Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 19 de octubre de 2021
  • Actualizado 08:26

Los libros que llegaron

La Ramona presenta una selección de las lecturas que llegaron a las librerías de nuestro país y que marcaron a algunos de los miembros de nuestro equipo durante este año 2020. 
Los autores de los libros: Arriba, de izquierda a derecha- Vicente Monroy; Camila Sosa Villada y Bartolomé Leal. Abajo, de izquierda a derecha- Leila Guerriero; Giovanna Rivero y Dolores Reyes
Los autores de los libros: Arriba, de izquierda a derecha- Vicente Monroy; Camila Sosa Villada y Bartolomé Leal. Abajo, de izquierda a derecha- Leila Guerriero; Giovanna Rivero y Dolores Reyes
Los libros que llegaron

Qué felices son. Mírenlos qué bien se ven, bellos brillando con su perturbadora luz. Los únicos rostros que este año de pandemia no presentaron máscaras. Quién pudiera contar con esa inmunidad, esa impunidad de circular por los lugares más secretos, los espacios más peligrosos, los pequeños oasis íntimos de todos los países del mundo. Los libros, qué envidia ese poder de curar y no enfermar.

Es así, los libros son los únicos seres -porque son seres, visiblemente- que en este año pandémico no enfermaron, es más presentaron sus mejores rostros y no dejaron de hacer lo que mejor hacen, circular. Llegaron en medio de la catástrofe al arca, en forma de ramita de olivo colgando del pico de una paloma, como noticias de un mundo inmenso, intenso, hondo. Llegaron cómo pudieron, dónde quisieron, porque alguien siempre los estaba esperando. Desde la Ramona presentamos los mejores libros que llegaron a las librerías de nuestro país este año.

1. Cometierra

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Dolores Reyes

Editorial Sigilio

Podría ser un bicho, una posesa, un animal inconcluso arrastrándose en la tierra y lodo. Pero es una adolescente sin nombre, “muy chica, muy flaca, con el pelo largo de color tierra”. Vive en un barrio sin nombre, en algún lugar de Argentina, toma birras y desde chica, agarra un puñado de tierra se lo mete a la boca y se transporta a lugares oscuros, inquietantes donde se encuentra con gente. No tiene nombre, ni lo que hace, ni lo que ve en esas noches de tierra. Es la come tierra, el personaje más poderoso de la literatura latinoamericana reciente. Es el personaje que da nombre a la primera novela, de Dolores Reyes (Argentina, 1978), Cometierra.

 El personaje y su autora Dolores Reyes, sorprendieron al mundo literario el año 2019 con una novela que trata del tema tan cruel y tan presente en estos tiempos de las mujeres, jóvenes y niñas desaparecidas. Cuerpos empacados en ríos, zanjas, tierra sucia y oscura son voces que, con su silencio gritan. Muertas con violencia, estas víctimas no encuentran el apoyo de la policía o el Estado los que las buscan recurren a otros, otras, a voces a ojos que miran y que escuchan.  Reyes vive este dolor de cerca porque es además de escritora, docente, feminista y activista y se topa con esta realidad de cerca y, demasiado, frecuentemente. El libro, pone el tema en discusión de entrada: “A la memoria de Melina Romero y Araceli Ramos. A las víctimas de feminicidio, a sus sobrevivientes”.

 A falta de esa voz, de las muertas y desaparecidas, está la maravillosa y poética voz de Cometierra, un alma que sabe del dolor, la pérdida, pero también de la sobrevivencia. “Yo no quería”, dice “pero la tipa abrió la lata y la dejó abierta, para que el recuerdo de la tierra se me hiciera agua en la boca. Brilló tierra oscura desde adentro y algo en mí le contestó sin palabras.  

Yo no quería, pero mi cuerpo sí.” (AB)

2.1 Teoría de la gravedad

2.2 Opus Gelber, retrato de un pianista

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Leila Guerrierio

Anagrama

A Leila Guerriero (Argentina, 1967) le van bien dos cosas, la brevedad y la puntería. A esta cazadora no se le escapa una buena historia, por más pequeña e invisible que sea. Ha entrenado su mirada desde chica, lleva años haciéndolo. “Ve incluso lo que no se ve” dice Pedro Mairal en el prólogo al libro “Teoría de la gravedad” que se publicó este año. Es una de las miradas más afinadas del periodismo narrativo y la literatura actual y en este libro se recoge 99 columnas escritas a lo largo de poco más de cinco años. Leerlo te da una libertad insólita, te hace sentir que eres fuerte y feroz como ella, que con poco se puede soportar el peso de una vida que nunca será bella porque eso, una vida bella, no existe. Existe la mirada, y eso también sentirás; a la cazadora oculta detrás de los párrafos apuntándote directamente en la sien.

