Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 02 de marzo de 2021
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El Mallku, la voz de la nación clandestina

A los 78 años, Felipe Quispe Huanca, líder aymara, guerrillero, historiador, dirigente campesino, político, dirigente del fútbol indígena, murió el 19 de enero. 
Felipe Quispe fue fundador de organizaciones políticas como el Movimiento Indígena Túpac Katari (MITKA), Ayllus Rojos, Movimiento Indígena Pachakuti (MIP). Archivo La Razón
Felipe Quispe fue fundador de organizaciones políticas como el Movimiento Indígena Túpac Katari (MITKA), Ayllus Rojos, Movimiento Indígena Pachakuti (MIP). Archivo La Razón
El Mallku, la voz de la nación clandestina

El Mallku como imagen 

El mallku como imagen, incluso mito, se presenta como icono cultural y político, que en su caso supone una unidad indisoluble pues puede desplegarse entre intervenciones televisivas y radiales o también como un contorno delineado, silueta dibujada entre la multitud de ponchos rojos y como miembro de organizaciones armadas, sindicales, intelectuales y político partidistas. Pero quizás las imágenes más potentes de El Mallku no responden a las convenciones de la unidad imagen-poder donde su cuerpo sería arropado por las masas, o él encaramado en una tarima dirigiéndose a subyugados por su oratoria, sino que sus imágenes capturan gestos de su mirada sobre el fuera de campo, sus ojos enclavados y atendiendo a algo que habita fuera del cuadro, que bien puede ser el futuro o como sugieren sus detractores, el pasado. 

Pero sus detractores son quienes materializan imágenes que generaba El Mallku en tanto condensación de miedos atávicos de la ciudadanía paceña, el tufo colonial “están viniendo” que se activó a inicios del silgo XXI y en los últimos meses desde el golpe. El Mallku como un relámpago en la retina colonial urbana lo vemos en la incomprensión de periodistas y académicos al balbucear explicaciones sobre ese indio rebelde. 

Cuando sostiene que lucha para que su hija no sea tu empleada, su mirada acuciante se posiciona fuera de campo. Cuando los medios en 2020 le consultan sobre el gobierno de facto, su mirada se traslada a ese lugar abismal, el fuera de campo, ahí donde se produce el sentido de lo que vemos en el plano, en el caso suyo el futuro. Quizás ese es el lugar de la imagen del Mallku, no habitar el cuadro, ya sea por voluntad propia, abandono el parlamento o porque los oportunistas lo relegan a ese lugar. Sin embargo, la potencia y eco de su acción, por tanto su ética, habitan en el fuera de cuadro, espacio destinado para figuras no consagradas en la mezquindad del presente sino reservado para el futuro. 

En la víspera la CSUTCB manifestó su interés en declarar a El Mallku como héroe indígena, entre los debates que puede generar esta solicitud, la representación visual de esta figura supondrá otro problema puesto que no existe una foto o imagen oficial suya, entonces la disputa por la representación y su sucedánea inscripción en el imaginario social probablemente nos regale otras imágenes, haciendo presente el relámpago político y cultural que entraña la figura de Felipe Quispe. Esas discusiones, como lo hiciera él en vida desde hace 30 años, obligaran a que la sociedad boliviana nuevamente se mire en el espejo del racismo. 

(Sergio Zapata) 

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Felipe Quispe Huanca, el imprescindible

“Nunca pensé en ser un hombre importante, sólo sentía un dolor profundo por la situación social que estaba viviendo el país, sobre todo las formas de discriminación racial contra el indio”, señalaría como corolario en la introducción de su libro Mi captura. Su súbito desenlace me desgarró el cuerpo y las lágrimas internas aún no las he podido secar. Hace poco decía que, políticamente, sólo quería ver al Mallku como gobernador de La Paz y que era la figura política contemporánea más relevante para la inclusión de las mayorías indígenas en la nominal plurinacionalidad que poco ha avanzado. Si bien las “dos Bolivias” todavía no han sido conciliadas, su emblemática figura merecía con creces el reconocimiento del ejercicio democrático.

