Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 18 de mayo de 2021
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Música: más que solo placer

Un acercamiento a la figura y obra del compositor boliviano Gastón Arce Sejas, además de algunas reflexiones musicales
Gastón Arce Sejas, intérprete, director de orquesta, pedagogo  y compositor boliviano de música contemporánea.   CORTESÍA DEL AUTOR
Gastón Arce Sejas, intérprete, director de orquesta, pedagogo y compositor boliviano de música contemporánea. CORTESÍA DEL AUTOR
Música: más que solo placer

He cruzado la afamada puerta del sol. Como si la piedra mirara, me mira el monolito.  El suelo de mi cuarto se vuelve tierra, y de ese color medio rojizo, medio café, pinta las montañas que se elevan en mis alrededores. La hormiga en la roca se asemeja a la sombra del cóndor en el viento. Y aunque sea de noche, veo el estival en la oscuridad. Veo la piedra, veo los ritos, veo el cielo incendiándose y, sin embargo, siento un profundo frío altiplánico. Todo eso pasa cuando escucho y vivo la música del compositor boliviano Gastón Arce Sejas: “Tiwanaku in memoriam”, una rapsodia para violín y orquesta.

Nacido en La Paz, influenciado desde el hogar y por su abuela, la música era cosa de todos los días en la vida de Gastón Arce, con un piano siempre presente. Aunque la afición era ya parte de él, la idea de estudiar música y dedicarse a ella profesionalmente no había pasado por su cabeza hasta mucho después. Arce apuntaba a una formación en verdad seria, a una universidad; el conservatorio de ese entonces no le pareció la mejor opción, así que se decidió por realizar sus estudios en el exterior. Por problemas políticos y económicos del país (la época del golpe de García Meza), ese objetivo tuvo que esperar. Después de un tiempo, surgió la posibilidad de estudiar en la Universidad Nacional de La Plata en Argentina, institución en la que se formaría por ocho años. Durante ese periodo, siempre tuvo presente a Bolivia en su corazón y en sus pensamientos, además, realizaba constantes visitas en sus periodos vacacionales, poniéndose al día con el escenario musical que se construía en el país. Posteriormente, en el año 2001, residiría un año en Alemania como parte de un programa de composición musical. En ese tiempo de estadía tuvo la oportunidad de conocer y compartir con el compositor ecuatoriano: Mesías Maiguashca.

Cuando nos referimos a la música contemporánea, lo primero que nos viene a la mente son las disonancias constantes, la imprescindibilidad armónica clásica, nuevos instrumentos, entre otras cosas. Pero, todo esto, ¿qué significaba? Es pues el nacimiento de un nuevo “vocabulario”, una ampliación grandiosa del lenguaje musical; significaba más capacidad para expresar lo humano. Es un hecho que esta nueva forma de hacer música no es digerible para todo el público, incluyendo a los mismos intérpretes y compositores. Esa desventaja, nos comenta Arce, hacía de la música contemporánea un producto que se quedaba solamente en la academia, en el sentido en el que solo se podía escuchar en esos espacios y únicamente ahí era entendida o apreciada. Sin embargo, para el maestro Gastón, el panorama ha cambiado. Somos fruto del internet, de la globalización. Cosa que, a su vez, re modifica el lenguaje y ha hecho que cualquier cosa pueda establecerse dentro del marco de lo contemporáneo en la música (quizá también en otras áreas), creando mayores grados de libertad en el trabajo de composición. El autor ya no se siente presionado por componer en un solo estilo. Pero esto nace por un problema de lenguaje, de ambigüedad. Arce nos señala que hay dos acepciones diferentes para este término, y las que debemos tener muy en cuenta. Por un lado, está lo contemporáneo como delimitador temporal e histórico, por tanto, aquello que se hace en la realidad presente o próxima a ella entra dentro de esta definición; eh ahí la potestad de que todo pueda llamarse contemporáneo. Por otro lado, nos referimos a la música contemporánea como aquella que se difiere de lo demás, por el estilo; esta acepción esta fundada desde lo estilístico en la composición. Todas estas consideraciones actuales, nos llevan pues, a re pensar la definición de la música misma.

