Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2020
  • Actualizado 21:32

CINE

Las películas siguen llegando 365 días después

A raíz del estreno de la oscarizada Parasite –casi un año después–, el autor hace un repaso a la experiencia de antaño de asistir al cine en Cochabamba.
Archivo
Archivo
Las películas siguen llegando 365 días después

Y así nomás, tiempos modernos, cines modernos y a Cochabamba las películas siguen llegando un año después, o dos, tal como en los ochentas, cuando la premiación de la Academia y el cúmulo de estatuillas armaban las viejas carteleras del cine y nuestra agenda de domingos que por lo general comenzaba o terminaba con una ruta fija vía El Prado, El Alcázar o Il Gelato, el California Burger en la 25,  para luego elegir el cine comenzando por el Capitol, que le pegó al gordo a mediados de esa década con Amadeus y Duro de Matar. 

O se podía seguir en busca de una buena peli doblando la Heroínas hacia el cine Bustillo donde se proyectaban algunas menos oscarizadas y todavía se podía escuchar a los mayores recordando esas legendarias jornadas de “tanda doble” con fusiones de algún spaguetti western con cine mexicano en blanco y negro. Y donde todavía se podía ver gente saltando de la puerta del micro directo a la fila, o rebaños de gente cruzando al trote desde la acera del frente en la Heroínas. 

Si la oferta no terminaba de convencer, el recorrido seguía con una ruta casi segura hacia el sur por la misma 25 hasta la Sucre en cuyo cruce de esquina el tráfico solía ser imposible por las interminables “filas” y los coladores del cine Astor, que además de la tradicional platea y una apetecida sala “pullman”, tenía un espacio que parecía salido de otra época y que era motivo de evocaciones interminables en charlas familiares: la temida y casi anónima pero no menos frecuentada “galería” o “gallo”, para los más asiduos cinéfilos. No estoy seguro de cuánta gente cabía en el Astor, pero sí puedo recordar que era la suficiente como para colapsar esa 25 desde la Bolívar hasta la Jordán y por la Sucre hasta la San Martín.  Si valía la pena la caótica espera, seguro. Luego de alguna casi avalancha, recuerdo pelis como La vida apesta de Mel Brooks o Los Gremlins II con la pantalla casi sobre mi hombro izquierdo y mi oreja derecha pegada a la pared. 

Donde sí se ostentaba una cartelera casi totalmente oscarizada era en el cine Avaroa. Había que seguir el recorrido a pie por la 25 hasta la Jordán y ese portón gigante parecía invitarte a pasar con afiches gigantes de próximos estrenos, para luego meterte en un pasillo ícono de la posmodernidad cochabambina, con pisos lujosos y escaleras que te conectaban desde las boleterías hasta las cómodas salas de platea y un “superpullman” que parecía muy de primer mundo como todo ahí, incluso el hecho de tener una “revistería” especializada en una de sus galerías que, en el conjunto con las largas filas, se convertían en una especie de prolongación de la ruta de chequeo de El Prado. Todo el mundo estaba allí, todos querían que el resto supiese que estaban en ese lugar, especialmente durante los estrenos como el multitudinario estreno de E.T. o El regreso del Jedi, hasta algunas menos valoradas de otros tiempos como Loco por Mary, con una forma de humor desconcertante y un protagonista tan loser como nosotros, que al final conquista el amor de una radiante Cameron Díaz, por primera vez en la cima de la ola. 

Pero si nada de esto te convencía, todavía tenías por lo menos cuatro opciones más, aunque algunas ya venidas a menos que solo te ofrecían refritos. De entre esas sobresalía una que se resistió a morir hasta sus últimos días y quizás por un accidente o falta de olfato de los comercializadores de los cines “top”, recuerdo nuestras repetidas peregrinaciones a ese cine y para ver la misma cinta durante los casi ocho meses que duró en cartelera ese hit romántico llamado Ghost: era la sala del Ópera,  que en su tiempo fue un verdadero lujo y epicentro de algunas de las más sonadas actuaciones de figuras de la música popular de los 70, además de una sala con exhibiciones de vanguardia, y que nos mostraba a un Patrick Swayze ya consagrado en Dirty Dancing y casi presentaba a una Demi Moore, que luego se convertiría en uno de los mayores íconos de Hollywood así como la actriz mejor pagada de la historia y el principio de una lucha por la igualdad salarial de actrices y actores de la industria que todavía sigue en pie.

La titánica pelea entre el Avaroa, el Astor, el Capitol y el Bustillo por alcanzar la mayor popularidad posible con títulos hollywoodenses marcó a toda esa generación de adolescentes ochenteros en Cochabamba y se extendió hasta avanzados los 90 con cine muy de moda y actual (uno o dos años después de su estreno en el resto del planeta) dejando en segundo plano a espacios casi mitológicos de generaciones pasadas como el gran Cine Cochabamba, el “especializado” cine Víctor, el cine Roxi y hasta el mismo Ópera.

Pero la magia del cine no comenzaba con el león de la Metro Goldwyn Mayer rugiendo mientras derramabas tus pipocas mientras te sentabas sobre un helado derretido en tu butaca, tampoco con esa sonora voz que hasta hoy retumba en mi cabeza anunciando el importante quehacer de Alemania Federal gracias a esos cortos documentales bajo el título de El Mundo, al Instante, que muy sutilmente sugería que la espera iba a ser mayor a la de la habitual tanda de avances de nuevos estrenos. La magia del cine tampoco terminaba con el famoso The End de las películas o con las luces prendiéndose antes de que puedas ver el primer crédito.

El cine, para nuestra generación, era una especie de ritual, un intercambio simbólico, el pretexto perfecto para dar rienda suelta a lo más básico de nuestra naturaleza gregaria, primitiva. Éramos la primera generación hija de la TV tratando de entrar en contacto con el mundo exterior, de llegar más allá de nuestros barrios, descubriendo qué hay afuera de nuestras escuelas y sintiendo por primera vez que la ciudad nos pertenecía de algún modo. Y de paso ver alguna película.

La magia del cine comenzaba con tu vieja regalándote esos cinco pesos que no sé ni cómo alcanzaban para cine, pipocas y un helado o una hamburguesa a la salida. La magia del cine comenzaba con la caminata desde tu casa haciendo postas y sumando amigos en el recorrido, con la ropa de domingo, con rumbo errático pero con destino seguro en ese circuito cines, heladerías y El Prado. 

El cine no terminaba en el cine. El cine terminaba en esas largas charlas de camino a casa, algunas veces con parada en los hot dogs con jugo de tumbo del San José, o con una hamburguesa envuelta en un cono de papel sábana con papas fritas en rodajas y dos o hasta tres gotas de mostaza del viejito de la Heroínas. El cine terminaba a pie, despidiendo a los amigos en el camino, cruzando parques, plazuelas, callejones o el puente, de noche y con el carajazo de tu viejita preguntando por qué llegas tan tarde.

Hoy los cines ostentan tecnología de punta, megaestructuras, verdaderas butacas, múltiples salas, hay niños a media noche, ya no se puede fumar  y parecen más un híbrido entre centros comerciales y plazas de comidas. Además se precian de estrenos en simultáneo e incluso premieres anteriores a las del resto del mundo y tienen todas las comodidades incluyendo algunas inimaginables en los ochentas como baños adecuados y no los tradicionales vomitivos de antaño, pero la pregunta sigue ahí, ¿por qué llegan tan tarde las películas?

Periodista - [email protected]