Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 23 de enero de 2022
  • Actualizado 23:32

Nellie Bly, la primera periodista encubierta de la historia

Bajo el seudónimo de Elizabeth Cochran, pasó a la historia como la primera periodista infiltrada gracias a su investigación revolucionaria, en la que denunció el maltrato que sufrían los enfermos mentales en 1887
“Tenía fe en mi capacidad actoral y pensé que podría pretender locura”, confesó Nellie.              LA NACIÓN
“Tenía fe en mi capacidad actoral y pensé que podría pretender locura”, confesó Nellie. LA NACIÓN
Nellie Bly, la primera periodista encubierta de la historia

No me hablen, no me miren, no se acerquen: el mandato principal del periodista encubierto es el disimulo. Farsante en pos de un bien mayor (la primicia o la denuncia), se debate en una paradoja: se vuelve anónimo para llamar la atención. Y si es cierto, como dice la canción, que una esquizofrenia tan aguda no la cura ni un doctor ni el amor, ella se le animó a la pesadilla máxima del cuerdo: que la encierren en un manicomio. En 1887, la muy temeraria Nellie Bly, el seudónimo de Elizabeth Cochran, pasó a la historia como la primera periodista infiltrada gracias a su investigación revolucionaria: se hizo pasar por loca para que la encierren en un manicomio y, desde ahí, denunciar el maltrato que sufrían los enfermos mentales.

“Tenía algo de fe en mi capacidad actoral y pensé que podría pretender locura el tiempo suficiente para completar la misión que me confiaban”, escribió Bly. “Podría pasar una semana en la residencia de dementes en la isla Blackwell. Dije que podría y lo hice”. Aun antes del electroshock, el loquero era un infierno en la Tierra, con mujeres atadas a sus camas, torturadas por los médicos. Con solo 23 años, Nellie se animó, aunque ni hizo falta demasiada actuación: en la época era común que se diagnosticara con histeria prefreudiana a las mujeres que no cabían en la norma. Fue declarada “positivamente demencial”. Pero en realidad cumplía una misión secreta para el diario amarillista The New York World, propiedad de un tal Joseph Pulitzer que legó su apellido al premio más prestigioso para los escritores de no ficción. ¡Qué ironía! Ella se lo ganó fingiendo. Y fue tan buena en su interpretación, aun exagerada en demostrar lo que se espera de un loco (que se crea Napoleón, su querida Josefina o que, como los niños y los borrachos, diga únicamente la verdad), que el propio Pulitzer tuvo que intervenir para que la liberaran.

La pieza periodística fue titulada “Diez días en un manicomio” y logró lo que todos los que practicamos este oficio de locos soñamos alguna vez, que la realidad cambie a favor de los débiles: los manicomios recibieron mayor presupuesto y los pacientes fueron tratados con más respeto. Bly después se hizo pasar por espía en la Primera Guerra Mundial y por empresaria cuando heredó de su marido un portafolio de empresas ruinosas. Y hasta se animó a la aventura demencial: para desafiar el reto de Julio Verne, dio la vuelta al mundo sola en globo en menos de 80 días (apenas 72) y se dice que, ante las advertencias de aquellos que la esperaban en tierra, ella repetía, invariablemente: “¡Me vuelvo cada día más loca!”.