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  • Diario Digital | domingo, 21 de abril de 2024
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El manuscrito de Carlos María Canseco o el compendio humorístico de Jaime Saenz

Una lectura de ‘Los papeles de Narciso Lima-Achá’, novela de Jaime Saenz, de cuyo nacimiento acaban de cumplirse 100 años.
“Las máscaras escandalizadas” (1883). JAMES ENSOR
“Las máscaras escandalizadas” (1883). JAMES ENSOR
El manuscrito de Carlos María Canseco o el compendio humorístico de Jaime Saenz

Nuestro poeta Jaime Saenz festejaría este 2021 sus cien años de existencia, una celebración no menor ya que el paceñísimo escritor ha desarrollado una obra literaria (poética y narrativa), que cabe ser agasajada, leída, releída, disfrutada y discutida, y llevada más allá de la canónica y mitológica versión del oscuro poeta maldito, acólito de las salvajes ingestas de alcohol y del ófrico limbo que comunica la vida con la muerte. 

Siguiendo esa línea de lectura, sabemos que Felipe Delgado no es sino la novela andina más importante del Siglo XX, pero no por esto vamos a dejar de lado a su otra novela, Los papeles de Narciso Lima-Achá, la cual nos enriquece y ensancha el universo saenzeano y que, además, nos permite afinar la óptica sobre temas que obsesionaron al barbado bardo y que se tratan y desentrañan en el citado texto. Ojalá esta óptica permita complementar y condimentar con una nueva sazón las lecturas de las obras más eminentes y más comentadas de don Jaime.

Los papeles de Narciso Lima-Achá, fue publicada póstumamente en 1991 por el Instituto Boliviano de Cultura, cinco años después del deceso del autor, obra que Saenz trabajó largamente en vida, con el título tentativo de La identidad, y que es cronológicamente previa a Felipe Delgado. La novela consta de dos partes complementarias y dialogantes pero marcadamente distintas: la 1ª que es El Manuscrito de Carlos María Canseco y la 2ª que son Los papeles de Narciso Lima-Achá.

Nuestro enfoque se va centrar en El manuscrito de Carlos María Canseco, que puede entenderse como un tratado o compendio de la humorística saenzeana, a través de una desopilante comedia narrada por el hombre que bautiza el texto, en cuyo contenido podemos hallar un vasto catálogo de usos y rasgos del humor en su vertiente humana y literaria, dejando en evidencia que la comedia, la risa y lo lúdico, son una de las vetas más fértiles y profundas de la práctica y ética de nuestro ceñudo escritor.

Ya en la magnífica introducción de su obra Vidas y muertes, Saenz plasmó una declaración de principios en torno a vivir (en lo profundo) y morir, y, ojo, en el primer precepto de su manifiesto del jubiloso vitalismo apunta directamente al humor. Dice don Jaime: 

“Primero - Es necesario desarrollar el sentido del humor. Sin humor no hay nada; si alcanzamos a percibir ciertos sucedidos extremadamente sutiles, no será por nuestra capacidad de observación, pero sí por nuestro sentido del humor. En los mayores conflictos espirituales, en medio de grandes angustias y dolores, el humor nos vuelve a la fría realidad y nos libera de la ofuscación, con lo que ya podemos ver en nuestra interioridad y podemos apreciar en su justa proporción cuántos conflictos y angustias nos afligen.

El humor lo sintetiza todo: llanto, risa, dolor, angustia, pesadumbre; y eso es precisamente el humor: es síntesis. Ni más ni menos.”

Es peculiar y enigmático, y como siempre un tanto contradictorio o paradójico –íntimo rasgo de la poética saenzeana– pero a su vez lógico, que el segundo mandamiento del manifiesto apunte a la solemnidad, creando una complementariedad dialéctica esencial entre humor y solemnidad, solemnidad y humor. Reza Saenz cual epifanía:

“Segundo - En la otra cara de la medalla se encuentra la solemnidad. Y es algo que debemos proscribir de una vez por todas y para siempre: la solemnidad es cosa fea y triste, y además no sirve para nada, excepto para poner en evidencia el ridículo y la miseria que precisamente ciertos personajes tratan de ocultar, asumiendo truculentas actitudes de solemnidad. Y parafraseando un versículo de la Biblia: al camello le será más fácil pasar por el ojo de una aguja, que al hombre solemne alcanzar a comprender el júbilo.”

