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  • Diario Digital | domingo, 01 de octubre de 2023
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Con los ojos abiertos

Una aproximación a la aclamada serie creada por Jesse Armstrong, que acaba de llegar a su fin tras cuatro temporadas emitiéndose por HBO
Con los ojos abiertos

Succession es una tragedia en varias capas, con pretensiones de realismo y un texto meticulosamente cuidado, algo que le da una contundencia por momentos abrumadora. Exige al espectador un cierto grado de cinismo para lograr lo que todo buen guion debe lograr para que la historia conmueva, empatía. Y aquí, una de las primeras tragedias de la serie, pues, a través de las interpretaciones de sus personajes y las acciones y diálogos construidos, logra que el espectador (no todos, pero una gran mayoría) empaticen, en algún momento, con cada personaje. Jesse Armstrong, creador de la serie, se empeña en eso. La fórmula, de muchas que tiene la serie, es clara: en una misma escena cualquier personaje puede hacer o decir algo cruel, mezquino o egoísta, para luego caer de lo más alto, caer ante nuestros ojos y no podemos voltear la mirada porque queremos esa caída, pero, una vez que sucede ya es muy tarde, hemos conectado con él o ella, su caída nos duele y conmueve, sentimos entonces que puede redimirse, irónicamente, es la compasión que los personajes intentan evitar a ultranza, en su violento mundo es cuestión de vida o muerte, y cómo el sobreviviente tiene que despojarse de bondad y compasión o cualquier ambición que busque la equidad, redimirse es imposible, en el fondo lo sabemos, pero, sin pensarlo mucho, hemos deseado hasta el último momento que eso puede ser posible. Esas pequeñas desgracias se van sucediendo una y otra vez en la serie, son incidentes, acciones, no necesariamente narrativos y, al mismo tiempo, guardan una profunda y sólida relación con la historia de fondo, una historia simple, que no debe tener más de tres o cuatro giros realmente importantes a lo largo de cuatro temporadas. 

Creo que el inusitado interés que ha surgido por hablar de la serie (igual o más que verla) tiene que ver con la relación paradójica que hemos establecido con los personajes, lo que pone latente la subversión de los guionistas y el creador frente a algunas técnicas narrativas que se manejan hoy disfrazadas de rupturas y acaban teniendo rasgos conservadores. En muchas series actuales se maneja el concepto de una especie de antihéroe. Tal vez el excesivo consumo de películas que adaptan cómics nacidos en periodos de posguerra nos ha alentado como espectares (y guionistas) a simplificar los conceptos hasta el absurdo: un personaje realiza algo malo, que lo marca para toda su vida, pero en una serie de acciones, muchas veces inverosímiles y anacrónicas, intenta redimirse. Que lo logre o no, en este caso, no es tan importante, pero sí que haya buscado cambiar, buscar el perdón, algo bíblico. En Succession eso no pasa, la única posibilidad de redención en esta serie es morir un poco o completamente, por eso, tal vez en muchas ocasiones, los críticos y espectadores han coqueteado con la opción del suicidio de alguno de los hermanos Roy. Muy lúcido y en total control de lo que cuenta, Jesse Armstrong lo ha hecho también, desde las primeras temporadas, colocando a su personaje principal, Kendall Roy, interpretado por Jeremy Strong, al borde de un precipicio, jugando con el vértigo de la caída, la mirada hacia abajo. Claro, como nada es tan simple en la serie, el coqueteo con la muerte va más allá (algo que mencionaré al final).

Pero también hay otra ruptura para los que miran hacia arriba. Succession evita algo clave, la aspiración natural que tenemos de ser como los ricos que vemos en pantalla y la, esta vez sí perversa, intención del narrador de jugar con ese deseo. Claro que es atractivo, las telenovelas, tradicionalmente, basaban sus historias en la romantización de las aspiraciones económicas y de poder, disfrazándolas con sentimientos como el amor, véase la mujer pobre que se enamora del rico empresario o el personaje que empieza desde abajo y logra subir de golpe para luego caer y darse cuenta que lo importante es, nuevamente, el amor. Succession logra algo muy difícil, conectarnos con personajes que no tienen escapatoria o excusa moral alguna y aun así aman. Es definitiva la frase que Shivon Roy (Sarah Snook) lanza cerca al final de la serie: “Realmente te amo, pero no puedo soportarte”. 

Aunque siempre se sugirió que Logan Roy (Brian Cox), el patriarca o rey del imperio mediático, empezó desde abajo, algo que podría darle cierta humanidad, esas memorias se ven difusas, se diluyen en palabras y fotografías añejas. Ese pasado de hombre trabajador y exitoso que empezó desde abajo y que tanto les gusta vender a las élites, en esta serie, parece ser solo una estrategia de relaciones públicas más, como las biografías de Bill Gates o Jeff Bezos, por ejemplo. 

