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  • Diario Digital | miércoles, 29 de marzo de 2023
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Mal hacer las cosas está bien

Mal hacer las cosas está bien

Yo era como un pequeño y delgado Santa Claus fuera de época repartiendo regalos a mis padres; al mismo tiempo me sentía como un capitán Kirk de cabello castaño oscuro y de color canela pasión, que relataba la bitácora de su último viaje a la frontera, al espacio extranjero, Buenos Aires.

Una de mis misiones principales dentro del espacio extranjero era visitar el postgrado de Filosofía y letras de la UBA, y no para averiguar cursos —una de las pseudo-ventajas del distanciamiento de un mundo post-covid es que prácticamente todo tipo de información está a la distancia de un par de clicks—, sino para en palabras de mi viejo: “admirar la belleza de uno de los palacios del saber más hermosos”.

¿Mi reporte? El post grado de filosofía y letras se encontraba en un barrio cuyas calles podrían llamarse Cuchillazo y Pildoritas Norte. El edificio más que palacio parecía una caja de cartón dejada bajo la lluvia. El interior estaba compuesto de pasillos tan angostos que incluso una persona delgada tenía que cruzarlos en ángulo, sus cursos eran cubículos diminutos con el techo bajo y sofocante, y las paredes y piso estaban forrados por cuadrados de cerámica que si se hubieran limpiado regularmente todavía conservarían su color blanco. Más que un bello palacio del saber era un psiquiátrico sacado de una película de terror.

Aun así, mi viejo insistía que ese edificio era de las cosas más bellas del mundo, un cuerpo hermoso hecho por y para la búsqueda noble de las preguntas más elevadas del ser humano. Para mí era un manicomio, cosa curiosa porque el saber y la locura suelen ser puestos juntos. Pero sobre todo deja en evidencia una cosa, que para mi viejo y para mí el campus de un post grado bello son dos cosas distintas. Para mí un post grado hermoso es algo más parecido a los edificios de las películas de Gringolandia, edificios coloridos, espaciosos y llenos de tecnología, que están interconectados por verdes jardines en donde los estudiantes se echan a leer bajo la sombra de frondosos árboles. Eso quiero decir yo cuando hablo de un campus bello. ¿Qué quiere decir mi viejo cuando habla de un campus bello? O mejor, elevemos la pregunta. ¿Qué queremos decir cuando decimos que algo es bello? Ese es el tema en el que se centra Fealdad Bad painting +realismo sucio de Juan Malebrán.

Como forajido del viejo oeste Malebrán da tres disparos, tres respuestas en el primer párrafo: Lo bello como aquello que va más allá de la perfección simétrica; lo bello como lo inalcanzable; lo bello identificado como el portador de ese “no sé qué” capaz de afectarnos mental, anímica y físicamente. En resumidas cuentas —y en términos más acordes a nuestro mundo de productos y consumos— lo bello como un misterioso valor agregado capaz de elevar el a-precio de incluso un simple garabato.

El problema que ve Malebrán con esta y cualquier otra definición de belleza es el quién, cuándo y cómo determina que un conjunto de características hace algo bello. Mediante un recorrido historicista —lleno de títulos y autores, que sería demasiado largo y lento sino fuera porque el autor nos regala algunas anécdotas curiosas del mundo del arte— Malebrán nos muestra que en cuanto a lo bello siempre han existido dos bandos. El primero, un grupo prestigioso que juntando ciertos criterios establece lo que es “oficialmente” bello, o como a estos academiotas les gusta llamarlo el Canon —con mayúscula porque no vaya a ser que se molesten conmigo—. El segundo grupo, los marginados, no necesariamente económico sociales sino también marginales intelectuales e ideales, cuyas obras contradicen en parte o totalmente el Canon.

Curioso que en ingles canon es cañón, un arma, ya que las obras de los marginados serán, a menudo, tomadas y atacadas como feas por los academiotas que blanden el Canon. Sin embargo, algo es feo hasta que se dice que es bello.

1978, en una Nueva York casi irreconocible —y saltándonos más nombres y fechas y títulos— entra en escena el Bad Painting. De forma simple, podemos decir que el Bad Painting es una corriente artística dentro de la pintura. Se caracteriza por cuestionar lo que es la pintura, y lo hace pintando de manera equivocada, usando métodos “incorrectos”, es decir yendo en contra del Canon de lo bello, siendo deliberadamente feo. Pero no solo feo en forma, sino que atreviéndose a que su fondo también sea feo, abandonando temas moralistas comunes, abandonando el pintar solo sensaciones y eventos agradables.

El Bad Painting, o como me daré el lujo de traducir el “Mal Pintar”, se me antoja similar al buen escribir y el mal escribir que decía Piglia. Brevemente, el crítico argentino comenta que en un tiempo el buen escribir era escribir como Leopoldo Lugones. Hasta que un día apareció Borges, y el buen escribir cambió, ahora el buen escribir es escribir como Borges. Digo Borges y no Jorge Luis Borges; porque primero escribió Jorge Luis Borges, y su escribir era mal escribir porque no era escribir como Leopoldo Lugones. Luego, aun grupo de personas se le ocurrió que Jorge Luis Borges escribía bello, entonces escribió Borges y el buen escribir cambió. De esta anécdota Piglia saca la máxima de “que las formas cristalizadas de la lengua literaria [o las de cualquier arte], las maneras y las manías de los estilos ya convencionalizados [léase Canon] anulan cualquier música de la lengua y que en los lugares más oscuras e inesperados se pueden captar los tonos de un estilo nuevo”.

Juan Malebrán termina su ensayo con una nota agridulce. Para Malebrán no podemos escapar del significado de belleza que se nos enseña, del Canon de la belleza de nuestro tiempo y espacio. Pero afortunadamente hay personas que mal pintan y mal escriben y mal filman y mal componen y mal esculpen y mal hacen, y eso está bien. Ese tira y afloja renueva el arte, renueva lo que es la belleza y francamente, para mí, hace del vivir algo divertido. 

Un mal pintar se convertirá en un buen pintar, ese día hay que buscar el siguiente mal pintar.

Bitácora de viaje.

Fecha: 9 de octubre del 2022, 5:30 pm.

Me dirijo al centro de convenciones La Rural, Av. Santa Fe, Buenos Aires. Voy a una exhibición sobre el pintor callejero Bansky, cuya obra y estilo continúan la estela del Bad Painting. El título que le han dado a la exhibición es: “¿Bansky, Genio o Vandalo?” Claramente aún se están pensando si mal pinta o bien pinta.

Fin de la bitácora.

Estudiante de filosofía y letras - [email protected]