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  • Diario Digital | jueves, 19 de septiembre de 2019
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“El buen periodismo consiste en leer antes de escribir”

Entrevista al destacado reportero estadounidense de investigación Seymour Hersh.
“El buen periodismo consiste en leer antes de escribir”


Seymour Hersh es una máquina. Dos semanas después de su 82 cumpleaños, a mediados de abril, concertamos una cita telefónica para un viernes a las 9 de la mañana, aunque normalmente juega al tenis a esa hora. Lo más probable –me dice– es que mande al tenis al carajo: no tiene tiempo, está metido en una historia importante. Cuando, el viernes en cuestión, abro mi correo electrónico a primera hora, encuentro una nota de Hersh enviada a las 4 de la madrugada. Se ha levantado temprano; estar inmerso en una investigación –escribe– siempre le pone los nervios a tope. Pero –agrega– intenta no hacer ruido porque tiene “miedo, un miedo mortal” de despertar a su esposa.

Hersh, cuyo libro de memorias, Reportero, sale con Península en junio, es una leyenda viva del periodismo de investigación. En noviembre de 1969, sacó la primicia de la masacre de My Lai (Después de una odisea detectivesca de varios meses, logró hablar con William Calley, un primer teniente de 26 años acusado de haber asesinado a más de cien civiles en Vietnam). La pieza le valió un Premio Pulitzer. En 2004, en el New Yorker, Hersh reveló cómo un grupo de soldados estadounidenses había torturado a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.

En los años 70 y 80, Hersh se convirtió en uno de los críticos más temidos del gobierno estadounidense, particularmente en temas de seguridad nacional. Se ha especializado en el uso de fuentes internas –muchas veces, funcionarios jubilados– que suele cultivar durante muchos años. Sus piezas más recientes han sido especialmente controvertidas: han cuestionado los relatos oficiales del Gobierno estadounidense sobre los ataques con gas sarín en Siria y el asesinato de Osama bin Laden (Según sus críticos, Hersh se dejó embaucar por el presidente sirio Assad; otros creen que se fía demasiado de un puñado de filtradores). El pasado mes de enero, la London Review of Books publicó un reportaje de casi 6.000 palabras sobre las operaciones secretas que en los años de la presidencia de Reagan dirigía el entonces vicepresidente, George H.W. Bush.

Seymour Hersh —Sy para sus amigos— nació en 1937 en el West Side de Chicago. Sus padres, inmigrantes judíos lituanos, llevaban una tintorería en un barrio pobre afroamericano. Cuando tenía 15 años, su padre enfermó de cáncer y Sy se hizo cargo del negocio durante varios años. En 1959, terminada una carrera de Historia en la Universidad de Chicago, entró como copista en el City News Bureau de Chicago. Cuatro años más tarde, se unió a la Associated Press, mudándose poco después a Washington, DC, donde aún vive. En 1968, trabajó brevemente como secretario de prensa de Eugene McCarthy en las primarias en las que McCarthy se postuló contra Johnson como candidato demócrata antiguerra.

Luego, Hersh se fue a Vietnam para cubrir la guerra como reportero freelance; acabó contratado por el New York Times. En los 70, fue clave en los descubrimientos del Watergate. Horas después de los ataques de 11 de septiembre de 2001, recibió una llamada de David Remnick, director del New Yorker. “No recuerdo las palabras exactas de David”, escribe Hersh en Reportero, “pero el mensaje fue simple: ‘Dedícate en exclusiva a la historia más importante de tu carrera”. Desde entonces, ha trabajado sobre Oriente Medio.

Hersh es conocido por su mal genio, el extremo cuidado con que comprueba sus datos (adora a sus fact checkers, a los que tiene locos) y su ostentosa falta de cuidado a la hora de vestirse. Habla rápido, desviándose constantemente del tema. Cada minuto o dos, suelta una carcajada entre divertida y sarcástica. Lo que también suelta son tacos, a montones. (“Lo siento”, dice después de 45 minutos de blasfemia constante. “Lo hago sin querer. Suele pasarme cuando hablo de periodismo”).

-Es común que sus reportajes contengan menos información de la que usted tiene en el momento de escribirlos. ¿Por qué se cohíbe?

Si no revelo todo lo que sé, es para proteger a mis fuentes internas. No hay otro motivo. En el último reportaje que hice para la London Review, por ejemplo, no pude sacar todo lo que sabía. Estos temas siempre ponen muy incómodos a los servicios secretos.

-¿Cómo se asegura de que el Gobierno no pueda identificar a sus informantes?

No utilizo Signal ni ningún otro tipo de comunicación cifrada, porque solo llamaría la atención. Así que me limito simplemente al Gmail. De todos modos, gracias al Patriot Act, el gobierno está enterado de todos mis contactos telefónicos. Eso significa que, cuando decido llamar a una persona dentro de la administración, la tendré que llamar tres veces por semana durante el resto de mi vida. Aun así, sabemos que la NSA lo registra absolutamente todo. Es una preocupación constante.