Paradójica la enunciación, ya que decíamos que el humor saenzeano tiene a la solemnidad como a uno de sus grandes pilares, y juega con ésta para avivar el contraste entre lo solemne y lo vulgar, lo elevado y lo ruin, lo magnífico y lo grotesco, lo decente y lo abyecto, y así se puedan erigir los momentos más deliciosos de su comicidad, vulnerando su precepto (¿o llevándolo a su paroxismo?), condenando a su personaje Carlos María Canseco a la calidad de “camello” y utilizando la solemnidad –rasgo, además, profundamente boliviano–  en aras de una desenfrenada comicidad, dejando entender que la solemnidad solo vale en la medida en que reafirma su matrimonio con lo ridículo e irrisorio de la vida en sociedad. 

De los preceptos del Vidas y muertes, el último que aquí nos es pertinente, es el tercero, enunciado en su singular y misterioso tono: 

“Tercero - Al margen de cualquier consideración sobre el bien y el mal, es preciso ser despiadado. Pues si uno lo es consigo mismo, no tendrá porque no serlo con los demás precisamente, en la medida en la que fuera necesario. La indulgencia y el perdón, lo mismo que la benevolencia y la caridad, son virtudes que casi siempre y por paradoja van emparentadas con la hipocresía, con la felonía, con la simulación y con la cobardía. 

De ahí que es preciso ser despiadado, si uno es quién para sobrellevar los sufrimientos de los demás y comprender lo incomprendido, conocer lo inconocido, penetrar lo impenetrado y llorar un llanto no llorado –pues quién ha querido imponerse cosas tales a título de deberes, necesariamente tendría que ser despiadado.”

El hecho de ser despiadado y laudar esta característica, más allá del bien y del mal, o sea desembarazándonos de códigos éticos o preceptos morales y sensiblerías ajenas al propio humor, es la puerta de ingreso a la esfera de la comicidad del filósofo francés Henri Bergson para quien “la comicidad […] se dirige a la inteligencia pura; la risa es incompatible con la emoción” y, acotamos, con el sentimentalismo. Por ende Saenz siguiendo la estela bergsoniana, declara el principio de ser despiadado, erradicando así el sentimentalismo y la emoción fácil, liberándose entonces de dichas cadenas y cepos, permitiéndose ejercer la socarrona risa a diestra y siniestra, asimismo hurgar llagas ajenas, hurgar llagas propias de manera despiadada, sin emoción, y erigirse así al reino del humor y la comedia. 

La obra narrativa de nuestro escritor está siempre bañada de humor, pero en vida solo publicó Felipe Delgado, Los cuartos y Vidas y muertes, no así La piedra imán y Los papeles de Narciso Lima-Achá; hecho que nos permite conjeturar que Saenz sintió cierto pudor o recelo en publicar sus textos más hilarantes que a su vez son los más íntimamente autobiográficos. Afortunadamente la posteridad nos ha permitido hincar el diente a tan sabrosos textos, y poder solazarnos a carcajada plena con los mismos.

Ya con pudores y sentimentalismos de lado, toca abordar los rasgos más importantes de la comedia verbal, de los cuales El manuscrito de Carlos María Canseco, parece hacer todo un desternillante inventario. El “autor” del manuscrito, el mentado Canseco, es el personaje solemne por excelencia, lo que Franz Tamayo, antaño, hubiera denominado como un wayra levas, por ese inconfundible carácter de ufanado y petulante “doctorcito” altoperuano, por lo que lo jocoso arranca desde el preámbulo mismo, donde el cómico rasgo de la jactancia, brilla por su presencia. Canseco, ni corto ni perezoso hace una apología de sí mismo, de su sinceridad, decencia y de sus buenas costumbres, pero contando un acto de alta felonía realizada por él mismo violando la última voluntad del finado, Narciso Lima-Achá, quien le había legado sus papeles para que este los extinguiera en la hoguera sin leer ni una sola línea. Designio que Canseco contravino y de lo cual se pavonea al inicio de su manuscrito, lo que no condice con “las buenas costumbres, el amor a la tradición, la mutua tolerancia, el decoro y la dignidad, en fin, la delicadeza y la pulcritud, y todos aquellos atributos por los cuales los seres humanos nos diferenciamos de las bestias”, cualidades que él mismísimo se atribuye sin ningún empacho.

El encuentro de Canseco con Lima-Achá es el disparador de la novela, así como la relación entre ambos el tema central del manuscrito del primero, quien se vio motivado a escribir una vez leyó los prohibidos papeles del segundo. La aparición de Lima-Achá en la vida de Canseco combinó suculentos ingresos y éxitos monetarios contrapuestos a diversas debacles de su “impoluta” moral y honor. Canseco no repara en alabar y vilipendiar a Narciso en una misma línea: “hombre de talento, y no tenía rival en materia de artimañas y patrañas”. La relación de estos lleva un trayecto de cenit y ocasos constantes, alternando afrentas y perdones, vejámenes y condescendencias, rencor y ternura, conduciendo al lector a una montaña rusa de un “sentimentalismo” hipertrofiado tanto para el furor como para la benevolencia, y el enredo de ambas.

