Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 21 de abril de 2024
  • Actualizado 22:10

Mecerse en columpio gigante

Una aproximación a la novela boliviana ‘El Run Run de la Calavera’, de Ramón Rocha Monroy
Mecerse en columpio gigante.
Mecerse en columpio gigante.
Mecerse en columpio gigante

Tomaba impulso sobre el columpio, sus pies rozaban la tierra para luego elevarse. Su cuerpo se acomodaba cada vez más cerca de la canastilla adornada con flores y serpentinas. Suspendida en un vuelo parcial, la vaporosa tela que la vestía formaba figuras con el viento. Sólo un toquecito con el pie bastaría. Vestida de blanco, la Ñatita resplandecía y exclamaba su triunfo en las lenguas más antiguas. Debajo, el pueblo de Pocona, incluidos aquellos habitantes del cementerio, se unía en un festejo de lo más colorido. 

“Una vez tuve una pesadilla en la cual me levantaba porque había una flaca bien seductora que estaba en los pies de mi cama. Fui a ofrecerle el brazo para llevarla, cuando de pronto, mi esposa me jaló por un lado y ella, la flaca, por el otro. Al final, he agarrado a mi esposa y al despertar, me sentía decepcionado. Era la muerte y mi esposa me había salvado, pero me sentía muy decepcionado”, cuenta Ramón. Su encuentro con ella, con la muerte, dio origen a El Run Run de la Calavera, novela ganadora del Premio Nacional de Novela “Erich Guttentag”, nombrada una de las quince novelas fundamentales en la narrativa boliviana y a la espera de ser parte de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) para la gestión 2024. 

Runrún, zumbido, ruido continuado, bronco, nada melodioso. Runrún, así como en “la máquina de escribir provocaba un runrún” o como en “de lejos, se escuchaba el runrún de la calavera”. La obra narra el dichoso encuentro de los habitantes de Pocona, un pueblo del Valle Alto cochabambino, y sus difuntos, durante la festividad de Todos Santos. Reconstruye los paisajes, las costumbres y los sabores que son parte irrenunciable de esta festividad, trazando una línea difusa entre lo verdadero y lo imaginario. Donde, lo insólito de la celebración se entremezcla con el carácter inabarcable de la muerte y de la ficción misma.

“Yo escribo con las vísceras; con los riñones, el hígado, los pulmones”, comenta Ramón. También escribe con el estómago y con la lengua; una lengua poco ortodoxa, que se detiene a saborear y se relame. Una lengua que se escribe por medio de las lampaq’anas, la chicha culli, el mote de wilkaparu, la papawaiku morada, la uchullajuita con quilquiña ¡Qué tal gustito! Una lengua que representa una cultura y por tanto, un pensamiento. Después de todo, Ramón se considera un sujeto sentipensante.

La relevancia de la obra va más allá de hacer una puesta en escena de la celebración de Todos Santos, de sus ritos particulares y su carga simbólica, que pese a ser rica y de gran importancia, no es el centro de la obra. Lo central tiene que ver con la particular aproximación a la muerte y por tanto, a la vida. Con ello, a la ficción y a la no ficción. Estos conceptos tienen una relación dialéctica, son su espejo contrario, no pueden ser sin el otro. Y entre dos extremos, como en la wallunk’a, existe la posibilidad de balancearse.

La relevancia de la obra también recae en ciertas características de la misma que trazan una proximidad con rasgos de la narrativa quechua contemporánea. En primer lugar, el quechua funge como materia del lenguaje. La cultura se expresa a través de la lengua, la misma que contiene al pensamiento andino. Así podemos verlo en los alegres pasajes de las coplas.

Parece chojita

Wipailalitay

Santa Barbarita

Por vos viditay

Ay, palomitay

Tika mixturita

Jallallalitay

En este sentido, es posible identificar la influencia de la tradición oral como otro rasgo distintivo. Es a partir de la oralidad que la narración realiza una especie de conservación histórica, ancestral y ritual. Registra, con minuciosos detalles, las características de la liturgia, del pueblo y de los personajes, algunos de ellos muy renombrados y representativos para la historia de Bolivia. Durante los primeros dos días del mes de noviembre, los personajes intercambian sus anécdotas, historias familiares, dichos populares al igual que los rumores del pueblo. Todo en un intento de recordar, de hacer frente al olvido que implica la muerte y el paso del tiempo. Se reencuentran, se reconocen, beben, comen y continúan festejando. Incluso comparten la fiesta con célebres personajes como Sáenz y Borda, quienes no resisten la tentación de una fiesta extendida y compartida con los muertitos.

La obra, por otro lado, marca una ruptura entre lo singular y lo colectivo. La celebración de Todos Santos se narra a partir de lo cotidiano, de experiencias particulares y diversas que contribuyen a una experiencia global, inscrita dentro de un terreno común. La obra circula entre la memoria y la creación original. Encara a la herencia cultural con la libertad de su narrador. El resultado puede ser tanto una verdad narrativa como la narrativa de una verdad. 

La wallunk’a forma parte de una tradición que continúa la festividad de Todos Santos. Después de haberse marchado las almas, se arman altos columpios en los que las mujeres, impulsadas por sogas de las que tiran los hombres, se balancean con la finalidad de alcanzar regalos colgados en un arco frente al columpio. La wallunk’a se mece entre la vida y la muerte. Se burla de ella y la seduce. Representa, a su vez, la saciedad. Se come y se bebe de manera excesiva así como se alimenta la relación con los difuntos.

En El Run Run de la Calavera, Ramón se balancea entre estos extremos, que por más opuestos que parezcan, no son tan disímiles entre sí. Su lengua gustosa se impregna de sabores que todavía no tienen nombre. Define su contemporaneidad a partir de una herencia colectiva así como desde su individualidad. Acorrala la verdad de la escritura, y a la par de una concepción cíclica del tiempo, revela que la muerte no es más que una regulación de la vida. Y la ficción, un cambio de estado de la realidad.

Licenciada en comunicación - [email protected]