-El Gobierno de Estados Unidos ha estado tomando medidas drásticas no solo contra funcionarios que hablen con reporteros sino contra los propios reporteros.

Sí, y Obama lo hizo más que nadie. Su administración se metió durísimamente con James Risen del Times y otros reporteros por negarse a identificar a sus fuentes.

-El subtítulo de la traducción al español de su libro reza: “Memorias del último gran periodista americano”. ¿Representa usted el fin de una era? En su libro, afirma que es cada vez más difícil hacer el tipo de trabajo periodístico a que se ha dedicado durante toda su vida. ¿Esto se debe en parte a esta creciente represión legal?

No. Es todo cuestión de dinero. Los periódicos no tienen los fondos que solían tener. Mira, las historias difíciles no lo son solo porque sean caras. En la Associated Press, en el New York Times y en el New Yorker, yo escribía historias que les complicaban la vida a los directores. En los tres, mi trabajo consistía básicamente en entrar a la redacción con una rata muerta llena de piojos, depositarla en el escritorio del director y decirle: “Voy a escribir algo que el Gobierno va a odiar. Me llamarán mentiroso. Tendrás que trabajar duro para comprobar todo lo que diga. Va a haber gastos, porque voy a tener que moverme mucho. Y aun así, puede que no funcione. Aunque te cueste cincuenta mil dólares en vuelos y hoteles, es posible que regrese con las manos vacías. Pero incluso si te consigo una historia que valga, habrá abogados que te griten y suscriptores que se den de baja”. Contar este tipo de historias se ha hecho aún más difícil de lo que solía ser. Ese, para mí, es el verdadero problema. En este momento, cualquiera podría escribir una historia sobre Trump y Rusia. Pero si observas detenidamente lo que ha dicho Mueller –y no lo que la prensa quiere creer que ha dicho– está claro que no hay caso en el tema de la conspiración. ¿De verdad crees que los rusos estaban interesados ​​en la mierda de los correos sin encriptar de John Podesta? No me jodas. Aquello es cosa de aficionados; no necesitas al GRU ruso para hacerte con esos correos. Sin mencionar que es de locos acusar a Trump de conspiración. ¡Si es incapaz de planificar nada! No olvides que estamos hablando del tipo que despidió a media cúpula del Departamento de Seguridad Nacional sin pensar en quién los reemplazaría. La obsesión de los demócratas con el tema ruso ya es de chiflados. Ahora se aferran a John Brennan, un ex de la CIA, notorio por difundir desinformación, involucrado en prácticas de tortura, y a Jim Clapper, un peso ligero. Si continúan en esta línea, en lugar de conectar con los votantes de clase trabajadora en Michigan, Ohio y Pennsylvania que quedaron desencantados con Hillary, van a hacer que Trump salga reelegido.

-Y los medios les acompañan en la obsesión.

Te diré otra cosa. Los servicios secretos estadounidenses nunca llegaron a la conclusión de que hubiera interferencia rusa. No hubo una National Intelligence Estimate, que es lo que se redacta cuando las 17 agencias se ponen de acuerdo sobre algo. Solo el FBI y la CIA, Clapper y Brennan, dijeron que estaban seguros de que Rusia había interferido. La NSA dijo que solo estaba relativamente segura. Son solo tres agencias de las 17. A eso, sin embargo, la prensa sigue llamándolo una “conclusión de los servicios de inteligencia estadounidenses”. Por supuesto, todo esto no significa que los rusos no lo hicieran. Solo significa que nadie ha podido probarlo. Pero la prensa no quiere escuchar eso. Yo lo que haría es darle la vuelta a la historia y centrarme en el contenido de esos correos electrónicos. ¿Quién estaba jodiendo de verdad con el proceso electoral? La filtración reveló cómo los demócratas intentaron joder a Sanders para que no acabara nominado. Eso sí que es algo que merece que nos mosqueemos. Por otra parte, tampoco nos hacía falta esa filtración para saber lo que se estaba cociendo.

-¿Qué mueve a los medios?

Es sencillo. Escribir cosas negativas sobre Trump equivale a dinero: lectores. El New York Times ha sumado 500 mil nuevos suscriptores en línea desde que Trump fue elegido. Por supuesto, al centrarse en los tuits de Trump, se meten a jugar en la pocilga del presidente. Pero es un negocio. Mira la portada del Times de esta mañana, el 19 de abril. El titular principal dice: “El informe de Mueller evidencia los contactos rusos y el esfuerzo frenético de Trump para frustrar la investigación”. El de una de las dos piezas más abajo pone: “No hay acusación de conspiración criminal ni de obstrucción”. Ahora, la noticia principal, diría yo, es que no le acusen de colusión, ¿no? Aquí está el titular de la otra pieza: “Cultura del caos en la Oval Office”. Vale. Pero, dime, ¿cuántos libros hemos visto ya sobre ese tema? ¿Ocho? Y todos, pan caliente. El libro de Woodward vendió dos millones de ejemplares. Allí hay un mercado, y ese mercado impulsa las noticias porque los periódicos necesitan el dinero (…).

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