Otro rasgo cómico inequívoco de la narración es la parodia, la cual desciende como yunque sobre los dos protagonistas principales, así como en todos los singulares y extravagantes actores de reparto. Podemos enumerar algunos como ser el eximio Mister Golden Peter Puter, poderoso industrial e inventor de un suero anticonceptivo llamado Antiputaína, o el encumbrado geólogo Mister Adams que es descrito por Canseco de la siguiente manera: “El ilustre personaje, como todo sabio, era un poco feo y contrahecho, con una quijada de caballo y una nariz de elefante, y padecía de satiriasis; pero tenía su chiste y además era modesto.” Si de extranjeros se trata, imposible omitir la parodia que se hace del conde alemán Johannes Von Kranke, “mariscal de las legiones de Hitler” quien contrastaba su “sobriedad y altura, con distinción y sencillez” a la “proverbial grosería y vulgaridad de Lima-Achá”. Saenz tiene un dominio absoluto de la paradoja con ineludibles giros humorísticos, y en la novela la utiliza numerosas veces en voces y diálogos que van de lo solemne a lo coloquial, de lo eminente a lo procaz, de lo metafísico a lo escatológico; “Pero yo, te diré que este conde es un carajo; eso del olor del Führer y demás baticolas, es mucho joder. Está hablando huevadas y ya se pasa de la raya” nos dice inopinadamente Lima-Achá mientras hace una traducción simultánea de una eminente conversación entre un conmovido y filosófico conde y un azorado y embobado Canseco, trayendo las altas disquisiciones al nivel más terrenal posible. 

Entre los personajes parodiados y paródicos encontramos indudablemente a Margarita Batuani, entrometida pariente de Canseco, poetisa con aires de gran señora, amante ocasional de los dos varones protagónicos que su tío describe como “muy suelta de cuerpo y con un antipático aire de contento, pintada como una mascarita de carnaval y con una escandalosa falda que escasamente le cubría el upiti”, quien es en última instancia –maldito el destino de ambos–, la que resguarda y hace publicar los secretos manuscritos y papeles de Canseco y Lima-Achá respectivamente. 

“Pues un buen día, Remigia Montellano, cuentista romántica, se disgustó malamente con Margarita Batuani, sonetista ecléctica; y en medio de un ataque de ira, la derribó y luego la meó, y encima le partió la oreja de un zapatazo.” La novela abarca casi todos los rasgos de la comedia: así como encontramos pinceladas del más kafkiano humor de absurdo y sinsentido existencial (y verbal), tampoco pueden estar ausentes escenas de golpes, zarandeos, sopapos y humillaciones físicas, en la vena más slapstick de Chaplin y Keaton, aderezadas con la escatología de Rabelais; en ese sentido, el personaje escandaloso por antonomasia, la Batuani, no puede estar exenta de tales peripecias.       

El exceso y la exageración son también rasgos distintivos del humor, y si de excesos, golpizas, jaloneos, sucesivas faltas de respeto, borracheras, exageraciones, grotesco y máscaras se trata, en el relato es insoslayable el viaje que llevan a cabo Canseco, Lima-Achá y cia. a tierras orureñas. Tras unos negociados, cataclismos universales, perfidias y visiones abismales, es que arriban a la ciudad de Pagador en vísperas de carnaval. Allí se topan con dos notables personajes: Benjamín Trullenque, hacedor de los mejores rostros asados de Oruro, por ende de toda Bolivia y ex colega de Canseco en la aduana, y Nataniel Zaconeta y León, reputado galeno y hombre de ciencia además de campeón mundial de generala y fundador de la revista cachera “Poto”.      

La alta solemnidad tiene mucho de exageración, de sobredimensionar, de enaltecer y por esa elevación, se torna cada vez más risible. El hombre solemne es férreo y rígido en convicciones y valores, y esa rigidez, esa inflexibilidad de discurso, de ademanes y de carácter lo hace propenso a la chanza, a la burla y a ser víctima de la chacota; en consecuencia, la víctima cómica por excelencia. Ese es Carlos María Canseco en Oruro, presa de los dos no menos “solemnes” y afables bribones arriba mencionados. Cabe considerar que en el tratamiento de sus personajes, Saenz es más cercano al género picaresco de Cervantes o del Lazarillo que a la comicidad pesimista, cínica y misántropica que impulsó el estilo llamado postmoderno.

