Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 24 de junio de 2021
  • Actualizado 12:05

‘Lover’s Rock’: el cine hecho fiesta, el cine hecho danza

Una reseña a la segunda entrega de la antología fílmica ‘Small Axe’, del director británico Steve McQueen. Disponible en streaming y en el mercado pirata.
Un fotograma de ‘Lover’s Rock’, el segundo filme de la antología ‘Small Axe’. TURBINE STUDIOS
Un fotograma de ‘Lover’s Rock’, el segundo filme de la antología ‘Small Axe’. TURBINE STUDIOS
‘Lover’s Rock’: el cine hecho fiesta, el cine hecho danza

Un quilombo, un quilombo envolvente, una franela enquilombante, eso es Lover’s Rock, la segunda de las últimas cinco películas (¿episodios?) que componen la pentalogía (¿serie?) Small Axe, del británico Steve McQueen. Lover’s Rock te absorbe, te succiona, te gotea, te hace sudar, te desmesura. 

La película narra una fiesta sabatina, desde sus prolegómenos y preparativos más prosaicos, como ser mover los muebles, sacar las alfombras y conectar los parlantes hasta la hora de ir a misa a la mañana siguiente a “expiar” el disfrute, porque disfrute ha habido a tutiplén.

Son los tempranísimos ochentas en Londres, y la cita es un cumpleaños a todo dar de una beldad de la comunidad jamaiquina londinense. McQueen les cede la batuta a Mercury Sound, el grupo de DJs y animadores (casi puxadores al estilo Carnaval de Río, pero en versión rastafari), cuya labor es excelsa. A punta de acetatos, sencillos de 45 rpm, un micrófono y un foco que le cuelga a uno como bufanda, dan cátedra en ambientar una partusa; son ellos los encargados de engatusar a la concurrencia, y junto al camarógrafo a hipnotizar a la audiencia. 

Música disco, reaggea y dub, mucho, muchísimo dub, que pasa de la más erotizante danza en pareja sacándole brillo a la chapa del cinturón, hasta pseudo thrasheadas puramente masculinas; cámara en mano se bucea entre los cuerpos de las y los bailarines, creando un embrujo sensorial, auditivo y carnal tremendo.

El ritmo de la película es fantástico, cada cierto tiempo el realizador propone respiros, abandonando ese microcosmos central y dionisiaco que es la sala de baile, dirigiendo la trama a otros recovecos de la casa con digresiones que le dan una carga de violencia, desazón e inseguridad a la trama, para luego volver al otro son, con vibraciones distintas, con distinto voltaje eléctrico y de nuevo a empezar el candombe. 

Solo el sol matinal, un paseo en bicicleta y sucesivas imágenes de la cruz pueden apaciguar las ondas sísmicas, y buscar un desenlace para el incipiente romance en ciernes, mientras que tu cerebro y tu cuerpo siguen viboreando bajo los designios de DJ Samsoon y su Mercury Sound.