Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 26 de septiembre de 2021
  • Actualizado 05:56

Omar, el mejor del juego

El personaje interpretado por Michael K. Williams en ‘The Wire’ estaba lleno de matices y profundidad emocional. En La Ramona le rendimos homenaje con una serie de textos al intérprete, de 54 años, que fue hallado sin vida en su apartamento de Nueva York el pasado 6 de septiembre, supuestamente por una sobredosis.
El actor Michael K. Williams, en septiembre de 2020, durante una entrevista para la revista ‘Esquire’. ACKIME SNOW
El actor Michael K. Williams, en septiembre de 2020, durante una entrevista para la revista ‘Esquire’. ACKIME SNOW
Omar, el mejor del juego

Para VL, 

la compañera de este y de cualquier otro juego

El pánico que desataba en los traficantes callejeros el grito, “Omar is coming”, solamente era equiparable a la dicha que provocaba en el espectador. Pues ese código de alarma anunciaba que entraría en escena no solamente uno de los mejores personajes de la historia de la televisión, sino uno de los más inolvidables de la ficción reciente. Gracias a la obra maestra de David Simon y Ed Burns, The Wire, recibimos una inigualable lección de narrativa coral audiovisual, reflexiones importantes sobre la sociedad contemporánea y el capitalismo, e incluimos a nuestro álbum familiar a un grupo de personajes memorables. Cada quien tendrá su favorito, pero imagino que nadie pondrá en duda que Omar Little fue uno de los más brillantes. Es la expresión perfecta de cómo operaran los personajes de esta serie, todos se hacen merecedores de nuestro cariño, sin importar que sean violentos y peligrosos. Sin embargo, a la vez, Omar era el más raro de todos ellos, pues en una serie que buscaba ser hiperrealista o, cuando menos, altamente verosímil, este sujeto envuelto en una larga gabardina y cargado de una escopeta recortada, parecía ser capaz de burlar a la muerte, en un contexto en el que la Parca acechaba en cada esquina, rebosante de efectividad. Oh, sí, parecía que Artemisa, diosa de la caza, desviaba las balas de sus órganos vitales, que cuidaba del más honorable cazador de traficantes. 

The Wire es una pieza de denuncia sociopolítica, que tiene mucho de poema épico y de novela clásica rusa, con un conjunto amplio de (anti)héroes, todos imprescindibles, que se enfrentan a un destino que saben que no pueden controlar, que asumen a la tragedia humana con una forma extraña y sutil de dicha. Hasta su última aparición Omar Little parecía el único dueño de su suerte. Pero, como se recalca en la serie, el juego es el juego, todos somos frágiles y vulnerables. Eso lo recordamos hace unos días cuando se supo de la muerte de Michael K. Williams, al actor que dio vida a Omar. Después de The Wire, entre muchas otras cosas, interpretó a Albert “Chalky” White, ese traficante de alcohol en Boardwalk Empire, y tuvo notables papeles en la miniserie dirigida por Ava DuVernay, When They See Us, y en Lovecraft Country de HBO, confirmando que a ese antiguo bailarín los dones no le eran esquivos. Su presencia en pantalla, incluso sin necesidad de pronunciar un parlamento, tenía la elegancia y la fuerza reservada para las leyendas. Su rostro, marcado por esa cicatriz que lo cruzaba, tenía una belleza de naturaleza rizomática, un recordatorio del impulso de la vida que crece en lo inerte. En alguna entrevista, escuché que Michael escuchaba a la gran Lauryn Hill para entrar en el personaje de Omar. Opción que no parece obvia, pero esa voz comparte características con el personaje, tan refinada como potente, con una facilidad para quebrarse de la manera más delicada y conmovedora. Ah, Omar casi todo poderoso e intimidante, también era el más frágil de los humanos. Según David Simon, se basó en la vida Donnie Andrews para desarrollar al protagonista de la épica de Baltimore, pero fue Michael K. Williams el que convirtió al verbo en carne. 

Omar era un pequeño milagro, un triunfo vital frente a una estructura social mortuoria. Un sujeto capaz de atemorizar a cualquier matón, robar cargamentos de drogas y de eliminar a cualquier pistolero, pero lo hacía con un código de honor, sin perder la ternura, la sensibilidad, siempre con inteligencia. No es meramente anecdótico que el personaje haya sido homosexual, fue uno de los primeros íconos de la cultura popular contemporánea que no recayó en clichés, en lugares comunes o en ideas preestablecidas. Este personaje, el favorito de uno de los más célebres seguidores de la serie, Barak Obama, era víctima de su contexto, de una sociedad excluyente: racista, homófoba, clasista y violenta. Pero su condición de sacrificado, fue a su manera una condición de resistencia. 

Se cree que Michael K. Williams murió por una sobredosis, jamás negó sus problemas con las drogas. Lo recuerdo en el programa No Reservations de Anthony Bourdain, otra sensible y temprana pérdida, sirviendo de guía en el Brooklin no gentrificado, siendo transparente, gentil y disfrutando plenamente de los sabores más humildes. Lo que me apena es que el destino de un actor talentoso fue sometido a las condiciones estructurales de la sociedad. Como la cicatriz de su rostro, la pobreza y la exclusión, dejaron una huella profunda e indeleble. Su fallecimiento, me recordó a lo que le pasó Felicia “Snoop” Pearson o, si estiramos la idea, a la carrera Ronaldo Nazario, la genialidad fue sometida por la miseria. La desnutrición infantil, física y emocional, fue un estigma insuperable.  

Aunque estemos viviendo tiempos horribles, en los que casi a diario nos enteramos de la muerte de gente que quisiéramos que no nos abandone. Debemos resignarnos: esa es la vida. El juego es el juego.