Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de octubre de 2019
  • Actualizado 02:20

LITERATURA

Páginas de feria

El equipo de LA RAMONA presenta una serie de recomendaciones literarias para la FIC.
Pintura en Bolivia en el siglo XX
Pedro Querejazu/Biblioteca del Bicentenario
Pintura en Bolivia en el siglo XX Pedro Querejazu/Biblioteca del Bicentenario

Pintura en Bolivia en el siglo XX

Pedro Querejazu/Biblioteca del Bicentenario

Con la siguiente breve descripción no pretendo lanzar una verdad absoluta en la historia del arte boliviano, tampoco hacer gala de pintores de mi mayor agrado, ni desvalorizar u opacar a grandes artistas que han contribuido de sobremanera a la construcción de una identidad pictórica nacional. Sino, hacer mención de aquellos que, durante una producción continua y lineal, han significado una curva, un punto de inflexión tanto en las formas como en el contendió, tomando como base el libro Pintura en Bolivia en el siglo XX, de Pedro Querejazu, reeditado este año por la Biblioteca del Bicentenario e Historia del Arte en Bolivia, de José de Mesa y Teresa Gisbert, en la lista de publicaciones de la misma casa editorial. 

Los pintores de los que hablo son: José García Meza (1849-1904), Melchor María Mercado (1819-1871), Arturo Borda (1883-1953), Cecilio Guzmán de Rojas (1899-1950), Lorgio Vaca (1930), María Luisa Pacheco (1919-1982), Fernando Rodríguez Casas (1946), Cesar Jordán (1947), Raúl Lara (1940-2011) y Roberto Valcárcel (1951). 

A finales del siglo XIX, reinaba en la producción un academicismo francés representado con fríos y austeros retratos. García Meza cambió el rumbo introduciendo cuadros historicistas y paisajes urbanos con gran detalle, mientras que María Mercado introdujo el estilo naiff en el país enseñando los usos y costumbres del oriente y occidente de Bolivia. En la primera mitad del siglo XX, Arturo Borda significó un género en sí, creando un estilo surrealista y suprarrealista rindiendo homenaje al arte grecorromano, que no se ha vuelto a repetir.

De manera casi paralela a Borda es el potosino Guzmán de Rojas, precursor del indigenismo y el paisajismo, quien a sus personajes comenzó a introducirles rasgos andinos, comenzando una larga tradición en el país que se perpetúa hasta el día de hoy. De la generación del 52, destaco a Lorgio Vaca y María Luisa Pacheco. El primero dentro del grupo de los pintores sociales, que dejó de lado la pintura ideológica para seguir representando un arte figurativo pero expresionista y fuerte en color, mientras que la segunda, miembro de los abstractos, no dejó nunca de lado los Andes con sus montañas translúcidas. 

Rodríguez Casas y Cesar Jordán desafiaron la forma, la perspectiva y el espacio visual, llegando a cuestionar al mismo soporte pictórico, con un arte tridimensional y cinético, respectivamente. Lara creó una pintura netamente ficcional, llevando la fiesta del área rural a la ciudad con figuras vaporosas y espectrales. Finalmente, Valcárcel es el origen y comienzo del arte visual/contemporáneo en el país, con un gran talento en el dibujo y buscando innovación en los medios de producción desde maderas hasta bolsas de té, pasando por aerógrafos. 

Caio Ruvenal

 

 

Mañana tendremos otros nombres

Patricio Pron/Alfaguara

¿Cómo dividimos el mundo después de una separación? Hace unos años, tras terminar una relación importante, tuve que trazar una línea imaginaria en Sopocachi. De la avenida Ecuador hacia arriba (en La Paz arriba y abajo son literales) era el territorio que yo podía circular, mi oficina estaba ahí y tenía rutas directas para llegar a casa. Jamás cruzaba hacia el sur de la Ecuador.

Mañana tendremos otros nombres, novela de Patricio Pron y ganadora del último premio Alfaguara, comienza repasando ese momento de luto tras una separación. Él, uno de los personajes principales, se encuentra deshojando los libros de su biblioteca, arrancando una página sí, una página no, en una especie de “me quiere no me quiere”, procurando una división equitativa del mundo que había compartido con Ella durante cinco años. Mientras realiza ese ejercicio repasa los momentos de la relación en un intento de llegar a entender por qué se había producido la separación.

A partir de ese ejercicio, y a lo largo de la novela, nos encontramos frente a un relato que también sirve como una reflexión casi radiográfica de las relaciones en este siglo. El amor en los tiempos de Tinder, de las librerías que desaparecen y de restaurantes que más que gastronomía ofrecen una experiencia satisfactoria en Instagram. 

En las reflexiones que un narrador en tercera persona hace oscilar entre Él, Ella y las amistades que los rodean, nos encontramos ante las complejidades y absurdos del amor, la paternidad, las relaciones sociales y el trabajo en este mundo “millenial”, que se encuentra mediado por una constante y sostenida precariedad. 

