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  • Diario Digital | sábado, 21 de septiembre de 2019
  • Actualizado 23:58

[Nido del cuervo] Relación de iguales

Una mirada filosófica al vínculo entre hermanos basado en el mito de Antígona.
[Nido del cuervo] Relación de iguales

A mis hermanos, F. y C

Antígona, protagonista de la tragedia griega que lleva el mismo nombre, sentencia que no existe relación más auténtica que la que se da entre hermanos. De padre y madre iguales, como recalca el filósofo alemán Hegel en su análisis sobre la Antígona, los hermanos establecen un vínculo que va más allá de una alteridad común. Fundada en el lazo genético y sanguíneo, esta cópula humana se rige de acuerdo a códigos domésticos que trascienden la lógica pública del estado. De ahí que, muerto su hermano, Antígona considere vano cualquier establecimiento afectivo o cordial-social, incluso en lo que concierne al ámbito privado y familiar del hogar. Todos (o casi todos), nos dice ella, se pueden de algún modo reemplazar: una hija, un hijo, un amigo, pero no un hermano; su pérdida resulta absoluta dada su imposible reparación. Ningún individuo, en efecto, es capaz de compartir la herencia genética que vincula a los hermanos. Incluso dentro de una misma comunidad familiar, esta similitud sanguínea resulta siempre incompleta porque no reúne los requisitos paterno-maternos a los cuales se adscriben sin excepción los miembros de la hermandad. Esta doble pertenencia –materna y paterna– condensa, en toda su intensidad, el legado biológico en cada uno de los hermanos, en cuya humanidad se recoge y registra la memoria de sus antepasados. Esta similitud que se establece en ellos a partir de la premisa descrita es lo que haría, según Antígona, que su relación sea ya de por sí simétrica, y por ende la única relación entre iguales que podría existir. Cerrada al público, la hermandad se repliega en sí misma, e incluso dentro del ámbito doméstico resulta ser una esfera inaccesible para sus demás miembros.
Con todo este bagaje, Antígona se posiciona dentro de una lógica extra-racional, apelando a vínculos estrictamente biológicos que permanecen, en general, bajo el velo del misterio. Es decir, que no son del todo explicables o cognoscibles. Como una tesis meramente animal, su postura podría tacharse de simplista por recurrir precisamente a algo tan básico como la familiaridad genética. Como imágenes de un modelo femenino y masculino, los hermanos representan la simbiosis de una alteridad, manifestada en toda su intensidad en la posesión de una determinada herencia sanguínea, o, en otras palabras, en la exclusividad familiar del tronco paterno-materno al que se inevitablemente se adscriben. Por eso, más allá de un parentesco fisonómico, Antígona reconoce en la hermandad el subyacer de una comunidad escondida, cuyas leyes se suponen siempre en cualquier comunidad política y social

Sobreentendidas, las normas domésticas no se fundamentan en la racionalidad, como sucede en el caso de las premisas del ámbito público, sino en las de la semejanza. Los hermanos son ramificaciones, entre sí vinculadas, de un mismo origen. Sin ser simples copias de un modelo paradigmático, como podría pensarse, ellos representan los múltiples modos en los que una combinación puede resultar. Es decir, son unas de las millones e infinitas posibilidades de síntesis en las que puede devenir una heterogeneidad cuando es mezclada. De padre y madre iguales, los hermanos y las hermanas conservan en sí el rótulo de ser el resultado de esta determinada alteridad en juego, la cual, a su vez, supone también otras alteridades y así sucesivamente; siendo que en cada uno de ellos pervive algún fragmento más o menos evidente de aquel inicio genético

Filósofa - [email protected]