Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 19 de mayo de 2024
  • Actualizado 21:58

Morder la carne (o la pizza)

Una reseña del monólogo ‘El teatro apesta’, de Miguelangel Estellano, una reflexión descarnada sobre el oficio teatral
Una reseña del monólogo ‘El teatro apesta’, de Miguelangel Estellano.
Una reseña del monólogo ‘El teatro apesta’, de Miguelangel Estellano.
Morder la carne (o la pizza)

Los unipersonales se han vuelto moneda corriente en nuestro lánguido teatro paceño. Basta un biombo, un actor y un texto para que el milagro/rito del teatro sea luciérnaga que ilumine y queme. “El teatro apesta”, el monólogo de Miguelangel Estellano, es una reflexión descarnada sobre el oficio. Es teatro sobre teatro. Meta. 

Estamos apenas una veintena de personas en una pizzería de Sopocachi. La obra se ha estrenado hace unas semanas con entrada gratuita (otra aberración) en el centro cultural de una embajada. La segunda parada tenía que ser hace unos días en un teatro de la

zona sur donde la espera siempre desespera porque el dueño tiene que vender… pizzas.

Nota mental: está pasando algo con las pizzas y el teatro que no logro entender. Digo que tenía que ser porque en ese segundo espacio la función se suspende porque no hay suficientes reservas. Como en las multisalas, se trata de vender comida, no entradas para ver cine/teatro.

“¿Les parece gracioso? A mí, no”. Es la primera línea de Estellano que sale semidesnudo a escena con una nariz postiza. La obra reflexiona sobre el oficio de bufón, sobre el camino empinado, sobre el sacrificio. “Esto es un espectáculo cómico”, insiste. No habrá risas, acaso un par de sonrisas de amigos y familiares que hacen de público. Mas que humor, estamos frente al sarcasmo. Y el sarcasmo no sirve para hacer reir, sino para corroer.

Sarcasmo viene de “sarkazein” que significa “morder la carne”. Estellano muerde para contagiarnos la peste. Es un “verdadero” actor porque sufre aunque el sueña con no sufrir, sueña con romper/morder el estereotipo de vida de "pringao" que llevan los que han optado por el sacrificio, de los condenados a morir de hambre aunque actúen en pizzerías.

¿Por qué los teatros están vacíos? ¿y las pizzerías llenas en cada esquina? Se cierran los primeros y abren -como hongos tras la lluvia- las segundas. ¿Y si el teatro fuese obligatorio? ¿Y si esa fuera la última utopía? Otra vez la culpa es del Estado y no nuestra. 

La fantasía abortada de lograr un premio (con estatuilla, sin plata), la educación de un hijo a punta de trago para aprender a reírse del mundo, la pandemia y el golpe de ciudadanos de bien contra el presidente del mal. La sátira de la presidenta de facto. La pasión culinaria y la sexual. Todo apesta. Menos el teatro. 

Con textos/fragmentos del argentino Rodrigo García, del alemán Karl Valentin, del boliviano Cristian Mercado y del uruguayo Alejandro Urdapilleta, “El teatro apesta” son microsecuencias

sazonadas por audiovisuales (que otra vez molestan). 

La pieza -no apta para “pitas”- termina apenas sin cumplirse la hora de los siete mil milenios. Es un cabaret ácido de entreguerras (entre la guerra del golpe y la pandemia). Es un “varieté” absurdo como una diosa (Eurínome) haciendo el amor con un espectador frío en primera fila mientras las pizzas siguen saliendo calientes del horno.