Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 05 de diciembre de 2022
  • Actualizado 14:35

[Lengua popular] Literatura y memoria

Un análisis sobre cómo la expresión escrita no ha logrado contener la diversidad, mostrando solo una parte de la narrativa en disputa.
Vigilante. Mario Conde.
Vigilante. Mario Conde.
[Lengua popular] Literatura y memoria

Considerar la literatura como un ejercicio donde se ponen en juego las estructuras mentales y los imaginarios sociales resulta fundamental para entender el decurso del tiempo político y de las acciones concretas de los grupos culturales que tienen como objetivo la instauración de la memoria como ejercicio colectivo que intenta rescatar del olvido, todo cuanto nos convierte en seres humanos complejos y contradictorios. 

La literatura en ese sentido se ha convertido en un ancla que intenta grabar en la tierra el recuerdo de las guerras perdidas, de las batallas globales y de los conflictos locales. Todos enmarcados en mayor o menor medida dentro de un esquema capitalista que ha intentado erosionar la subjetividad de los ciudadanos. 

Sin embargo, los proyectos literarios, han tenido la labor de resistir al mercado desde el propio mercado: esto nos ha llevado a pensar que la narrativa funda la nación o que construye la comunidad imaginaria o que, en definitiva, promueve un sentido tridimensional de la asimilación del tiempo, dentro de las ciudades desarrolladas y dentro también de las periferias. Y podrá aquí cuestionarse teóricamente conceptos como modernidad, posmodernidad o capitalismo y eso estará bien porque permitirá ver que nuestras sociedades y sus horizontes políticos y cívicos se configuran al calor de la heterogeneidad. 

La heterogeneidad, sin embargo, no responde sólo a la composición plural de una determinada sociedad, sea el lugar donde se encuentre, sino que responde a la velocidad que el pluralismo adquiere en el sentido común de los individuos. 

La velocidad del pluralismo quiere decir el modo en que las estructuras políticas teñidas de lo racial y las condiciones de clase, pueden ir tan rápido como las demandas de la ciudadanía o ser tan diversas como la fisonomía de las movilizaciones. Y es que en ese sentido la literatura, al parecer a pesar de los esfuerzos propuestos por determinados autores contemporáneos de Argentina, Chile, Colombia y España, no ha logrado contener la diversidad, terminado de ese modo, por mostrar sólo una parte de la narrativa en disputa. 

No se trata aquí de las condiciones de producción y recepción de la narrativa de los vencidos y los vencedores. Más al contrario, se piensa un momento previo: el instante de creación de esas dos formas de enunciar y connotar la realidad. ¿Cómo hacerlo sin caer en el prejuicio y la asimilación o la reproducción de los valores que se otorgan sobre, por ejemplo, el buen salvaje? ¿Quién puede hablar por los que no hablan? ¿De verdad existen sujetos –subalternos o no- que no hablan? Al parecer las interrogantes son abiertas y múltiples porque nos interpelan sobre nuestra condición de tejido histórico gramaticalmente construido en el tiempo y reproducido ya sea por los canones estéticos de la académica literaria o por los planes de estudio propuestos por los programas educativos que instauran una determina pedagogía sobre los ciudadanos para, con ello, crear y domesticarlos bajo un marco interpretativo determinado. 

Y es que, en ese sentido, también la literatura puede construir memoria que resulta servil y funcional al sistema cuando se presenta más bien bajo una idea revolucionaria o fantasmagórica que referencia su punto de vista sobre la marginalidad haciendo de esta sólo una postal. 

Al hacerlo, puede ser que tengamos al frente más bien, sectores de la narrativa contemporánea dedicada a la construcción de un sentido de pertenencia o encargada de demandar y denunciar situaciones políticamente peligrosas. Pero, lo que se logra es que esas situaciones que el autor intenta denunciar caen bajo la mirada de la naturalización de la violencia ya sea simbólica o no, y con ello, queda clausurada la posibilidad de ir más allá. Es decir, de pensar cómo es que ocurre determina situación de violencia. 

Bajo esa mirada la narrativa, la literatura en general tiene un reto enorme. Concentrarse en las historias mínimas radicalizando la mirada del yo, o postular más bien una mirada que politice el entorno. Esto, claro, no quiere decir, que la mirada interior e íntima no sea política; lo es. Pero lo es en el sentido restringido de la palabra. Una política de la identidad que marca el exilio interior. En cambio, el momento actual, parecería demandar una política del desacuerdo. Una forma de establecer disputas con el exterior y deliberación con el otro, ya sea para construir consensos o para reformular lo establecido o en el mejor de los casos, para generar nuevos escenarios de debate con sus inéditas agendas temáticas que permitan pensar más allá de lo constituido. 

Si fuera ese el asunto, lo que resta por construir es un discurso narrativo y diversos proyectos narrativos que puedan en simultáneo construir un horizonte social que no sólo atienda a la emancipación, sino que pueda alumbrar el futuro de la novela, de la narrativa y no sólo el futuro del libro. 

Ahora bien, esto implica entender que la narrativa está inscrita, como toda forma de arte, en una tradición, y al hacerlo, lo que hace es volver al presente un pasado que se creyó superado. Al mismo tiempo, se intenta reactualizar los debates del pasado bajo los cuales se construyó las imágenes estereotipadas del otro. Aunque lo que está en juego es más bien la forma en que pasado, presente y futuro conviven dentro de un mismo discurso ficcional. 

En ese sentido, queda por ver la relación que se establece entre recuerdo, memoria y literatura dentro del campo de la ficción latinoamericana que intenta rastrear los momentos de crisis de cada una de las naciones que compone la región. Pero al hacerlo, en lugar de ver desde un punto las consecuencias de determinadas políticas, lo que se busca es la polifonía, que, a pesar de sus riesgos, puede representar la dinámica forma de establecer un determinado tipo de conocimiento sobre el contorno que nos rodea. 

Si esto es así, lo que queda a la ficción es tal vez una forma de manifestación de representación que intenta globalmente interpretar un determinado territorio o momento histórico. Pero al hacerlo, ejecutarlo en atención a la diversidad. 

Eso quiere decir que el futuro de la novela depende en gran medida del estilo narrativo del autor, sí; pero también de la combinación de elementos sociales, políticos y culturales que en su novela convivan para dar cuenta de la serie de acciones que atraviesan sus personajes para convertirse en seres de carne y hueso y no sólo es muñecos de negro sobre blanco. Al hacerlo, el tiempo narrativo y el tiempo real, podrían encontrar un punto de encuentro. 

Ese punto de encuentro o de convergencia marcaría el arribo de la novela no posmoderna, sino una novela poshistórica. 

Una novela que no se preocupe de narrar la historia porque ya es historia. Una novela que no se preocupe de la cronología ni de los nombres de los personajes porque en el desorden y en el caos puede leerse mejor lo diacrónico y lo sincrónico. Ambas formas al unirse dan espesura al material narrativo y hacen de la novela algo autónomo y con la capacidad de elaborar unos espectros del pasado desde las dimensiones del presente. Esto quiere decir que, en realidad, la novela poshistórica se construye sobre los discursos políticos, sociales, académicos de la historia, y se logra colocar sobre estos planteamientos para organizar un mapa narrativo que pueda hacer de la historia un artificio. 

Escritor y politólogo - [email protected]