 Oculta, caza, escribe, apunta. En su columna “Oculta”, Leila parece develarnos su práctica de cazar: “Escriba con odio, amor, me decía. Escriba con rabia, use su miedo, su furia, sus pasiones bajas. Y ocúltese, amor, decía, nunca se muestre. Usted es más que eso, más que la distracción, más que el ruido del mundo. No pierda el tiempo. Escriba o será infeliz, o nunca será libre.  

 Con esa misma puntería, durante un año, Leila se iba a la casa de Bruno Gelber en el barrio de Once, en Buenos Aires. Tocaba el timbre del piso doce, una voz de mujer, Juana la paraguaya, le respondía siempre. Iba a tomar el té, a cenar, a almorzar. Cuando no iba, Bruno la llamaba por teléfono, la invitaba, la tanteaba, la atraía. “Me encanta seducir a alguien a quien no le voy a pertenecer nunca. Eso me encanta”, le lanza Bruno mientras come una torta fría una de esas tardes. Seducida absolutamente por el pianista argentino, se sentaba horas y horas con él para hacer el perfil de uno de los cien mejores pianistas del siglo XX.  

 El libro “Opus Gelber, retrato de un pianista” es en el fondo, el juego inquietante de seducción entre la presa – el genio, el talento infantil con polio, esquivo, gay, tierno, definitivo, divo – y la cazadora que, a través de entrevistas a su círculo refinado y exquisito de amigos y al propio pianista construye su propio trofeo de caza. Un hombre que cada mañana se sienta al piano con una pierna mala y que “por dentro quizá reza”, apunta Leila, y dispara: “Pero lo que se ve por fuera es un bisonte. El triunfo de una voluntad”.  (AB)

3. Tierra fresca de su tumba

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Giovanna Rivero

El Cuervo Editorial

 Este año enfermo, pandémico, distópico, casi de ciencia ficción, nos trajo un libro que, aunque en el tono se corresponde con el 2020 como un espejito que lo refleja, en lo más hondo de sus páginas tiene armado, con una indestructible fe, un pequeño altar. Un altar para honrar y agradecer a lo que permanece vivo en la tierra y en el cielo.   

 Giovanna Rivero con seis cuentos largos en “Tierra fresca de su tumba” se acerca a la muerte no con miedo o terror, no con curiosidad o con asco, si no con una profunda aceptación de que la finitud de los cuerpos es solo un tránsito, una ilusión casi. La muerte es solo la continuación de lo que los seres vivos –mujeres, hombres, ríos, pájaros, ciervos, estrellas- venimos haciendo siempre, trasladarnos, migrar, desobedecer a eso que tramposamente dice “hasta que la muerte nos separe”.

 Casados esos dos elementos poderosos, la migración y la muerte, o formas de muerte, se encuentran en este libro, de tono gótico y fantástico, personajes que hablan y se comunican de manera natural con animales, con los muertos, con los santos, los planetas y las estrellas. En el cuento “Pez, tortuga, buitre”, Amador, un chico náufrago en una pequeña barcaza, tiene alado a su amigo muerto Coronado y cada tanto le hace una pregunta que resuena en el inmenso océano: “¿Es linda la muerte?”.

En todos los cuentos sentimos esta posibilidad expansiva de la vida. Seguir viviendo en otros cuerpos, en otros mundos y reinos, en otras lógicas. Y esa posibilidad, nos susurra Rivero desde el altar en un rezo al final del libro, está dada por la literatura, la ficción. (AB)

4. El viaje inútil

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Camila Sosa Villada

Ediciones DocumentA/Escénicas

No es “Las malas”, el libro más esperado de la escritora argentina y actriz transgénero, Camila Sosa, ganadora del prestigiosos galardón Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2020,  pero es su libro anterior, “El Viaje inútil” (2018), que llegó este año al país. En él, el flujo de la escritura autobiográfica como su mejor arma ya se revela con todo su brillo y ternura.

 “Mi primer acto oficial de travestismo no fue salir a la calle vestida de mujer con todas las de la ley. Mi primer acto de travestismo fue a través de la escritura”, apunta en este pequeño y conmovedor libro que sigue el relato de cómo empezó a escribir y cómo construyó en la escritura su manera de estar acompañada y menos triste.