La reivindicación de la memoria indígena, de la identidad aymara-quechua, de la geografía y territorialidad del Kollasuyo, a través de la historia y de la pretensión de una filosofía y pensamiento propios, esgrimieron su accionar político que, por, sobre todo, en nuestro abigarrado país, se tornaba como una radical propuesta cultural. Cuando tenemos a merced el incipiente ideario de una gestión cultural que se comunica en clave global y, al compás de la academia que la legitima, categoriza dentro de sus posibilidades aquello que aún se desliza por las fronteras de su campo, envasando las miradas locales en los empaquetados que han sido dispuestos para hacerlo, por ende, la gestión patrimonial —así resuelta— carece de sustrato, espíritu y porvenir. Cuál mayor aporte cultural que el de transparentar la realidad de una dicotomía social boliviana y de conjugar las reivindicaciones étnicas junto con las económicas y expresar, con la integridad del intelectual orgánico, una radicalidad que ha sido trágica pero fundamental y que bien puede sintetizarse, en su emblemática frase, por una condición que tenemos irresuelta: “A mí no me gusta que mi hija… que sea su empleada de usted”.

Su mordaz y precisa confrontación ante las acciones de los mandatarios neoliberales y/o serviles al imperialismo, sus respuestas directas —amplificadas por una prensa que advertía el espectáculo de un indígena insumiso y rebelde— convirtieron a su figura en el más agudo y prominente vocero del discurso indianista-katarista. Si hay la personificación de símbolos —y Domitila Barrios es el de la recuperación democrática—, el Mallku es el símbolo contemporáneo de la reivindicación de las naciones oprimidas y de su política.

Podríamos acudir a la remasticada frase, pero no por ello menos trascendental, de Bertolt Brecht, de que hay hombres “que luchan toda la vida; esos son los imprescindibles”. Felipe Quispe Huanca fue el más imprescindible actor social de la democracia contemporánea boliviana. Vuela alto en tu infinito viaje, Mallku.

(Marco Antonio Marín G. - [email protected])

Historia con palabras de guerra 

Era como una máquina de construir potentes metáforas políticas. Atravesadas, en ocasiones, por un humor corrosivo que tenía la capacidad inmediata de develar las contradicciones, el racismo y las violencias estructurales de la sociedad boliviana. Felipe Quispe, El Mallku, nos ha dejado un catálogo inagotable de frases épicas e irreverentes, pronunciadas en discursos, en entrevistas o en debates. Absolutamente consciente de la importancia del lenguaje para cuestionar la historia oficial, pero también para construir identidades políticas emancipadoras, empleaba las palabras como una herramienta fundamental en su lucha. No se trataba únicamente de tener un discurso provocador, sino de impugnar el sentido común dominante de la sociedad, llevando sus afirmaciones a extremos que hacen que Quispe sea una figura tremendamente incómoda, incluso hoy, después de su muerte, cuando gran parte de los actores políticos reconocen su importancia histórica y le dedican sentidos homenajes. Estas frases, inseparables de las luchas de las que surgían, contenían en cierta forma la historia del país, ya que trazaban, a través de diversas estrategias simbólicas, una genealogía de resistencias en las que Quispe hábilmente insertaba su discurso, su figura y las demandas de los sectores indígenas a los que representaba. De esta forma, sus palabras funcionaban como fórmulas de lucha que desestabilizaban, desde dentro, las propias certezas históricas, políticas y culturales del lenguaje del opresor. Así, el niño que para aprender castellano se enfrentó a un sistema educativo concebido como instrumento de segregación de aquellos como él, terminó renovando el lenguaje político, al que concebía como una herramienta fundamental para cuestionar el orden social racista: El Mallku hacía historia con palabras de guerra. Hace unos años, dijo que cuando leyó por primera vez un libro de Fausto Reinaga sintió que “era como mirarse del espejo, cómo es nuestra cara, de dónde venimos, qué pensamos hacer.” Es probable que la importancia que le dio al lenguaje tuviera también como cometido reproducir en las nuevas generaciones esa sensación de profunda identificación con sus palabras. De esta manera, sus frases lúcidas e irreverentes forman parte indisoluble de sus luchas que, al igual que su figura, se resisten a cualquier intento de simplificación histórica. La incomodidad que para algunos causa su figura es el síntoma más evidente de que las injusticias históricas que combatía siguen estando vigentes.

