Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 17 de mayo de 2022
  • Actualizado 13:15

Periodismo ‘vérité’

Una reseña del filme rumano ‘Collective’, de Alexander Nanau, nominado a los Oscar a mejor película internacional y mejor documental.
Imagen promocional del filme ‘Collective’.   SAMSA FILM
Imagen promocional del filme ‘Collective’. SAMSA FILM
Periodismo ‘vérité’

He visto Collective, una de las sorpresas más gratas de las nominaciones para los Oscar que se entregarán el 25 de abril. El documental rumano, dirigido por el cineasta germano-rumano Alexander Nanau, compite en las categorías a mejor película internacional y a mejor documental, una doble candidatura nada habitual, por tratarse de un filme no hablado en inglés y no ficcional, dos cosas que no suelen entusiasmar a la vieja guardia de Hollywood de la Academia. Al verlo uno entiende el porqué la industria se ha tomado el trabajo de valorar una película que parece tan ajena a EEUU, por su procedencia, idioma y tema: la precariedad del sistema de salud rumano como consecuencia de la endémica corrupción de su clase política y empresarial.

El punto de partida es el incendio de 2015 en la discoteca bucarestina Colectiv, que le da nombre al largo producido y emitido por HBO Europa, en el que murió una treintena de personas, pero tras el cual hubo una cantidad similar de fallecimientos de heridos con quemaduras de gravedad variable, que se infectaron de bacterias agresivas en los hospitales donde estaban internados, donde las condiciones de desinfección eran deficientes. Murieron por infecciones que contrajeron mientras se recuperaban en los centros médicos, que aplicaban desinfectantes irresponsablemente diluidos por las empresas proveedoras, en un experimento que estaba plenamente blindado por las redes de corrupción tejidas entre médicos, gerentes de hospitales, autoridades sanitarias y empresarios. Fueron muertes que, más allá del incendio en la discoteca (que a los sudamericanos nos remite inexorablemente a la tragedia de Cromañón en Buenos Aires), bien pudieron evitarse, de haber empleado los hospitales desinfectantes con sus activos sin alteración. Muchos de los heridos debieron ser llevados a otros países europeos para recibir el tratamiento que el gobierno rumano les había prometido para su sanación, pero que a quienes se quedaron solo les encaminó a una muerte segura.

El hecho fue un escándalo de proporciones en el país del Este europeo, al punto que llevó a la renuncia de su entonces primer ministro, Victor Ponta. Su destape fue, en gran medida, gracias al trabajo del equipo de investigación del periódico Gazeta Sporturilor que, liderado por el periodista Catalin Tolontan, fue descubriendo uno a uno los recovecos en los que las corruptelas favorecieron condiciones insalubres de atención en hospitales públicos de Rumanía.

Lo primero que llama la atención del documental es el registro del trabajo periodístico desde adentro de la sala de redacción. Nanau tiene un acceso privilegiado a las reuniones y a las coberturas de los reporteros, que se nos presentan como lo que son: hombres y mujeres de clase media, cansados, enojados, algo cínicos, decididamente feos y con algunos arranques de soberbia, pero que, en contrapartida a esos defectos, se comprometen hasta el cuello con la exposición pública de las circunstancias que costaron la vida a decenas de rumanos.

Debo confesar que mi mirada sobre Collective está contaminada inevitablemente por mi condición de periodista, así que tiendo a identificarme con los incansables reporteros que aparecen en el filme. Veo a los periodistas que trabajan en la investigación en Bucarest y me recuerdan a tantos con los que he trabajado o compartido cobertura. No son los Robert Redford ni los Mark Ruffalo ni las Meryl Streep ni las Rachel McAdams ni los Tom Hanks que, desde Hollywood, han moldeado nuestra percepción de los seres que habitan los medios escritos a través de películas como “Todos los hombres del presidente”, “Spotlight” o “Los papeles del Pentágono”. Eso sí, la identificación con los periodistas de a pie se acomoda más a los defectos que a las virtudes. Esos periodistas rumanos son como nosotros, pero mejores: lucen tan decadentes como nosotros, pero hacen un mucho mejor trabajo. Tienen un compromiso con la verdad de las cosas, aun a costa de su propia integridad, que solo pueden provocar admiración.

El documentalista nunca asoma explícitamente y deja a los periodistas ser y estar ante la cámara con la que conviven en su rutina de trabajo. Lo propio hace con el Ministro de Sanidad que es designado tras el escándalo de los desinfectantes, un joven médico formado en el exterior que quiere limpiar toda la mierda de sobornos y favores políticos que anidan en el sistema sanitario para dejar unas condiciones más decentes a los pacientes de su país. Un tercer flanco narrativo es el de los sobrevivientes del incendio y las familias de los que murieron en la discoteca, cuyo duelo y deseo de seguir adelante sigue el documental con un silencio respetuoso, que se torna angustiante también para el espectador.

Vi “Collective” justo después de escribir algo sobre el documental de denuncia política en Bolivia. Y no podía venirme mejor: vino a afianzar una hipótesis que no dejaba de incomodarme, en sentido de que el destape de un estado de cosas injusto y violento, en el que las vidas de colectividades corren el riesgo de desaparecer por las ambiciones más sórdidas de sus autoridades y sus secuaces, es una misión imprescindible. “¿Cuál es su meta con esta investigación?”, le preguntan unos malos periodistas a Tolontan, en una entrevista que recoge el documental. El reportero, quien suele andar siempre con una libreta y un bolígrafo, responde que su labor no tiene más norte que descubrirle a la sociedad civil los excesos de las personas que los gobiernan para que, al momento de elegirlas, estén mejor informadas y sepan en qué medida sus acciones pesan sobre sus propias vidas. Ni más ni menos. De eso se trata: denunciar los desmanes del poder para que el colectivo sepa a quién entregarlo y con qué eventuales consecuencias. Más no se le puede pedir al periodismo, probablemente tampoco al cine, dos oficios que en “Collective” consuman un maridaje virtuoso que no siempre es posible ni deseable.

La relevancia de “Collective” no es poca. Hincarle el diente a las miserias del sistema sanitario es un gesto tremendamente político para estos días de pandemia en que nuestras vidas y nuestra sobrevivencia como especie dependen, acaso como nunca antes en la historia moderna, de su buen hacer. Nos toca seguir de cerca que médicos, enfermeras y otros profesionales del rubro estén a la altura del desafío. Y por supuesto, nos toca exigir a las élites de poder que generen las mejores condiciones para el desempeño de los trabajadores de la salud.

Por el mismo curso político de la historia, el final del documental no podría ser más agridulce. A pesar de los hallazgos y algunos ajustes de tuerca en la administración gubernamental rumana, todo parece volver a su camino torcido. Uno siente la tentación de pensar que todo ha sido en vano, que no ha servido para nada: ni la investigación periodística ni el trabajo del nuevo ministro ni el documental que lo amplifica. Pero no es tan así. El periodismo no ha salvado a Rumanía, tampoco lo ha hecho el cine, pero ambos han dejado un testimonio valiente e imprescindible para que las cosas cambien y las cambien quienes están llamados a hacerlo: los lectores de los reportajes, los espectadores del filme, el colectivo, pues.