Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 19 de octubre de 2019
  • Actualizado 16:33

Matilde Casazola, fascinada por Marcelo

La poetisa y escritora creó el himno y otras canciones para el partido de Marcelo para luego de su muerte sumirse en el desencanto.  
Matilde Casazola, fascinada por Marcelo
Corría el año 1979, el país iba acercándose al fin del periodo del general Hugo Banzer, la dictadura concluía y se sentían vientos de apertura democrática, a partir de la huelga de hambre de las mujeres mineras, a la que se sumaron sacerdotes y personalidades de la vida nacional.
En el medio político, empezó a destacar una figura fulgurante de la izquierda, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Matilde lo escuchó un día en la televisión y quedó impactada. Le pareció un hombre extraordinario de una sensibilidad profunda que lo acercaba a los intereses de toda la comunidad, en todos los ámbitos. Culto, accesible a todos los estratos sociales. Figura epónima, modelo inédito en la política boliviana, era sobretodo un hombre radicalmente diferente a lo que hasta entonces había conocido de la política, con la doblez, la hipocresía y el afán de beneficio propio como características.
Matilde sentía rechazo por los políticos desde muy joven, incluso por los comunistas. Esos “PC” la aburrían y le parecían adoctrinados “toditos hablaban igual, con una vocecita medio suave, como si estuvieran leyendo un libro, un tratado… ¡qué antipáticos y aburridos!”.
Apenas Matilde los oía ya sabía quiénes eran porque todos eran idénticos. Por esa distancia inconmensurable con la política venal, quiso conocer a Marcelo personalmente. Se aproximó al grupo que trabajaba con él, gente de todo estilo, dirigentes obreros, líderes tradicionales, militantes de distintas clases sociales, campesinos, profesionales y muchos jóvenes. El carisma que encontró en Quiroga Santa Cruz, su limpidez y su entrega lo hacían ver como un ser “sobrehumano”. Despertó su conciencia sobre el papel social de cada individuo al interior de la comunidad, sobre la posibilidad de aportar el talento la riqueza y la voluntad por una causa justa en la búsqueda de una vida mejor para todos los bolivianos.

Compartiendo ideales
Para ella fue un verdadero reto. La relación personal con Quiroga Santa Cruz fue excelente y de primer nivel había mucho por compartir aparte de los ideales, él era una estrella en el campo literario por su novela Los Deshabitados, con la que ganó un premio internacional e inicio un nuevo tipo de narrativa en las letras bolivianas. Había incursionado también en el ensayo y la poesía. 
Hicieron algunas canciones, se pretendía organizar una especie de grupo de arte al interior del Partido Socialista Uno. También compusieron el himno, Marcelo fue autor de gran parte de la letra y Matilde puso la música. El himno quedó registrado en un casette. Se formó un coro y se organizaron actividades musicales y poéticas. Ella nunca llegó a militar formalmente con inscripciones o papeles pero se sentía parte de ese grupo humano al que consideraba sumamente valioso y con el que estaba dispuesta a colaborar plenamente.
En ese período conoció y frecuentó a otro hombre extraordinario, transparente, límpido y volcado a los jóvenes; el sacerdote Luis Espinal. Dirigía el semanario Aquí y le publicó algunos poemas. Eran tiempos de idealismo, una gran esperanza que flota en medio de la gente y casi una certeza de que el mundo se podía transformar, que podía ser cambiado.
El veranillo democrático duró poco. El golpe de noviembre de 1979 truncó el proceso que se desarrollaba hacia un mayor respeto por la ciudadanía.
El tiempo de las sombras 
Como en una serie infernal, se sucedieron el asesinato de Luis Espinal y el golpe de estado de García Meza en julio de 1980, que trajo consigo la muerte de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Fue el tiempo de las sombras, de la violencia y el odio. El movimiento juvenil de política imbuida de ética quedó decapitado. 
El Partido Socialista Uno se dispersó, con lo que Matilde Casazola inició un retiro de las actividades partidarias para no regresar nunca más. Había apostado por primera y única vez en su vida a una agrupación que se comprometía con postulados de justicia social bajo la égida de un hombre intachable. 

Dolor y destierro
Asesinado el líder, rompió con los lazos partidarios y se sumió en un destierro voluntario en Sucre, incapaz de vencer el dolor y la desesperanza. Ni en el arte pudo encontrar el consuelo para su espíritu durante un largo tiempo. Esta fue la única vez que Matilde participó en la vida política, aunque de manera restringida. Se reforzó desde entonces su tendencia a una vida más bien solitaria, consagrada por entero a la creación, fiel a la vocación de artista. 
Por no dejarse morir, empezó a ordenar lentamente algunos poemas archivados. El resultado amable fue un poema extenso sobre el tema del ángel guardián ya desarrollado en varias poesías. 
Iba acompañado de una carpeta con dibujos propios sobre la misma temática. En esa época oscura y triste fue como un rayo de luz. Con el apoyo familiar se hizo la impresión de 50 ejemplares, no había más dinero, y el libro fue presentado en la Alianza Francesa de Sucre en 1981.
Historiadora