(Valeria Canelas)

El Mallku en nuestras pieles

¿Qué hizo este hombre para que su muerte, en una época donde morir es más sencillo que encontrar trabajo digno, mueva las conciencias de un país entero? 

El Mallku poseía todas las características que una persona conservadora atribuiría a un villano: era radical, anticapitalista, indio, pobre, guerrillero, utópico, consecuente. Es más, cualquier fanático de las motocicletas y las biblias rosadas detestaría encontrarse con un sujeto así en la vida, pero, por alguna razón, ellos también están lanzando flores y laureles en honor a su memoria. ¿Por qué?

Quizás el motivo es que se disputa la relevancia (y actualidad) de sus luchas. Quizás estamos atestiguando la última batalla de este anciano guerrillero. 

Porque algunos piensan que con el fallecimiento del dirigente muere su lucha y para ellos es fácil vestirse de revolucionarios y alabarlo desde las redes sociales. Porque el capitalismo contemporáneo nos hace creer que podemos agarrar cualquier discurso y desideologizarlo para establecer modas, tendencias. Pero, sobre todo, porque para esos cuantos ingenuos, la lucha anticolonial es un bien de consumo y entretenimiento, sirve para encerrarla tras una vitrina y verla bailar lejos de nuestros privilegios, con sus aguayos y zampoñas rimbombando cada primer viernes. Pero no, la trayectoria de Felipe es más contemporánea que nunca.

La partida del Mallku significa un duro golpe al proceso de reorganización político-partidaria nacional de hoy, de ahora. Nos deja justo cuando se estaba constituyendo una alternativa nueva en el panorama social. El movimiento que se gestaba con Felipe Quispe era un impulso para la política en general porque su partido no era una agrupación de oligarquías organizadas para determinar los rostros que defenderían sus intereses (como sucede con gran parte de la oposición), no se trataba tampoco de líderes reaccionarios que se aprovechaban de rencores políticos ciudadanos para plantear agendas de interés personal y posicionarlas manipuladoramente. Eran organizaciones sociales, eran bases populares, independientes al MAS, defendiendo lo que el proceso de cambio les dio y ahora todos quieren arrebatarles: la libertad de tener proyectos políticos, de tomar el poder formal y defenderse desde las urnas.

Con su partida ha sembrado memoria. Cada día aparecen nuevos relatos de sus hazañas, nuevos videos, anécdotas, discursos. Todas estas historias no son solamente la lucha de Felipe, son el testimonio de nuestro país que se repite indomable desde hace siglos. Por eso mismo recordar al Mallku no es un proceso mental, su memoria va latiendo en nuestras pieles, suena como el silbido de esas balas que volaban durante todo el año pasado. Su memoria, nuestra memoria, nos avisa que el camino es largo pero los resultados y las victorias llegarán inevitables.

(Alejandro A. Calizaya Godoy)

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El indio bueno es el indio muerto

Cuando, claramente afectada, mi esposa me dio la noticia del fallecimiento de Felipe Quispe Huanca, nos entristeció a distintos niveles. En este texto resaltaré que lamentamos la perdida de uno de los poquísimos líderes de nuestra historia reciente con la claridad, la formación y la velocidad mental necesarias para sostener una genuina discusión ideológica. A diferencia de esos pretensiosos y sobrevalorados presentadores que quieren asaltar los gobiernos municipales, don Felipe sabía lo que la palabra ideología quiere decir. Y supo llevarla a la práctica. Era mucho más que un agudo retórico, todos lo saben, eso se manifestó en el rol que jugó en el EGTK y, luego, en el MIP. Tuve el gusto de conocerlo en 2002, en un encuentro de pueblos indígenas del continente, me sorprendió la diferencia en privado con su persona pública. Antes que decir, escuchaba, aprendía de la experiencia del otro. 

