Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 28 de octubre de 2021
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Primera Parte. Cabezas y ombligos

Un fragmento de ´Mapocho´, libro de Nona Fernández, editado por Editorial El Cuervo. La obra es presentada en la Feria del Libro de Santa Cruz, evento que se realiza hasta el 8 de agosto en los predios de la Fexpocruz.
La escritora chilena Nona Fernández y la portada de su libro ‘Mapocho’.     EL CUERVO
La escritora chilena Nona Fernández y la portada de su libro ‘Mapocho’. EL CUERVO
Primera Parte. Cabezas y ombligos

Nací́ maldita. Desde la concha de mi madre hasta el cajón en el que ahora descanso. Me escupieron y fui a dar al fin del mundo, al sur de todo. Un gargajo estampado en este rincón que se cae del mapa. Ahora mi cuerpo flota sobre el oleaje del Mapocho, mi ataúd navega entre aguas sucias haciéndole el quite a los neumáticos, a las ramas, avanza lentamente cruzando la ciudad completa. Voy cuesta abajo. El recorrido es largo y serpenteante. Viajo por un río moreno. Una hebra mugrienta que me lleva con calma, me acuna amorosa y me invita a que duerma y me entregue por completo a su trayecto fecal. Gaviotas despistadas siguen mi ruta y se estacionan a mis pies escarbando en mis zapatos rotos, picoteándome los dedos, las uñas cochinas. En la ribera un borracho lanza una botella que se hace pedazos al topar conmigo. Vidrios me llegan a la cara, un hilo de sangre corre por mi frente. 

Es mentira que los muertos no sienten. Yo podría enumerar lo que esta carne en descomposición sigue percibiendo. La humedad de esta madera, el olor nauseabundo de las aguas, el ruido de las micros, de los autos, el gusto dulce de la sangre que llega hasta mis labios. Desde aquí puedo verme allá arriba, en uno de los puentes que atraviesan el río. Soy yo. Me diviso de pie el día que llegué a esta ciudad. Veo que todavía no me repongo bien del accidente. Llevo el choque estampado en el cuerpo. Me intuyo los moretones en la cara, la cicatriz fresca del parabrisas incrustado en plena frente. El olor a lata chamuscada aún me ronda por la nariz, el ruido de los neumáticos frenando contra el pavimento, los gritos, las bocinas. Traigo las cenizas de mi madre en un ánfora pequeña. Sé lo que estoy pensando allá en ese puente. Pienso que las aguas del río son demasiado sucias, no imagino que algún día yo misma naufragaré aquí. Maldigo al Indio. Pienso que es un estúpido, cómo tuvo semejante ocurrencia. Mi madre habría estado mejor en un cementerio, cerrada y enterrada, completa y no deshecha en cenizas con destino a un río podrido de Santiago de Chile. 

En mala hora te vine siguiendo, Indio, ni siquiera has sido capaz de venir a buscarme. Qué hago en esta ciudad en la que se supone nací, con mi madre a cuestas, sin un peso, y sin una puta seña tuya. ¿Dónde te metiste, Indio? Todavía escucho tu voz del otro lado del teléfono. Me recuerdo sola, mirando el fuego de nuestra casa, ahora tan lejos, recuperándome de tu escape, de ese choque de mierda, de la muerte de la vieja, y tú llamando después de tanto. 

—Soy yo, Rucia. Perdona por haberme ido así. 

Tu voz disfrazada por interferencias. Sólo un tono familiar que me remitía a ti desde alguna dimensión remota, desde algún infierno desconocido. 

—¿Dónde estás?

—En Chile. En Santiago.

Chile. El culo del mundo. Yo en nuestra casa. Viendo nuestro fogón, nuestros muebles de madera, el mar a través de los ventanales. Tú en Chile. 

—¿Qué pasa, Rucia? ¿Estás ahí? 

Hace días que te buscaba. Hace días que esperaba noticias, una carta, una llamada como ésa. 

—La mamá murió, Indio. Casi nos hicimos mierda en ese accidente y tú no encuentras nada mejor que arrancarte con la cabeza abierta y tomar el primer avión a Santiago. ¿Qué cresta estás haciendo allá? 

—El choque nos dejó algo locos, Rucia, por eso me vine. Pensé que si estábamos lejos, yo... 

Imaginé tus labios junto al teléfono. Tu boca taponeando una respuesta que no te atrevías a dar. 

—¿Tú qué, Indio?

—Yo podría sacarte de mi cabeza.

Lo dijiste. Sacarme de tu cabeza. Me pregunté si de verdad la distancia ayudaba a limpiarlo todo, si efectivamente ése era el remedio para nuestra indigestión acumulada por años. 

—¿Y...? –pregunté–. ¿Pudiste hacerlo? 

Silencio. Tu garganta soportando el nudo ciego. Un nudo apretado que llevábamos hace tanto. 

—No tiene caso seguir haciéndole el quite a esto, Rucia. No importa dónde vaya, no importa dónde me esconda, imposible alejarte de mí. 

Nunca habías hablado de esa forma. Yo tampoco. Siempre callados, haciéndonos los huevones. Ahora nuestra madre, la gran fiscal de todo esto, estaba muerta y hecha cenizas en un ánfora que yo podía mirar desde la mesa del teléfono. Ya era hora de hablar a calzón quitado. 

