Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 02 de diciembre de 2022
  • Actualizado 22:41

Pasado y presente de los títeres

“Somos un país sin tradición titiritera a tal punto que, en los registros de la prensa nacional, apenas encontramos referencias a eventos, espectáculos, elencos o actores”
Pasado y presente de los títeres. CORTESÍA
Pasado y presente de los títeres. CORTESÍA
Pasado y presente de los títeres

Entre las expresiones artísticas que tienen vigencia en Bolivia, al teatro de títeres se le ha reconocido una importancia secundaria, al punto de ser considerado un “arte menor” o solamente “una actividad recreativa para la niñez”.

Es posible que dicho tratamiento tenga sus razones. Somos un país sin tradición titiritera a tal punto que, en los registros de la prensa nacional, apenas encontramos referencias a eventos, espectáculos, elencos o actores. No se puede hablar en nuestro medio de una producción bibliográfica especializada, tampoco de entidades de formación o series televisivas con títeres.

De una fuente secundaria -la Enciclopedia Mundial de la Marioneta de UNIMA- sabemos que, al finalizar la Guerra del Pacífico, un grupo de titiriteros del norte chileno se asentó en el norte potosino -epicentro económico y cultural ligado al estaño y al movimiento obrero- que de apoco se fue diluyendo. 

Entre ese momento (1879) y la Guerra del Chaco que enfrentó a Bolivia y Paraguay (1932), no ha sido posible encontrar otros indicios. Alrededor de ese acontecimiento bélico se hace referencia a grupos de anarquistas y trotskistas que -haciendo uso de los títeres- emprenden acciones opuestas a la guerra. Si de nombres se trata, resalta el de Antonio Paredes Candia en su papel de titiritero que, aún adolescente, recorre gran parte del país, contando y recogiendo historias, leyendas, mitos y costumbres de la “Bolivia clandestina” que, luego quedarán plasmadas en una enorme y valiosa producción bibliográfica de la que somos herederos.

De ahí en adelante, otro enorme vacío apenas interrumpido por la presencia esporádica -en las décadas de los 50’y 60’- de titiriteros argentinos como Roberto Espina, los hermanos Di Mauro, el poeta y titiritero Manuel J. Castilla o Alexis Antigues.

En la década de los 70’ y bajo el cobijo de entidades privadas y estatales, con Darío Gonzales (Teatro Ruma – Cochabamba) y Jaime Gonzales (Taller Nacional de Títeres y Objetos Animados), surge una nueva generación de titiriteros: Gonzalo Cuellar, Federico Rocha, Juan Espinoza, Hugo Alvarado, Sergio Ríos y otros. El Teatro Runa tendrá una vida de cinco años, mientras que el Taller de Títeres se extenderá por tres décadas. Paralelamente, a mediados de los años 80’, harán su aparición un otro conjunto de elencos independientes que, bajo el régimen neoliberal, serán absorbidos por organizaciones no gubernamentales (ONGs).

Ya en el siglo XXI, sin conexión con las anteriores generaciones, se producirá la renovación de la escena nacional protagonizada por mujeres titiriteras como Carmen Cárdenas y Alexia Loredo (Títeres Elwaky), Giovana Chambi (Títeres del Rio), Karina Noya (De trapitos y botones), Maricel y Madai Sivila (La Pirueta), que darán nuevas miradas a los temas, las formas y la estética del teatro de títeres. Esa renovación adquirirá mayor fuerza con jóvenes titiriteros como Bayardo Loredo (Títeres Elwaky) que potenciarán sus capacidades con la formación académica y el aire innovador con dedicación plena al oficio que imprimirá Juan Rodríguez (Títeres Paralamano).

En la actualidad un paciente, pero constante encuentro colaborativo entre titiriteras y titiriteros de Santa Cruz, La Paz, El Alto, Oruro, Tarija, Sucre y Cochabamba, parecen señalar que los títeres han regresado a Bolivia, pero esta vez para quedarse.

Miembro de Títeres Elwaky