Hoy sus compañeros de lucha, los próximos, lo recuerdan con admiración y ensayan breves homenajes en medios de comunicación y redes sociales. Lo que me parece poco elegante, una muestra burda de hipocresía, es que algunos personajes resalten hoy las bondades del que en vida fue su enemigo declarado. Típico de la pacata política boliviana, de la etiqueta conservadora. Al que temían y llamaron salvaje, ahora que ha muerto se lo quiere y/o respeta. Ahora que ya no puede venir por las noches a robarse a los niños, a abusar de las mujeres, a robarnos el pan de la boca, a cercar las ciudades, se ha convertido en un venerable sabio de los altiplanos.

Una de las menos logradas novelas de Montes Vanucci, titula con una de esas exclamaciones que pueden ayudar a definir el imaginario de los bolivianos de clase media: “Los aymaras están llegando”.  Así como la pregunta, “¿Hijito de quién eres?”, encierra un muy asimilado clasismo, la expresión antes citada nos recuerda el miedo radical al otro absoluto, a la amenaza suprema a los valores de la sociedad mestizo/criolla. Los pseudoblancoides en Bolivia fuimos formados para temer a los aymaras, caníbales, degüella perros, desalmados, desconfiados e imprevisibles. Bajo esa lógica, Felipe Quispe Huanca era Gerónimo, Caballo Loco o, mejor, Tupac Katari. Era el líder rebelde, amado por los suyos, respetado por los que no abrazan el proyecto de un estado burgués falogocéntrico y temido por los que lo describirían como bárbaro. Pero, hoy las diferencias parecen olvidas. En las semblanzas se maravillan porque el Mallku estudió historia y fue catedrático universitario. Era indio, pero ilustrado. Por tanto, un poco menos indio, un poco mejor. 

Cuando leí ese tweet de Tuto Quiroga: “Lamento profundamente la partida del Mallku (Felipe Quispe), el líder Aymara más relevante de las últimas décadas. Defendía sus ideas con intransigente firmeza, dialogaba y cumplía compromisos asumidos. Como exdiputado debe ser velado en el Congreso. ¡Jallalla Mallku!”. Sus loas revivieron a un desafortunado fantasma, a su copartidario Walter Guiteras, entre otras cosas, exMinisterio de la Presidencia, que salió de la vida pública por vergonzosos escándalos. Las palabras de Tuto revivieron los tiempos en los que a Guiteras se le permitía decir “el hombre blanco nunca miente” y cuando se entendía a la política nacional como un western de bajo presupuesto. Quiroga, wonder boy del adenismo, hace poco despidió a Guiteras con otro tweet: “[…] formidable líder beniano, un parlamentario que dejó huella, un Ministro frontal, dos veces Presidente del Senado, y, sobre todo, un amigo leal y consecuente”. Arquetipo del burócrata electoral, Tuto entiende a la diplomacia como una forma sofisticada de la falacia. Pues no es un “líder formidable”, quien asume que una raza tiene una condición moral intrínseca, sin mencionar sus otros actos reprochables. Tampoco creo en la muestra de respeto a alguien que despreció y confrontó a todo a lo que Tuto representa. No creo en esa doble moral.

Con lucidez, el Mallku vio en la Bolivia blancoide a una sociedad débil y decadente, llena de señoritos incapaces para trabajos manuales, así como para resolver los problemas más básicos de este país. Coherente con esa idea sus burlas a esa intelectualidad señorial despojada de título de licenciatura eran recurrentes. Basta recordar sus anécdotas sobre un “disperso” y joven Carlos Mesa o sobre un Álvaro García Linera que ni sabía lavar su ropa cuando se conocieron y que nunca pudo aprender aymara. A no dudarlo, Quispe quería construir una versión del sueño de Fausto Reynaga. Pero, se debe mencionar que para él la superioridad no era un tema meramente racial, sino ideológico y político. Para ejemplificarlo, recuerdo un encuentro telefónico de los dos Quispes más conocidos de nuestra política, Felipe y Rafael, el Tata. En él, el primero animó airadamente a al segundo a que se cambie el apellido, que adopte uno de la gente a la que sirve. Es que compartir apellido, hablar la misma lengua e incluso identificarse con un mismo grupo étnico, no significaba que eran pares. Rafael funge de subalterno de turno, de ornamento folclórico, es feliz siendo un sticker para redes sociales. En cambio, Felipe quiso refundar al país, uno sin extranjeros en el poder, no temió en hacer estallar al orden establecido. Un Mallku mayor frente a un “Pongo del siglo XXI”, como lo llamó en ese encuentro. 