¿Qué es entonces la música? La definición que fue durante, mucho tiempo, la más aceptada nos dice que es el arte de combinar sonidos. En algunas consideraciones: “sonidos agradables”. Pero si esto fuera realmente así, nos dice Gastón, habría que eliminar cerca de la mitad de la música compuesta hasta nuestros tiempos. De qué sonidos estamos hablando. La bocina del automóvil es pues un sonido; el ruido también es sonido. ¡Ni hablar de si tienen que ser agradables o no! ¿Por qué la música debería ser agradable? Nos damos cuenta de que existe una presuposición implícita en la definición. Ésta es: la música debe ser placentera. Esta idea, casi instintiva y poco reflexionada, está asentada con naturalidad en la sociedad general. Bajo esta exposición, nos preguntamos por cuál es la función de la música. Arce nos recuerda el papel musical en las comunidades del altiplano: las sociedades tradicionales no hacen música por placer, como en la ciudad, lo hacen principalmente por cuestiones cuasi religiosas, muy ligadas a la fe y al rito, en función de sus correspondientes cosmovisiones. Entonces, si lo “agradable” ya no es un parámetro definitivo, ¿qué hace a la música ser música? Para el maestro Gastón, el elemento clave es la consciencia del músico acerca de su invención, esa gobernabilidad que él tiene sobre la obra, por lo menos en el momento de la creación, y que, se opone a lo azaroso y descontrolado, es aquello que va a hacer a la música ser ella misma. Este dominio del compositor sobre su obra ya no tiene ningún sentido en el momento en el que la composición se resuelve en su ejercicio de salida y llega a oídos ajenos. A diferencia de las palabras, ya sea en su manifestación oral o escrita, los sonidos (símbolos auditivos) no nos dicen absolutamente nada en concreto. Ya lo había dicho Igor Stravinsky: “La música, por su propia naturaleza, es incapaz de expresar nada, sea esto un sentimiento, una actitud mental, un estado anímico o un fenómeno de la naturaleza”. Es pues esa abstracción de la misma, la que hace de ella un arte sobresaliente sobre las demás. En palabras de Arce: “Si quiero expresar amor con la música, no hay en realidad, una codificación o combinación concreta de sonidos que me aseguren el manifestar exactamente eso que quiero”. El autor puede haber compuesto un pasaje con una idea determinada, con un sentimiento en específico, pero, aun así, eso no le asegura nada sobre la percepción de los demás (tanto para oyentes como para intérpretes). Estamos hablando, como máximo, de cercanías muy íntimas. No hay llegada posible al en sí, y tampoco se trata de eso. De recrear lo humano y sobrehumano en el tiempo y espacio que corresponde; de eso se trata.

El tremendo ciclo para piano: Meditaciones sobre el Sagrado Amor, compuesto por el maestro Gastón, es sin duda una obra de gran dificultad, que exige al intérprete un considerable grado de virtuosismo. Pero, más allá de la complejidad, ¿qué nos sugiere esa música? El titulo es, como siempre, una buena referencia. En diálogo con su autor, surgió una cuasi explicación conceptual del ciclo (más adelante se entenderá por qué digo cuasi). Arce no es especialmente religioso, aunque sí está dentro de sus pensamientos la idea de lo superior o lo divino, no como un ente, sino como energía, Nos menciona que el amor, es algo que no se ha logrado entender y probablemente no se entienda nunca de forma cabal, pues queda corto ante las palabras y largo ante la aprehensión humana. Por amor se crea y también se hace. Es una especie de energía, al igual que lo divino y, por tanto, tiene que existir un lazo entre ambos, o quizá sean equivalentes. Obviamente, todo esto requiere de muchísima reflexión, necesita meditación. Todo de lo que fácil se habla, como es el caso del amor, fácil se ignora. Por algo, este término es manipulado sin consideración previa. Es pues cuando nace Meditaciones sobre el Sagrado Amor. La obra, en ese sentido, medita y trata de responder a preguntas sobre lo que no tiene principio ni fin (eterno), lo excelso y extraordinario en su más alto sentido (sublime), lo espiritual y divino (desde el cielo) y lo íntimamente terrenal (hasta las profundas aguas).

Las reflexiones y meditaciones sobre la música, todo lo que ella significa, lo que pretende y también lo que no pretende, probablemente jamás se acaben, ya que ella es, ante todo, una forma de manifestarse. La música siempre dice algo y, aunque diga nada, ya está diciendo. Por medio del lenguaje sonoro también se piensa, se siente y se expresa el mundo, la realidad e incluso la irrealidad, ambas inacabables. Por todo ello y por más, la música es infinita aun en el silencio.

Músico - [email protected]