario Flores fue un hombre de teatro que presentó sus obras con gran éxito en la república Argentina, especialmente en Buenos Aires; por ejemplo, su drama El Padre Liborio tuvo más de dos mil representaciones en ese país y ni qué decir del éxito de sus piezas: El dueño del mundo, Fray Milonga, Luces de Buenos Aires; luego en la ciudad de La Paz puso en escena Veneno para ratones;  otro hombre de teatro, lamentablemente poco conocido, es René B. Arrueta, autor de dramas y comedias, como: El Gran Puzzete, La Virgen del Ppotocsi, Hacer el amor en el refugio atómico y otras comedias que esperamos algún día sean estudiadas por Muñoz Cadima, teniendo en cuenta que éste es un notable investigador del teatro nacional que, junto a Mario T. Soria, se constituye en uno de los mejores analistas del teatro nacional. Igualmente sería bueno que nos hablara del Teatro Nuevos Horizontes de Tupiza, liderado por Liber Forti; de Casateatro, de Santa Cruz, con René Hohenstein; del teatro que desarrolla David Mondacca, en la ciudad de La Paz; asimismo, queda por definir la situación de las tragedias líricas de Franz Tamayo: La Prometheida y Scopas, que aguardan la presencia de un director que esté dispuesto a escenificarlas

Willy Oscar Muñoz Cadima es un crítico, ensayista y catedrático universitario que, luego de largos años en los EEUU, retornó al país. Nació en Cochabamba, en 1949. Culminó sus estudios universitarios en Iowa. Desde 1972 trabajó en universidades norteamericanas, como: Kent State University, en Ohio; Center College de Kentucky, Clarke College, Saint Ambrose College y la Universidad de Iowa. Ha dictado innumerables charlas en los EEUU y en Bolivia. Sus artículos y estudios se publicaron en revistas norteamericanas y latinoamericanas, referidas tanto al teatro como a la narrativa femenina de Bolivia y de algunas naciones centroamericanas. Aparte del Premio “Franz Tamayo”, en La Paz, ganó el Premio “Literatura Boliviana del siglo XX”, de la Academia Boliviana de la Lengua, con su estudio Cuentistas Bolivianas, la otra tradición literaria (2007).