Felipe Quispe no hizo caer a Goni, ese es mérito del pueblo levantado, pero fue uno de los rostros más brillantes de esa multitud. De lo que estoy seguro es que fue dueño de muchos de los desvelos de Sánchez de Lozada, de Banzer, de Tuto Quiroga y de “la derecha hipercristiana”, como la llamaba. Solo por eso es protagonista de capítulos inspiradores de nuestra historia reciente. Si creen que está muerto, se equivocan. El cóndor no pasa, el Mallku permanece. Su presencia late en los “salvajes” y en los “bárbaros”. Y su marcha nos hace temblar. 

(Andrés Laguna Tapia)

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El Mallku, la voz de la nación clandestina

No creo exagerar si digo que fue durante una larga vacación estudiantil de 2001 cuando comencé a cobrar conciencia real sobre la existencia de otra Bolivia más allá de las cuatro paredes de mi casa. Lo hice, curiosamente, mientras pasaba los días encerrado en un departamento del centro paceño y seguía a través de periódicos el implacable bloqueo que habían montado los aymaras a la cabeza de un hombre ya maduro, casi siempre tocado por un sombrero, de espalda ancha y rictus hosco, ojos tristes y bigote ralo, que cuando tomaba la palabra disparaba una batería fulminante de verdades crudas que enmudecían a todos los que escuchábamos/leíamos desde el otro lado. Se hacía llamar El Mallku, un apelativo insuperable que obligaba a clases medias y altas urbanas a pronunciar una palabra desconocida y a los medios de comunicación a poblar sus titulares con un léxico andino (aymara y quechua) que les resultaba tanto o más ajeno que los extranjerismos.  

Bolivia, o al menos el occidente del país, vivía en un confinamiento que debió entrenarnos de alguna manera para el que ahora nos ha impuesto la peste. Un confinamiento que, para mi padre, un compañero de trabajo y yo, era doble, porque apenas salíamos del departamento para buscar comida y comprar periódicos. No había tele en el lugar, así que debíamos devorarnos el papel impreso para tener una idea de lo que ocurría en el país y saber si podíamos salir de la ciudad y volver a Cochabamba. No recuerdo haber leído nunca más tantas páginas de periódico como en esas semanas. Comprábamos casi a diario La Prensa y esperábamos con ansias la salida a las calles de Pulso (semanario) y El Juguete Rabioso (quincenal), en los que El Mallku era una figura omnipresente, incluso más que el presidente (para entonces, ya Tuto) o sus ministros. No recuerdo cuáles eran las demandas de los campesinos aglutinados en la poderosa CSUTCB, comandada por Felipe Quispe. Eso sí, los pedidos eran funcionales a un fin mayor: posicionar en la agenda pública y mediática la palabra, arrastrada y hasta errática pero siempre explosiva, con que El Mallku interpelaba a la clase política y al país que lo veía con miedo y pasmo desde su inmutable comodidad. 

En las mesas de negociación, el líder aymara, quien –lo descubriría luego– había empuñado las armas como guerrillero y pasó unos buenos años en la chirola, tomaba la palabra para llamar a sus interlocutores “carniceros” y retarlos a que lo descuartizaran “ahí mismo, como a Tupac Katari”. Luego, el silencio. Se enjugaba algunas lágrimas por sus hermanos caídos, se marchaba dando portazos para seguir bloqueando y dejaba a gobernantes y mediadores con sus soluciones atragantadas. Porque no había solución a la vista para ese desencuentro histórico: era otro país, otra Bolivia, que reclamaba su derecho a hablar, su derecho a existir, ante la Bolivia oficial que siempre la había discriminado y negado. 