La historia que se desarrolla ante estas observaciones casi ensayísticas se maneja en una prosa que, a pesar de estar construida en oraciones largas, llenas de ideas subordinadas y paréntesis extensos, se deja leer con facilidad y atrapa al lector. Él, Ella y los personajes que tampoco son nombrados más allá de una inicial buscan la oportunidad de tener un nombre a partir de intentar entenderse y entender el mundo que les (nos) toca vivir.  

Luis Carlos Sanabria

 

Plano americano

Leila Guerriero/Anagrama

Guerriero tiene libros perfectos. No defraudan nunca porque además de estar escritos con una inteligencia afiladísima, hace que veas cosas insospechadas en las cosas que pasaste toda tu vida viendo y creías conocer. Como cuando creías que Nicanor Parra era el más grande poeta de la tierra pero en realidad era “una catástrofe, un rugido, el viento”. O como cuando creías que Idea Vilariño solo era esa mujer, la mujer que Onetti amó, que despreció, que torturó, que volvió a amar y a la que le dedicó su novela Los adioses cuando, en realidad, fue la que escribió libros tan rotundos como Nocturnos en 1955 y que es “no un libro sino una patria magnetizada de dolor a fuerza de palabras como muerta, cortina, lámpara y ropero”. 

Guerriero no escribe, mira y conjura la presencia de aquello sobre lo que escribe. Desmenuza lo que mira, los desmenuza en planos cinematográficos. Guerriero no escribe, compone una nueva imagen con lo que se conoce hasta el cansancio, con todos esos pequeños planos, planos detalles, primeros planos, esos planos que no muestran toda la imagen, ella construye una imagen entera, completa, un plano americano de sus personajes. Perfiles de veintiún personas extraordinarias en el mundo cultural cuyo aporte al mundo rebasa los límites del cuadro componen este libro Plano americano. Leila no escribe, reconstruye la imagen y la escena como si inventara la vida de los personajes que perfila, como si ella sola, con su melena de bruja sabia, con sus dedos delgados y finos apretara el Rec de una cámara de cine que la posee y a la que se entrega, una cámara que ella sola conoce y domina. 

Alba Balderrama

 

Las palabras [Textos de ocasión]

Rodrigo Hasbún/El Cuervo

Con este libro de ensayos, Rodrigo Hasbún hace un generoso gesto de dejarnos ver, a través de 12 textos, lo que él ha visto alguna vez y considera importante, eso que ha alimentado la prosa y los universos de su escritura, aun si él no lo anuncia de esa forma; el hecho de que se haya detenido en esas cosas es una declaración. 

Cada texto produce una refracción distinta: hay algunos en que miramos hacia afuera, hacia aquello que él ve. Estos son los ensayos en los que habla de alguien más -Natalia Ginzburg, Abbas Kiarostami, Rodolfo Walsh, Jonas Meka-, desde un lugar en que contempla el resplandor de la obra de cada uno de ellos. 

Este compilado de 12 ensayos escritos entre el 2012 y el 2018 está repartido en cinco partes. Los ensayos que miran hacia dentro de Hasbún están en las partes uno, tres y cinco. En estos, vemos las entrañas de algunos días o de algunas preguntas que debía responder. ¿Qué libro se llevaría a una isla desierta? ¿Cómo se configura la narrativa latinoamericana contemporánea? ¿Qué puede decir un recién llegado sobre la ciudad a la que llega? En las ocasiones en las que se le presentaron estas preguntas, el autor las rodeó para verlas mejor, para dimensionarlas, y en ese ejercicio encontró otras preguntas, quizá más interesantes, quizá de supervivencia.

“En mi ciudad secreta es al mismo tiempo febrero y julio y diciembre, y todo se repite una y otra vez, y la primera y tercera persona se confunden”, dice Hasbún en el penúltimo ensayo, en la clave de multiplicidad de verdades en que nos ha mantenido a lo largo del libro. Un libro en que el autor se desdobla con las palabras como dispositivo: a veces leemos a Rodrigo migrante, a veces, a Rodrigo escritor, a veces, a Rodrigo a la deriva encontrando faros y puertos en el enorme, profundo y viscoso, potencialmente nefasto, océano de las ideas.

Natalia Chávez Gomes da Silva

 

El sonido de la H

Magela Baudoin/Santillana

Las protagonistas de esta novela, Mar y Rafaela, se conocen en el colegio y se vuelven amigas bajo circunstancias algo particulares. Desde ese momento, de manera individual, pero una al lado de la otra, emprenderán sus respectivos viajes en búsqueda de algo valioso: su identidad.

 Mar debe decidir su futura carrera universitaria, mientras que para Rafaela el reto es otro. Es un viaje que hace que vaya a clases con aretes esmeralda, que se ponga un vestido y participe en la elección de la reina del colegio. Acciones que, supuestamente, le estarían negadas porque el mundo ve a Rafaela como un hombre, cuando ella, claramente, se identifica como mujer.

