Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 05 de diciembre de 2021
  • Actualizado 22:26

‘El Llamo blanco’, de Jesús Urzagasti

Texto leído en la presentación de la obra póstuma del autor oriundo del Chaco boliviano. La obra, escrita entre 1960 y 1978, es publicada por La Mariposa Mundial 40 años después por “un mandato” que el escritor encomendó antes de partir
El escritor chaqueño Jesús Urzagasti junto a la portada de su obra póstuma ‘El Llamo blanco’.               DISEÑO PROPIO
El escritor chaqueño Jesús Urzagasti junto a la portada de su obra póstuma ‘El Llamo blanco’. DISEÑO PROPIO
‘El Llamo blanco’, de Jesús Urzagasti

El lugar

La primera vez que supe de El Llamo blanco fue alrededor del año 2007. Jesús me señaló tres de los cuatro volúmenes que guardaba en la base del estante rinconero de su biblioteca; me dijo que había llenado aquella cantidad de papeles antes de Tirinea. La razón por la que hablábamos de esto me la reservo para otra ocasión.

Lo cierto es que “para escribir ya es necesario escribir” –acotaba Blanchot–, y en tal ironía se vislumbra tanto la experiencia de la escritura como la inexperiencia de los recién llegados al mundo. Hay un momento de la vida –recuerdo cuando Jesús contaba de la vez que le había pegado una neurosis– donde se abre un nuevo espacio y todo recobra su carácter desconocido –por tanto, sorprendente. Esta abertura, aunque ha clausurado un mundo entero tras ella, es tenue en principio, y para caminar sin recular por los nuevos dominios es crucial el movimiento íntegro que produce la escritura, allí donde incluso se mueven partes del cuerpo y de la memoria que hasta entonces no se habían movido. En El Llamo blanco no solo vemos este movimiento, sino que asistimos a la fragua del centro que se difundirá a lo largo de la vida del escritor más de fondo que ha alumbrado nuestro país.

Dentro de la conmoción que genera la llamada a la aventura de conocer está la dificultad para dar a las ideas e imágenes recibidas una forma que verdaderamente se les parezca, pues alguien que ha estado en este trance necesariamente sabe que en el silencio se ha dicho todo y que lo inefable perdura como el secreto en estado puro.

De tal manera, cómo preservar la sencillez de las imágenes e ideas, para que su transparencia no degenere en baratijas ni en malos entendidos que suelen ser una carga adicional a los agobios que nos jalan hacia el subsuelo del que venimos saliendo.

«Un libro, ¿para qué? –dice Jesús–. Tiene que ser un libro de atrás, de adelante, de arriba o de abajo, y que tenga un sentido perdurable; de lo contrario, será agregar un poco más de basura al mundo. [Y] si en ese libro aún se introduce la presunción, tampoco servirá para nada» (77).

La hechura de la Obra, su sondeo y meandros, es parte del secreto que, dentro de la aventura de conocerse y conocer, vale más que la publicación de un libro. El Llamo blanco es la constancia del sacrificio de una esfera para dar vida al centro, las cenizas de un resultado material a cambio de la revelación de las condiciones, la ética y la actitud para dominar el punto desde donde saldrían todos los libros y su escritura, además de los primeros andares de un lenguaje que exige parecerse a lo indecible sin parecerse a ningún libro.

El espanto y la profecía

El título que dio nombre a los cuatro volúmenes de donde Sulma Montero tomó los fragmentos de este libro salió de tres sueños que se conjugaron precisamente en la imagen del Llamo blanco. El primero de ellos es una voz, un mandato: “Hay que sacrificar al Llamo blanco para pasar la noche del espanto”. Los otros dos sueños tienen que ver, singularmente, con el atrio de la UMSA. En uno de ellos, Jesús está a punto de entrar en este edificio del conocimiento y enceguece; es ayudado por unos jóvenes, pero finalmente se desmaya. En el otro, el Llamo blanco aparece degollado en la punta de un mástil y como no hay una multitud alrededor, se da cuenta de que tal mensaje era solo para él. Por tanto, una llamada, una caída y el sentido de un sacrificio se conjugan en la imagen del Llamo blanco.

Pero qué es la noche del espanto: ¿el miedo a la locura, el saber que escribir ya es una locura y por tanto habría que ocultar ciertos papeles dentro de una botella en la quebrada de Quarisuty? ¿Es acaso el inicio de una nueva conciencia, o el mero insomnio con el que Jesús Urzagasti evidenciaba la existencia de la eternidad? Por otro lado, el espanto conjugado con la escritura nos remite al padecimiento de cierta potencia que se expande enérgicamente en el cuerpo y no cesa, cierta tensión que amenaza siempre con ser una visión insoportable.

La voz del sueño en la obra de Jesús Urzagasti es profética desde siempre, una voz que despierta el espanto con solo nombrarlo –en este caso. En ella está la exigencia que origina el movimiento de la escritura, que se opone a la comodidad o al mero reposo. En ella está el espanto y la exigencia del sacrificio para atravesar el espanto. La voz remite a un nuevo tiempo, allí donde alguien ha sido separado de lo antecedente y abierto al umbral de lo otro. De ahí la soledad, de ese mensaje único, porque «allí está el desierto y habrá que cruzarlo. [Además,] Nunca se sabe lo que es un desierto sino cuando se muere en él, a causa de él y sin poder salir de sus dominios. Porque el desierto solo es dominado por la soledad» (25), dice el primer fragmento de El Llamo blanco. Un lance de muerte, decíamos, un trance de sacrificio.