La visceralidad de esa protesta no la había sentido ni siquiera en la Guerra del Agua, que un año antes me había sacado a la fuerza del colegio para atestiguar una movilización social insólita. Lo que bramaba El Mallku atravesaba la piel y se te quedaba en los huesos. Solo había sentido algo así al ver La nación clandestina, la película de 1989 de Jorge Sanjinés en la que el protagonista, otro aymara curtido y desencantado, dejaba a sus interlocutores sin voz ni aliento. Como el Sebastián Mamani que baila hasta morir para dejar testimonio de su vida, que es la vida de su comunidad, de la nación clandestina, Felipe Quispe ponía en escena pública el ritual de la palabra “oprimida, pero no vencida” con la que vindicaba, ante la nación oficial boliviana que lo despreciaba e ignoraba, ya no solo su derecho a hablar y existir, sino una voluntad indoblegable para tomar la voz, la vida y el poder en este país. Era una señal inequívoca de que la Bolivia plebeya, la nación clandestina, iba a adueñarse de Bolivia, por la razón o la fuerza, así como ya se adueñaba de las carreteras del occidente del país.

Eventualmente, ese interminable bloqueo terminó. Y con él se me terminaron las excusas para no volver a Cochabamba. Pero ese que volvió, como este país, nunca más volvería a ser el mismo. (Santiago Espinoza A.)

*

Jallalla Tata Mallku

No me corresponde hacer una reseña sobre el Mallku, nunca lo conocí en persona, sí he estado en varios eventos donde él ha sido clave, pero no le he estrechado la mano o solamente saludado, pero quiero decir lo que significa su nombre, su lucha y sus palabras en mi vida.

El Mallku es dos años mayor que mi padre, entonces han compartido la historia y la han vivido desde sus propias trincheras. Mi padre fue pongo de las haciendas en Tupiza, por lo mismo mi historia pasa por esa historia de sufrimiento y dolor. Solamente alguien que ha pasado una parte de su vida en condición de esclavo sabe cómo se marca en el cuerpo el miedo y la obediencia, se lo sabe desde las posturas, el tono de la voz, la violencia, el silencio, el olor y el alcohol.  

Me quedó en la medula no poder hablar quechua, como se le quedó a mi padre, a quién en la hacienda castigaban cuando hablaba en el idioma de los indios. Él nunca quiso que a sus hijos los discriminaran y trataran como indios, por eso era un lenguaje prohibido, un idioma que significa atraso. Como sigue siendo hasta ahora, que son abiertas las burlas a los que hablan el español con acento de uno los idiomas originarios de estas tierras, por eso los maestros rurales ponen mucho empeño en enseñar a vocalizar a las wawas, más de uno me ha dicho “es necesario para que no les hagan bullying”.

De niña tenía prohibido acercarme a la cocina, no por miedo a que me haga daño, mi padre no quería que aprenda a cocinar porque no quería que sea sirvienta de nadie. Una vez en Cochabamba sentada en una banca con unas hermanas del Valle Alto, se nos acercó una señora y me pregunto si quería trabajar, no entendí lo que me decía y me quedé mirándola, se enojó y nos trató de flojas. Cómo resuenan ahora esas palabras del Mallku, cuántas hermanas son vistas como posibles “empleadas”, cuántas son solamente increpadas y violentadas por no comprender al patrón o la patrona… en mi camino he conocido a muchas mujeres que al llegar a los 15 ya se preparaban para migrar a la ciudad a trabajar de “empleada doméstica”, casi como un rito de paso obligatorio, basta oír la historia y testimonios de la valiente Yola (de mujeres creando) para descubrir que sigue pasando.

A mucha insistencia logré que mi padre me llevará a lo que fue su hogar, un pueblito cuyo nombre no aparece en los mapas: Lonte. Volvió a su tierra después de más o menos 40 años, conocí más de sus penurias y andanzas, me perdí en el río y los sauces, imaginé la vida. Una de esas mañanas, mi papá se fue a una reunión en la esplanada de la iglesia. Al volver me contó que había llegado el “hijo del patrón”, los que me conocen se imaginaran mi reacción, me invadió la rabia y le increpé. Le dije que ya no había patrones, que eso no existía… me contesto que “es la costumbre llamarlo así”… aún me hierve la sangre el constatar que ese sistema de miedo y disciplinamiento se queda en el cuerpo. 