—¿Qué vamos a hacer, Indio?

El silencio nos acompañó un rato largo. Pensé que ése sería el posible fin para una historia como la nuestra. Colgaríamos el teléfono y seguiríamos nuestras vidas como debe ser. Tú en Santiago, yo en nuestra casa, allá en el Mediterráneo, o en algún piso que arrendaría en la ciudad. De pronto nos escribiríamos, nos llamaríamos por teléfono para las fiestas y en una de ésas, hasta viajaríamos para el nacimiento de nuestros hijos, si es que alguna vez los teníamos. 

—Vente –dijiste decidido–. Trae a la vieja y tiramos sus cenizas al Mapocho. Éste es su río, ésta es su ciudad. Aquí todavía tenemos una casa, está un poco desarmada, pero es nuestra, no vamos a tener que seguir pagándole a nadie por un techo. Vas a ver que te va a gustar, podemos arreglarla a nuestra pinta. Vente, Rucia, no tiene caso seguir separados. A la mierda con todo, te estoy esperando, tú sabes que no soy nada sin ti. 

Dijiste eso y yo agarré mis cosas y me vine a buscarte. Podían ser palabras sin sentido, podía ser que tu cabeza, tan machucada como la mía, tan sacudida después de tanto golpe, de tanto vidrio incrustado, hubiera hecho cortocircuito y estuviera mandando señales de auxilio para que yo partiera a tu rescate. Tú sabes que no soy nada sin ti. Dejé la casa y atravesé un océano completo porque quizá tenías razón, perderse en el culo del mundo, sin nadie que nos conociera, sin nadie que opinara, podía ser el mejor escenario para finalmente dejar de hacernos los huevones, para asumir lo inasumible, para cerrar los ojos y echarle para adelante aunque dios y el diablo se nos fueran encima. Siempre estuvimos malditos, Indio, y ahora que el choque removió algo más que nuestras cabezas, es demasiado tarde para echar pie atrás. La cagada ya está hecha. Las dos mitades de un engendro monstruoso, un cuerpo divido, tú la cabeza y yo el estómago, tú la boca, yo el ombligo. Un cíclope en busca de su segundo ojo, un mutante recuperando su presa abortada. Eso soy en este puente del Mapocho, con mi maleta y mi madre a cuestas, la mitad de algo sobre estas aguas que corren sucias bajo mis pies. 

Veo pasar neumáticos allá abajo, ramas, un cajón con pinta de ataúd navegando por el oleaje del Mapocho. ¿Dónde he caído, Indio? El cuerpo de una mujer yace allí adentro con los ojos abiertos. Tiene el pelo claro como el mío y me mira, estoy segura. ¿En qué lugar estoy metida? Muertos navegan por el río y cruzan la ciudad completa. ¿Dónde me viniste a arrastrar, Indio? ¿Qué mariconada es ésta? 

No te asustes, Rucia, no corras por el puente como lo haces, no huyas de este río. Mírame un poco más, trata de leer mis labios, deja que te cuente donde has caído porque ahora lo sé. Es cierto que aquí los muertos naufragamos, vagamos por las calles, dormimos bajo los puentes, pero no hay por qué tener miedo. Si me escucharas, si te atrevieras a verme a la cara, yo podría advertirte y así evitaríamos este juego cíclico, este cuento sin final. Te vas corriendo, Rucia, abandonas el puente y yo me quedo con el smog sobre mis ojos, el cielo plomizo surcado por cables y esta sensación de vuelta a lo mismo instalada en el estómago. Es mentira que los muertos no sienten. Yo por lo menos lo sigo haciendo. Pero debe ser un asunto de mala cueva, la última patita de una cueca mal bailada. No hay fin, no hay alivio ni paz en todo esto. Qué más puedo pedir. Nací cagada y esta muerte de mierda es el broche de oro. No aplaudo ni me quejo, sólo me dejo llevar por el Mapocho. No hay otra posibilidad. Nunca la hubo. 

PRESENTACIONES DE EDITORIAL EL CUERVO

Presentación de la novela histórica Mapocho

El martes 3 de agosto a las 20 h. presentamos la novela Mapocho de la reconocida escritora Nona Fernandez. La escritora chilena estará junto a la poeta Paola Senseve. 

Presentación de la segunda edición de Tierra fresca de su tumba

El viernes 6 de agosto presentamos la segunda edición de Tierra fresca de su tumba de Giovanna Rivero. La autora conversa con la crítica literaria y poeta Vicky Ayllón. 

Presentación Ebooks y audiobooks

El sábado 7 a las 19 h. nuestro director Fernando Barrientos presenta las nuevas plataformas y el proceso de exportar el catálogo cuervo.

Los 3 eventos se transmitirán por el Facebook de la Cámara del Libro de Santa Cruz: @camaralibrosc

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-Pueden encontrar el catálogo de El Cuervo en el stand no5 del pabellón Brasil.

-En nuestro stand encontrarán el catálogo de la librería cruceña: El Bagallero Ilustrado, de la editorial alteña Sobras Selectas, y de la Cartonera cochabambina Yerba Mala Cartonera.