Toca decir también que la palabra oracular de la voz que escucha el soñador no convoca solo una imagen o una idea, sino algo que tiene un peso específico en el cuerpo y en las acciones de este mundo. Si carecería de tal peso, carecería de autenticidad. No cabe comparar la voz que nombra al Llamo blanco con la honestidad de una palabra, con la libertad de la imaginación o con la gracia de lo “artístico”. Hay gravidez y exigencia en la voz oracular, pues está en juego la vida y el destino de alguien. Diríamos que nunca se está preparado para una verdadera profecía. La palabra oracular, al engendrar cierto movimiento, es también la simiente de un espíritu que obra tras la palabra oracular; de ella se genera cierta ética y aparece a su vez el desconcierto de un enfrentamiento jamás previsto.

¿Cómo tomamos una aventura vital a partir de la palabra que exige un sacrificio? El Llamo blanco es, en cierto sentido, la respuesta a esta pregunta. Si comenzamos nuestra vida sabiendo que el sentido de las palabras no es alegoría ni símbolo ni mero trámite, sino una fuerza enérgica que desnuda al mundo y nos sitúa en el desierto, también la sentimos como luz, luz enceguecedora, espantosa, familiar, maravillante. «Cuida tu alma –dice el fragmento inicial de la sexta parte de El Llamo blanco–, porque a pesar de ser tu cuerpo algo que alimentará el olvido esencial, procura alcanzar la condición del oro, solo que trata de hacerlo –como corresponde a la ceguera– a través de un camino lleno de equívocos» (85).

La complicidad

Y qué tal si la exigencia de la palabra oracular se transmite de pronto a alguien más. En “Oscura noche del alma”, texto que abre el libro, Sulma Montero inicia diciendo que «con la aparición de El Llamo blanco se cumple el vaticinio que recibió en sueños su autor, en el cual una voz le mandó sacrificarlo. Tarea difícil que me encomendó años antes de su desaparición física, Jesús Urzagasti» (15). Luego añade: «Sacrificarlo, era una tarea reservada solo para mí». Y más adelante: «Debía comprender las señales que me ayuden a precisar los móviles de mi acto» (16).

De tal manera, Sulma iniciaba su propia aventura, adentro ya insospechadamente en el cúmulo de «diarios, reflexiones, anotaciones, poemas, narraciones y confesiones» (16). Con ayuda de su hija Carmen Urzagasti, se zambulle dentro de incierto caos en la busca de un libro comprensible y hermoso, testimonio de un tiempo angustiante y peligroso como el que de pronto se desataba a su vez sobre la cabeza pandémica del mundo entero. No por nada la oscura noche del alma ha sido escogida como título inicial, trayendo consigo las resonancias de esa fase de la vida en la cual el espíritu se debate entre la desolación y la esperanza más brutales.

Quién más podría ingresar a los papeles de El Llamo blanco, sino alguien que tenía la cercanía para sentir la complejidad y la sencillez de los enigmas que nos plantea una escritura que rebasa su propia vida, su muerte y su resurrección.

Por cierto, la complicidad entre Sulma y Jesús ya se había dado en el libro doble Frondas nocturnas/Infancia publicado en diciembre de 2008. De ahí que, en la composición de este libro, el lector también será capaz de atisbar esa complicidad vista desde afuera.

Para muestra, un botón: los títulos de los fragmentos estelares. Al igual que en las novelas de Jesús Urzagasti, los títulos que dan nombre a las partes de este libro son frases al interior del propio texto. Detenernos en estos títulos es ir más allá del hilo que agrupa a los fragmentos, pues se nos revela no el tema (palabra que Urzagasti detestaba) que los une sino el sentido que los desborda. Por ello, no basta una o dos palabras para titular cada segmento, sino la frase que les conceda el giro que proponen. Me animo a decir que esta pequeña complicidad atisbada ha preñado de nueva forma mis próximas relecturas de los libros del Jesús.

La fragua de una decisión

Aunque de una manera distinta a la aventura de Sulma Montero al “escoger” para este libro los fragmentos hallados en cuatro volúmenes, El Llamo blanco tal vez es uno de los libros que más se presta a la complicidad con el lector. Su calidad de compendio íntimo que el autor guardó hasta el día que desencarnó de este mundo, lo convierte en el testimonio de la forja de la Obra propia e intransferible de un creador.

La calidad fragmentaria de El Llamo blanco nos recuerda la intermitencia del trabajo real, allí donde uno es lo que en verdad es solo por un tiempo limitado. Tanto la continuidad de un espíritu como la cesación de un paso, la interrupción o el impulso al traspasar el umbral infinito, son parte rítmica del libro. Por ello, uno puede pensar estos fragmentos como las múltiples fracciones de aquello que, precediendo a la obra, no es la obra, pero sí su sustento.

Finalmente, cabe recordar el tiempo de escritura de El Llamo blanco: entre 1960 y 1978. Dieciocho años no es poca cosa, amén de que Tirinea fue publicada justo en medio, en 1969. El tiempo dedicado a la escritura se puede sentir durante la lectura del libro: el movimiento de los días, el paso de un ámbito a otro, la paciencia, la insistencia, la sinuosidad. El autor de El Llamo blanco espera la concentración del tiempo en un presente puro donde se desate la extensión de su lenguaje.

En gran medida, este libro es el breviario (libro de la memoria) de una decisión (si es que hay tal cosa). Pero también el lugar de la fragua misma del núcleo de toda creación.