Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 08 de febrero de 2023
  • Actualizado 12:15

Máquina de respiración

Texto conmemorativo al día mundial de la filosofía llevado a cabo en la carrera de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”. 
Máquina de respiración.
Máquina de respiración.
Máquina de respiración

Como dice Samanta Schweblin: la imaginación es peligrosa y poderosa. Pero lo son aún más las palabras que la invocan. En un intento por entender el modo en que funciona la imaginación del lector, Schweblin arranca un artículo contando la sorpresiva llamada de Abelardo Castillo, escritor y maestro de escritores, dos horas antes de la presentación de su primer libro. Su voz, sus palabras y la brevedad de la conversación la dejaron suspendida en “la magia del vilo”, como la describe ella.

“No te asustes. Vos andá y contá una historia”, le dijo Castillo. Y eso fue todo. 

Pero ¿qué tienen las historias, la música, el arte? ¿Qué tiene de peculiar ese modo de decir el mundo? Es su cualidad de hacernos preguntas, de situarnos en medio de una tensión que suspende y que, como un rezo, acapara toda nuestra atención hasta dejarnos casi sin aire. No se trata solamente de construir un lugar común y seguro en base de lo que uno mismo considera común y seguro, sino de proponer una invitación que se renueve constantemente, en cada encuentro; que transforme. 

Para Schweblin, lo más importante es dejar preguntas abiertas: “abiertas, con desesperación vital, y con la divina esperanza de que algo de lo que se me está escapando en ese momento, de pronto, entre el entramado de palabras podría serme revelado”. Y esto podría decirse de toda búsqueda artística y filosófica, que es un intento por encontrar, en aquello que se hace con la fe más pura, una revelación: el sentido. Pero no con la intención de poseerlo, de “aquietarlo”. Mas, al contrario, con la idea de celebrarlo en su naturaleza cambiante, juguetona y coqueta que lo hace inatrapable, resistente.  

Como propone la autora, se trata de un baile con el lector en que el escritor marca el ritmo, pero sin pisarlo. Lo que hace es poner los pies cerca de los suyos, apelando a la intuición del lector para que éste le siga y, por su cuenta, continúe el baile hasta quedar totalmente arrobado entre sus brazos, entre esta tensión y resistencia que sirven de conector porque se sustentan en preguntas abiertas: ¿qué es esto? ¿qué está pasando? ¿cómo es posible?

Estas preguntas hacen eco, nos tocan “todas las zonas que todavía no [alcanzamos]”, como dice Robin Myers. Y que no están necesariamente vacías, sino inexploradas. 

Mi profesor en una clase dijo: “No es la cortina, sino lo que oculta”. Las palabras y su poder de invocación y evocación, en estas construcciones delicadas, pretenden descorrer la cortina y develar aquello que se oculta socarronamente de nuestra mirada. Es en esta apertura que la poesía carga con la vitalidad de las preguntas más urgentes, invitar al lector a colarse por entre sus poros para quedar suspendido en esa “magia del vilo” que lo anula. Como dice Schweblin: “Cada vez que prestamos verdadera atención, destruimos una parte del mal que hay en nosotros. Por eso es una atención abierta, porosa. Desnudos de todos nuestros prejuicios, estamos desesperados por entender”. 

Entender implica una relación dialógica con el otro. Samanta encontraba “una suerte de descanso” en esa alarma producida por la atención, un tipo de verdad y la fuente del placer de la lectura: la fe en esa espera. Como en el baile, uno solo puede esperar que su pareja sepa lo que hace y no te pise ni te deje caer si están dando muchas vueltas. Es esa fe en una suerte de dos lo que hace que exista un juego, una apuesta casi, entre el lector y escritor, entre filósofo y mundo, que nos introduce al flujo vivo de sentido en el que obra la verdad de las cosas y se manifiesta en la obra de arte. 

La vida perdida, dado que se perdió, se vuelve

más generosa.

Vuelve a ofrecerse una y otra vez

y se niega a aceptar nada nuevo de nadie,

con el mismo hermetismo de la gente

caritativa de verdad.

Ahí estás vos, pepinos, amanecer

que tiñe de blanco la ciudad, rezos involuntarios,

rencor, radio, cocina de una sola hornalla,

cactus del tamaño de un dedal

y tus omóplatos

y mis omóplatos.

Dada, entregada, perdida, vos, la vida perdida,

seguís perdida, seguís durmiendo, tibia todavía

contra mis vértebras y me tocás aún

todas las zonas que todavía no alcanzo.

Precioso, ¿no? En esta Elegía, Robin Myers la tenía clara. La vida perdida no deja de dar señales, es generosa; se entrega constantemente a nosotros, se devuelve y se desenvuelve en los sonidos hechos música, en los colores hechos pintura y en las voces hechas verso. La vida, aunque perdida, está dada. Nosotros recuperamos de ella lo que la memoria permite y que, en ese proceso de redescubrirla, nos “calibra”. Pero, ojo, no se trata de recordar como si la vida fuera una sucesión de datos, sino de hechos; de rostros, gestos, temperaturas, momentos. O amaneceres, como el que hará que Piglia se pregunte: “¿cómo podría yo narrar un día perfecto? ¿Para eso escribo un diario? ¿Para fijar –o releer– uno de esos días de inesperada felicidad?”.

El punto es que, si bien hay que quitarle la respiración al lector, es necesario saber cómo devolvérsela. Saber darle un sentido a esos instantes que lo suspenden. Tal como cuando Castillo llamó a Schweblin horas antes de presentar su primer libro y la pilló requete nerviosa porque no le gustaba mucho la idea de hablar en público. Por eso dice que escribe, porque en la escritura se esconde, porque “las historias nos protegen”. Y Castillo se lo recordó en el momento preciso.

Eso me devuelve al “discurso monumental que de repente, más que discurso, un texto” de Bolaño en el que decía que la patria de un escritor es la lengua y la lengua para él eran su esposa, su hijo y su perro. Y que mi profesor me contaba para recordarme que siempre debía saber dónde estaba mi patria; en qué recuerdos, en qué memoria. En aquello que me devolvía, y todavía me devuelve, la respiración. Porque como él decía: “Qué más podría ser la filosofía que un intento de máquina de respiración”.

La autora es estudiante de la carrera de filosofía y letras - [email protected]