De esta forma la autora boliviana Magela Baudoin aborda el tema del género y de la identidad en su novela El sonido de la H. Publicado en 2015, y reeditado en 2019, el libro aborda una serie de temas que se encuentran latentes en nuestra sociedad. 

Baudoin habla sobre la actitud de las clases medias bolivianas, sobre el abuso, la violencia, la pobreza, sobre todo aquello que es un grito mudo. Gritos que están presentes, aunque a veces nos neguemos a escucharlos, en nuestras casas y en nuestro entorno. 

Mar es ese grito en medio de su familia que no la comprende, Rafaela lo es en frente de toda la sociedad. Así, cada uno de los personajes tiene su propia búsqueda, su lucha abandonada, sus valores contradictorios. 

Mar colecciona palabras, y estas son algunas de las que nos regala: “Ser libre, en mi caso, era precisamente lo contrario: ponerme la malla y nadar contracorriente. Como Rafaela”. Son palabras que resuenan, retumban y se quedan dentro de la mente del lector. Después de esta lectura, muchas haches dejan de ser mudas.

Adriana Abrego Sivila

 

Salmuera

Natalia Chávez Gomes da Silva/Mantis Narrativa

Hay libros de cuentos que problematizan el género, no tanto porque cuestionen las reglas del juego, sino la visión del conjunto: ¿por qué no los pensamos como novelas? Si ponemos la premisa de la unidad como razón suficiente, bien podrían ser considerados como tales. Pienso, por poner algunos ejemplos, en Hijo de Jesús, de Denis Jonhson y en Natasha, de David Bezmozgis, en Los Lemings y otros, de Fabián Casas y en Vacaciones permanentes, de Liliana Colanzi.

Quizás asumir a esos libros como volúmenes de cuentos y no como novelas es una apuesta que busca reivindicar un género ‘menor’. En esa elección hay una postura política y una toma de posición con respecto a un mercado que privilegia a la narración de largo aliento: es una afrenta contra un monopolio. 

Salmuera, el reciente libro de Natalia Chávez Gomes da Silva, entra en esta discusión. Podríamos pensarlo como una novela ya que todos los relatos tienen como protagonistas o narradoras a mujeres muy parecidas entre sí. Casi todas tienen más o menos la misma edad, son jóvenes y se encuentran en medio de una crisis: la vida como la conocen se disuelve, se convierte en otra cosa. El mundo que permea las narraciones tiene su centro de gravedad en la familia. Los últimos, los de la etapa norteamericana por ponerles un nombre —la autora trabajó en este libro mientras cursaba el MFA en escritura creativa en la Universidad de Nueva York—, juegan abiertamente con la autoficción. Sin embargo, a pesar de estos indicios que remarcan una unidad, los leemos como cuentos. Hay una apuesta por visibilizar el género que es casi una declaración de principios.  

En el libro hay encuentros insólitos —además del que ocurre en Aferrar cabe destacar el último, Deriva —así como hay noches insomnes y vagabundeos en el que el caminar acompaña al vértigo metafísico. Tomemos como ejemplo La superficie, otro de los cuentos de la etapa norteamericana, quizás mi preferido del conjunto, en el que una ola de calor arrasa Nueva York y convierte a la ciudad en un objeto surrealista. La narradora aborda su cuerpo de la siguiente manera: “Mis vísceras se secaban y la humedad que les da elasticidad se exprimía de ellas y emergía transpirada de la membrana que mantiene reunidas las partes de mi cuerpo. La piel es la bolsa en que transporto todo lo que llevo; lo único que tengo. Eso que va conmigo a donde voy”.

El cuerpo como experiencia límite también está abordado en el relato que da título al libro, en que la madre de la narradora se encuentra en un estado vegetal debido a un error con la anestesia aplicada en una operación del apéndice. “Después de bañarla, le paso crema desde la frente hasta los dedos del pie. Siento sus huesos debajo de la capa de piel que parece hacerse más delgada con cada pasada de mis manos. Siento la clavícula, las costillas, el esternón, las caderas, las rodillas, los tobillos; parezco un saqueador intentando descubrir qué hay dentro de una bolsa. Huesos”, anota en este pasaje que tiene resonancias con el inicio incendiario de la novela de Rick Moody, Purple America. 

Nueve años tardó Chávez Gomes da Silva en publicar Salmuera, su segundo libro: un trabajo exhaustivo que resplandece en relatos en los que la sutileza no está peleada con la fuerza, y en el que se vislumbra el extrañamiento del mundo narrado por mujeres que transitan esa frágil línea a punto de quebrarse que separa la vida como la conocen de esa otra que espera tan cerca, y que es incierta e inmisericorde.

Maximiliano Barrientos