 Con una ternura deslumbrante y una rebeldía dada solo por la imperante necesidad de mostrarse como es, una mujer, Sosa nos involucra en esta historia que es la suya, justo desde el momento en que aprende a escribir en las faldas de su padre, balbuceando con el lápiz: “Un recuerdo muy antiguo, lo primero que escribo en mi vida es mi nombre de varón”.   (AB)

5. Contra la cinefilia

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Vicente Monroy

Editorial Clave Intelectual

Contra la cinefilia. Historia de un romance exagerado, del joven autor español Vicente Monroy, es uno de los poquísimos títulos editados en 2020 que alcancé a leer. Hay más de una explicación para ello. Una es la generosidad de un amigo que, estando en España, tuvo chance de meter el libro entre muchas otras encomiendas que debía traer del otro lado. Otra es que es una publicación de formato relativamente chico y  de apenas 152 páginas, así que no cuesta tanto trabajo esconder, leer o robar. Y una más elemental: su título/tema es un anzuelo infalible para pescar a cualquiera que aún crea en la cinefilia. 

No es tan casual que el libro de Monroy llegara a mis manos mientras empezaba a leer otro con que lleva en su título la misma bendita palabra: Adiós al cine, bienvenida la cinefilia, del venerable crítico estadounidense Jonathan Rosenbaum. Lo curioso es que el ensayo del español bien podría leerse como una respuesta involuntaria al artículo que da nombre al libro del estadounidense, que es una suerte de antología de algunos de sus escritos más contemporáneos.  Mientras Rosenbaum reivindica la cinefilia como una militancia espontánea para plantar resistencia comunitaria a las expresiones culturales y políticas del capitalismo, Monroy reniega, con más cerebro que bilis, de los excesos con los que la tradición cinéfila francesa intentó reemplazar al mundo con el cine.   

Sin ocultar un rabioso pasado cinéfilo, Monroy se lanza a diseccionar, mediante una exhaustiva revisión bibliográfica, la evolución de las formas de ver y pensar el cine, desde el 28 de diciembre de 1895 hasta la contemporaneidad, reparando en su radicalización y su incapacidad para encontrar su lugar en el ecosistema actual de imágenes. No en vano plantea, de buenas a primeras, que la histórica proyección de los hermanos Lumière, hace ya 125 años, marcó no tanto el nacimiento del cine como el del espectador del cine, esa criatura de la modernidad industrial que luego mutó en cinéfilo e intentó vivir para siempre adentro de una sala oscura. (Santiago Espinoza A.)

6. La venganza del aparapita

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Bartolomé Leal

Editorial Nuevo Milenio

Para el escritor chileno Bartolomé Leal la RAMONA solo puede tener palabras de gratitud. Comenzó a escribir en este suplemento desde su nacimiento, hace más de 15 años, y se mantuvo como el más duradero de sus columnistas. Fue autor de una columna sobre cuentos y cuentistas, y de otra dedicada a memorialistas y viajeros, en las que sus lectores descubrimos escritores y títulos que ignorábamos hasta entonces.

Traigo a colación esta remembranza porque, aunque Leal ya no escribe desde hace algún tiempo para estas páginas, no ha cortado sus lazos con Bolivia. Los viene manteniendo como mejor sabe: escribiendo. Ha reunido sus columnas en volúmenes publicados por la editorial boliviana Nuevo Milenio y, de forma felizmente sorpresiva, en meses pasados lanzó una nueva novela policial, el género al que se ha consagrado como autor. Se trata de La venganza del aparapita, también editada por Nuevo Milenio, en la que vuelve a la saga de Isidoro Melgarejo Daza (una mescolanza de presidentes para nada accidental), el mismo protagonista de su premiada novela Morir en La Paz, un imprentero y detective que persigue crímenes en los submundos nocturnos de la urbe paceña.       

Desde la modestia que le es natural y con la que asume la narrativa policial, Leal construye una historia rocambolesca, en la que conviven narcos, travestis, prostitutas, bailarinas del Gran Poder y, obviamente, aparapitas, esos habitantes de la marginalidad paceña dignificados en la obra de Jaime Saenz, a cuya literatura evoca el narrador chileno, aunque con una mordacidad más dicharachera que turbia, que le permite jugar con la trama, pero también con el lenguaje (sobre todo en sus diálogos).

Con La venganza del aparapita, Bartolomé Leal sigue descubriéndonos mundos en apariencia más próximos a sus lectores bolivianos, y sin un ápice de soberbia, nos enseña a leer(nos), en el sentido amplio del verbo. Cómo no seguirle agradeciendo. (SEA)