Ya de por sí es desmesurada la apología que se hace del pueblo orureño ante el ominoso cataclismo que en sus suelos ocurrió: la apertura de un profundo y terrorífico abismo, y que por el tesón, gallardía, insaciable sed y afán carnavalero, los habitantes de Oruro logran superar, dejando atrás la telúrica hecatombe para dedicar espacio y tiempo a sus danzas, libaciones y disfraces para las carnestolendas: “tal lo ocurrido aquel aciago día; esto es, la víspera del sábado de Carnaval en la Ciudad del Pagador y nada menos, cuando a todo esto cien mil almas como un solo hombre se aprestaban a celebrar inaudito bacanal bajo el signo del Socavón, con un entusiasmo delirante y la Diablada por delante.” La exageración sísmica, más el exceso bacanal y la elevada ponderación del pueblo Orureño es un coctel delicioso de humorística saenzeana. 

“Por su aire y sus gestos aparentaba unos veinte años de edad como máximo, y por su aspecto unos ochenta como mínimo. Y no es que quiera exagerar y llevarme por absurdas imaginaciones.”, pero aun así exagera Canseco cuando describe su primer impresión de Zaconeta y León; este último por su parte, entre sus profundas elucubraciones sobre el cacho y la ciencia, tiene tiempo para reflexionar de forma cruda a Canseco, quien colérico se encuentra ante las permanentes traiciones y jugarretas que Lima-Achá, diciendo: “Usted viene y de repente decide perdonar al Señor Lima-Achá, no por nada, sino simplemente por puro blandengue; y eso dice mucho. Yo sostengo que usted teme sufrir y se acobarda del sufrimiento; es por eso por lo que usted decide perdonar a su peor enemigo, y con eso escoge el camino de los viciosos y lo de los depravados, cometiendo así un verdadero sacrilegio; si se quiere, una indignidad total y absoluta.” A lo que no se aguarda la indignada respuesta de Canseco que replica: “¡Una indignidad total y absoluta! […] ¡Le prohíbo hablarme en ese tono! Y si usted pretende burlarse de mí y reír a mi costilla se equivoca de medio a medio.” Por más indignación y réplica, el vejamen, la risa a partir de la costilla del suscrito y la degradación que Zaconeta y León ha hecho de Canseco quedan incólumes por más que se sucedan una retahíla de zalameras disculpas posteriores. 

La degradación de los personajes es otro rasgo de comicidad del que bebe el libro, y en esa dinámica sigue la sarta de escarnios que sufre Canseco ante sus cofrades orureños. Es el turno de Trullenque que asesta el siguiente golpe rememorando viejos tiempos: “que yo me acuerdo perfectamente del señor Canseco, el taciturno presidente del Jurado Nacional de Aduanas a quien llamábamos Orejón unas veces, y Oídor en otras, por las descomunales orejas que se gastaba”. Ejemplo claro de la degradación expresada en su forma más común y corriente, conocida como dar palo, o palitroque en jeringonzas locales; para pasar al siguiente nivel de la afrenta física “cuando finalmente hube de verme a merced de una tropa de anónimos disfrazados que me zarandeaban, me escupían y me pisoteaban, y hasta me carajeaban.” No hay indignación posible, ni disculpa tan lastimera, ni anestesia que valga para tanta injuria y agravio. ¡Qué se puede decir ante todo esto! Quizás con Zaconeta y León, presidente de la comparsa “Los hijos del cataclismo”: “no debería olvidar [señor Canseco] que el Carnaval es cosa seria, y por eso mismo es una broma.”

Por último, y regresando a Bergson que ve el génesis de la risa y del humor en las cosas que hicieron reír a los niños –por ende también el juego–, está el cacho como una de esas manifestaciones de lo lúdico, de lo festivo, de lo enigmático, de lo misterioso y de esas expresiones del acervo humano que dan sentido a la existencia, y así, citando, por enésima vez a Zaconeta y León: “Tantas ilusiones, tantos desvelos, tantas tribulaciones; todo para nada. Si no fuera mi fanatismo por los dados y el cacho, a los que atribuyo poderes esencialmente mágicos, yo no sé qué será de mí. ¿Para qué sirve la plata? ¿Para qué sirve la ciencia? Soy sincero. A raíz de una patada de mula que en mala hora recibí, allá por el año cuarenta, cuando hacía mi servicio militar en Challapata, perdí un huevo; hágame favor. Ante eso, no hay ciencia y plata que valga.” Así en boca de uno de sus personajes más entrañables y extravagantes, Saenz nos descifra su eterno amor por los dados y sus designios, siempre cómico y trágico, nutriendo su literatura de humor, de parodia y de autoparodia, y ante los hados tan cáusticos como risibles solo queda enunciar –como nos dice el poeta a través de la voz del mismo tahúr–: “El destino es el destino, y los dados lo demuestran, qué más quiere usted.”