Eso pasa todos los días con los hermanos y hermanas, a quiénes hay que recordar que cuando de aplicar justicia se trata, tienen la misma autoridad de un abogado, porque ha cambiado la ley, pero no ha desaparecido el racismo. Que fuerte resuenan para mí las palabras del Mallku “Yo no voy a venir a arrodillarme ante mis opresores”, que insolente y libre. Porque él sabía que, así como nos marcó la historia de dominación e imposición a los otros, los kharas les quedo el miedo al indio, al salvaje, al bruto… no otra cosa son las reacciones bajo el desgobierno de la Añez, porque saben que si nos levantamos no habrá nada que nos pare y es que tanto nos han quitado que no tenemos mucho que perder.

Porque a 12 años del Estado Plurinacional las cosas no han cambiado mucho, lo saben los hermanos y hermanas de la comunidad Pokerani de la Nación Qhara Qhara en Potosí, quienes hace más de 50 años sostienen una lucha por la reparación de sus derechos avasallados por la empresa minera EMUSA, lo saben las naciones que están peleando por ser autonomías indígenas y que hoy en día tienen que seguir solicitando un certificado de ancestralidad. Cuánta razón tiene el Mallku cuando afirma «No me siento boliviano, soy del kollasuyo”, cuánto miedo desatan estas palabras en los “otros”, los que se han acomodado a un sistema de sobrevivencia… cuán reales suenan las mismas palabras a las hermanas y hermanos de norte amazónico que ante la violencia de las mineras te dicen “aquí no hay Estado, no hay dónde quejarnos, nadie nos defiende”. 

Mi papá siempre decía que había que estudiar. El estudio permite salir del campo y de una vida de sacrificio, esta lógica es aún vigente, una cosa es romantizar lo indígena y otra muy distinta vivir en el campo. Jamás pude acomodarme a la escuela, pero estudié, muchos hermanos y hermanas me enseñaron que el conocimiento es una herramienta, para el Mallku todo espacio era una plataforma para la formación, para el análisis, sus últimas campañas eran escuelas de formación, por ello mismo no se volvió un caudillo, por eso mismo ha estado en los momentos claves de nuestra historia y por eso mismo hay muchos jóvenes hombres y mujeres que ahora lo recuerdan y lloran. Por eso mismo la semilla de la rebeldía va a germinar.

Lejos de lo que mi papá pensó, el estudio no evitó que me discriminaran. He recibido insultos racistas varias veces, la última vez antes de octubre del 2019, estaba en la fila para comprar en una panadería del mercado Yungas, un señor mayor quiso meterse en la fila delante y le dije “estoy en la fila”, me miro con desprecio y me dijo “estas indias…”, no recuerdo que le dije, pero lo quite de enfrente con un empujón, lo recuerdo porque tenía a mi wawa de la mano. Después de comprar el pan, ella me preguntó “por qué ese señor nos dijo así” y tuve que hablar del racismo, del poder, de que no hay que callarse.

 Precisamente por eso, cuando oí la muerte del Mallku y me puse a llorar y ella me preguntó quién era, me senté a mostrarle las fotos, me puse a recordar sus frases y leérselas, le repetí esta misma historia, las historia de sus abuelos y abuelas, este largo camino de lucha, recordé a mis hijas que cada logro es resultado de muchos Mallkus, de muchos Tumpas… de muchos hermanos y hermanas, les recordé que lo único que no está permitido es olvidar.

No conocí al Mallku, pero he hecho mías sus palabras desde el pequeño espacio en el que me muevo, desde la cotidianidad de la vida, desde mi camino con los hermanos y hermanas, desde la historia de mi padre anclada en mi cuerpo. 

El Mallku murió con la discreción y el silencio con el que afrontó los momentos más difíciles de la su vida, él no necesita de los honores en el palacio de gobierno, él esta donde tiene que estar e irán a rendirle honores los que saben, los que se niegan a olvidar. Se va con el amor de los sikus, con la bronca y la rabia de los que esperamos un cambio, con la esperanza, se va con la semilla en la tierra, con esa sonrisa desafiante, en medio de coca, cigarro y alcohol, se va siendo querido, se va siendo salvaje e ingobernable y así nos quedamos, ingobernables y salvajes. Porque el sueño de un mundo sin racismo no tiene precio. 

Jallalla Tata Mallku 

(Aureliana Canelas)

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