Como espectadores no podemos acomodarnos por un momento, olvidarnos de nuestra clase social, y degustar de las banalidades del poder y el dinero, y luego redimirnos por nuestros malos pensamientos o que alguno de nuestros personajes favoritos nos ayuda a hacerlo. El retrato del rico aquí es brutal y sumamente crítico. No es una caricatura, no podríamos titular un risueño “mi villano favorito”, pese a eso el denominado fandom, al igual que con Game of Thrones, se han tentado de hacer “barra” por uno u otro personaje, olvidando que son o lo que hacen a lo largo de los episodios (¿será así como funcionan las elecciones presidenciales?). Pero el final es contundente en ese sentido, la historia no se trataba necesariamente de una carrera para lograr algo, sino lo que sucede o implica el transcurso de estos juegos de poder en el seno de una familia deformada. 

El antepenúltimo episodio, más que cualquiera de la serie que lo haya sugerido antes, nos da el elemento que faltaba, caemos en cuenta de que el drama familiar no tiene solo implicaciones personales, no es solo el problema que tiene el rey Lear por ser rey, hay gente afuera que también sufre esa condición, un mal día suyo puede hacer arder medio pueblo, su poder de decisión y acción es espeluznante. Los diálogos, las acciones, la forma de ser de los personajes al final tienen ese aire que podríamos encajar en una historia medieval, y nos hace pensar si realmente las cosas han cambiado en esencia, ahora que creemos que la moral y ética van ganando terreno. Es interesante cómo la serie es consciente de que apenas vemos gente de otra procedencia étnica que no sea blanca, lo mismo con la participación femenina. En uno de los primeros episodios de la serie, se ve un video corporativo en donde Waystar, conglomerado de medios de la familia Roy, invita a ser parte de una empresa que vela por la inclusión y la diversidad, cuando en el mismo encuadre, de fondo, vemos salir de una junta directiva solo a hombres blancos. 

La trama se aventura también por una dinámica narrativa que gira en torno a una premisa inamovible. Los más críticos con la serie argumentan que poco ha cambiado en esencia a lo largo de las cuatro temporadas, y que hay acciones que se van replicando, pero con diferentes mecanismos narrativos. Si solo vemos el “viaje” que realiza Kendall Roy a lo largo de la serie, nos daremos cuenta de que avanza en círculos o como una espiral; los cambios que se dan, muchas veces en voz baja, son significativos. La virtud de la propuesta de Jesse Armstrong y el equipo de guionistas es armar un gran relato que nunca perdió de vista el final, que no se tentó por añadir giros o modificaciones que afecten lo planteado desde el principio. Los personajes cambian, van y vienen y a la vez les es imposible superar su naturaleza, por eso también, es una tragedia. Si revisamos nuevamente el primer episodio y lo contrastamos con el final, cada personaje acabó en esencia donde empezó, aunque los lugares y hechos sean diferentes: Kendall con su maldición de Sísifo, Shivon atorada en una relación amorosa que en realidad es el único mecanismo de poder que le ha funcionado y Roman como un ser de destino aleatorio, opaco, despojado, incompleto.   

En una de las últimas escenas del final de Succession, Shivon le dice a Kendall: “No puedes ser CEO porque mataste a alguien”. La forma en la que lo dice, intencionalmente apresurada, podría hacernos pensar en una excusa. Alertados además por su falta de escrúpulos, este parece ser un argumento más, a esto se suma la respuesta, infantil e igual de apresurada de Kendall,“eso no paso, lo inventé”, pero creo que esto entraña algo de la oscura y al mismo tiempo bella esencia de la serie. El protagonista, Kendall, fue responsable de la muerte de una persona, sí, pero él lucha por creer que no fue así, lucha internamente contra lo sórdido de su imagen, de hecho, sus hermanos, tiempo atrás le ayudaron a relativizar el hecho; mucho antes, y como terrible final de la primera temporada, su padre, Logan, arregló todo para que la ausencia del fallecido no sea notada. Así, como la muerte que Kendall niega, el cuerpo que desaparece por el poder del dinero, pero es un hecho y sigue ahí, así el destino de este personaje. Kendall tiene una maldición aún más grande que el despojo gradual de su humanidad para ganar el amor de su padre, él puede verlo, puede ver las miserias de su clase y aun así no puede evitarlo. El episodio final se llama “Con los ojos abiertos” y, según el creador, tiene que ver con el poema Dream song 29, de John Berryman, que en uno de sus versos dice: “Ghastly, /with open eyes, he attends, blind. /All the bells say: too late”.