Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 25 de junio de 2022
  • Actualizado 12:51

Ozark: Civilización y Barbarie

A propósito de la serie televisiva que concluyó hace algunas semanas tras cuatro temporadas emitiéndose en Netflix, plataforma donde aún puede verse. 
Ozark- Civilización y Barbarie.
Ozark- Civilización y Barbarie.
Ozark: Civilización y Barbarie

Las comparaciones entre Ozark y Breaking Bad aparentemente eran fáciles. Las historias se parecían mucho: el descenso a la criminalidad de ciudadanos de la clase media blanca estadounidense. Luego del final de ambas, resulta que se parecen tanto como un gato a una mesa. Sí, tienen cuatro patas, pero la mesa jamás cazará ratones.  Walter White (Bryan Cranston), un químico en decadencia, afectado por una enfermedad terminal y por una vida plagada de frustraciones, se convierte en Heisenberg para resguardar a su familia, pero sobre todo para darle algún sentido a su existencia. Su historia tiene un arco narrativo lineal, sube al cielo para desplomarse por el peso de su acciones, como Icaro o como el Ozymandias del soneto de Shelley. De principio a fin, Breaking Bad es teatral, trágica y desmedida. No por nada, la transmutación de White en Heisenberg viene acompañada de cambios de atuendo. Como en la narrativa de superhéroes o de las comedias adolescente, hay un disfraz y makeover: la cabeza rapada, el sombrero, el candado y el abandono del beige como color dominante de sus atuendos y de su vehículo, ilustran la evolución de la psicología del personaje. 

En Ozark, Marty Byrde (Jason Bateman) acepta ser el contador de los narcos para proteger su vida y la de su familia, pero finalmente lo hace para mantener o mejorar su estatus, para tener un lugar en la élite del mundo. Sus decisiones no son por resguardar la vida, sino por un estilo de vida. Aunque por momentos parezca que tiene otras intensiones, que es un antihéroe de corazón noble, que se está humanizando, Marty termina confirmando que su motivación gira en torno a conquistar lo que cree que se merece. Si la historia de Walter White es una épica que coquetea con el melodrama, la de Marty Byrde es la hipérbole de los valores del hombre contemporáneo. Heisenberg es imposible. En cambio, cada día nos cruzamos con decenas de Byrdes, sin su talento, pero con motivaciones casi idénticas y con su misma ética profesional. 

Por otro lado, Breaking Bad se confirma como una aventura preponderantemente personal con secundarios de lujo. En cambio, Ozark es un periplo familiar, casi coral, trata de la evolución de los cuatro miembros de la familia Byrde, de la revelación de sus verdaderos caracteres. A lo largo de las cuatro temporadas, cada miembro de la familia termina abrazando con mayor intensidad lo que realmente es. Además, a diferencia de lo que la mayor parte de la crítica señala, Ozark no es meramente la historia de los Byrde, sino también es la de los Langmore. Si los primeros son unos citadinos que llegan forzados al Misuri rural, que se enfrentan a la rudeza de un entorno natural y cultural rustico; los Langmore parecen haber brotado de lo semisalvaje.  En las primeras temporadas de la serie, son la encarnación de lo inculto y lo vulgar, de lo incivilizado, de lo iletrado, de lo despojado de sofisticación. Básicamente, son lo que nos imaginamos que son los votantes de Trump. Las excepciones eran Ruth (Julia Garner) y Wyatt (Charlie Tahan), la primera por su gran inteligencia y el segundo por su profunda sensibilidad. Eran las muestras de que incluso los rednecks, los campeches, (a veces) también piensan y sienten. La serie parecía indicar que estos dos personajes, que en algunos pasajes fueron los más cercanos a los Byrde, terminarían civilizándose gracias al contacto con la educación, las formas y el buen gusto urbano. 

Lo interesante de la serie es que se termina revelando que justamente son los bárbaros, los iletrados, los que mantienen ciertos códigos y normas de convivencia con cierta honorabilidad. Sobre todo, lo hace, la más brillante, memorable y querida de todos ellos: Ruth. Aunque en algún momento, parece que será conquistada por la mentalidad y los valores de los Byrde, no sucumbe. Aunque en algún momento decide mudarse de su viejo tráiler encallado en medio de esos bosques de Misuri, Ruth jamás abandona su tierra. Su banda sonora personal está llena de rap de los 90, Wu-Tang Clan, Nas, The Notorious B.I.G., A Tribe Called Quest, y de artistas más recientes como Killer Mike (que hace un extraño cameo en el capítulo final), lo que podría indicar que algo urbano hay en ella, pero jamás cruza los muros de la ciudad de manera definitiva. Se mantiene fiel a lo que es. 

En cambio, para los Byrde nada es sagrado, nada está por encima de sus objetivos. Son el espíritu del capitalismo más deshumanizado. A diferencia de lo que en algún momento se creyó, Marty y Wendy (ah, esa formidable Laura Linney) son irredimibles. Los Langmore pertenecen a otro tiempo, son premodernos, son una especie susceptible a la extinción, porque no es implacable. Son violentos, ignorantes, completamente disfuncionales y creen con tanta fe que han sido maldecidos, que sucumben ante el pensamiento mágico. Su estructura no puede hacer frente al pensamiento tecnificado y burocrático de los Byrde. Más despiadados que cualquier miembro del cartel de los Navarro, ellos saben cómo lavar dinero y hacer networking. Aunque sea una analogía muy manida: el Chicago que forjó a los Byrde resulta ser mucho más bestial y salvaje que el Misuri​​ de los Langmore. Ozark revela a lo urbano como lo verdaderamente peligroso. 

Cuando el investigador en decadencia Mel Sattem (Adam Rothenberg) cree haber acorralado a la familia, les dice que no se saldrán con la suya, que no son los Kennedy, que las cosas no funcionan así. Wendy le responde: “¿Desde cuándo?”.  Quizás la historia de la familia Kennedy, que construyó su fortuna y prestigio a partir de actividades cuando menos cuestionables, podría anunciar una secuela de Ozark, diez años después: Charlotte (Sofia Hublitz) ocupando la oficina oval, Jonah (Skylar Gaertner) ejerciendo de fiscal general, Marty y Wendy como orgullosos padres de una nueva generación dorada. En inglés existe la expresión “Follow the money” o “Sigue el dinero”, que se popularizó en esa gran oda al periodismo de investigación de Pakula que se llama All the President’s Men (1976). Podría ser también el lema de Ozark, por la obvia referencia a la actividad de Marty Byrde. A su vez, podría ser una pauta para entender al mundo contemporáneo: “dime de dónde viene tu dinero y te diré quién eres”.

Es un facilismo comparar cualquier drama familiar con Shakespeare, el fantasma de Macbeth ronda la ficción. En este caso, hay un elemento diferenciador importante: esta no es un historia sobre aristócratas europeos, sino sobre burgueses estadounidenses, sobre ciudadanos del capitalismo contemporáneo, sobre los que quiere conquistar la cima con la riqueza, no con la nobleza. Ozark es un modesto manifiesto político: para los poderosos, los que no lo son, son prescindibles. Nada personal. Realidad brutal.  Se dice que series como esta, como The Wire, Better Call Saul o Succession, son denuncias de un sistema que está roto, de algo que ya no funciona. De ninguna manera. Son ficciones sobre una máquina que sigue funcionando perfectamente. Implacable y cruel.