Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 05 de diciembre de 2021
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[LA LENGUA POPULAR]

‘La Mariposa Ojo’

A propósito del más reciente poemario del autor Juan Araos Úzqueda, editado por 3600. La obra se encuentra disponible en librerías del país
La portada de ‘La mariposa ojo’, obra poética de Juan Araos Úzqueda.            ELABORACIÓN PROPIA
La portada de ‘La mariposa ojo’, obra poética de Juan Araos Úzqueda. ELABORACIÓN PROPIA
‘La Mariposa Ojo’

Bolaño en uno de sus discursos, quizás el más repetido, afirma que todo lo que escribimos es una carta de amor y de despedida. Anunciando en aquello que todo esfuerzo por escribir tiene como sostén esa circularidad infinita de reposarnos en la maravilla del cosmos que se sostiene desde el amor y se re arma desde la violencia de la despedida. 

En ambas formas de hacernos escribiendo, se esconde en la imaginación del vuelo lo que mira el ojo secreto; el ojo del hacer posible la rotación del todo. Esa rotación que se hace la medida de la danza de las cosas sobre nuestro espíritu fugaz del presente, que no, es más, que la manera del ojo, del secreto que hace; hacer que el universo ande para nosotros. 

Las mariposas, esas criaturas que conforman en todo lo que las implica una metáfora poética congregada a su forma de estar suspendidas en el aire desde la fragilidad de su cuerpo sobreviviente al mundo, hasta la irremediable inmediatez de su tiempo de vida. Y, por si fuera poco, la maravilla de estos pedazos de tacto del viento, están acompañados de una biología del color que permite superar el ciclo del amor y la despedida, desde la contemplación de sus siluetas al vuelo esforzado que estas criaturas imprimen en nuestra habitación del mundo; mundo que se va desarrollando en las cíclicas formas de dar la mano y también en cuestión del tiempo, de agitar las manos en las distancias furibundas o lastimeras de las despedidas.  

La Mariposa Ojo puede vivir aproximadamente tres meses, es de hábitos crepusculares, vuela cuando se pone el sol hasta el amanecer, para alimentarse y reproducirse, prefiere las temperaturas más bajas. En sus alas se extiende una difuminación de color que pinta toda su planicie aerodinámica. Entre esas texturas rasgadas, se dibuja un círculo que define la silueta de un ojo, que se sostiene en el centro de extensiones que a veces en su mayor plenitud han llegado a los 14cm. Al ojo se le llama “ocelo” y sirve para que la criatura pueda mimetizarse. El mimetismo es una habilidad que ciertos seres vivos poseen para asemejarse a otros organismos (con los que no guarda relación) y a su propio entorno, para obtener alguna ventaja funcional de sobrevivencia. El objetivo es engañar a los sentidos de los otros animales que conviven en el mismo hábitat, induciendo en ellos una determinada conducta.​ Los casos más conocidos afectan a la percepción visual, pero también hay ejemplos de mimetismo auditivo, olfativo, eléctrico o táctil o una combinación de estos.

Leer La Mariposa Ojo exige el esfuerzo por sintonizarse con su específica forma musical del silencio que deja solo así implicarnos con su cosmos de movimiento. Esto no es una percepción, es una recomendación con la que el libro inicia su vuelo bajo el título “A quien leyere”, advirtiéndonos el poeta, que la palabra, la palabra mimetizada en forma de haiku, aparece de súbito o de pronto desaparece, pero trae consigo en cualquiera de los dos movimientos “versos que deja de uno en uno, de tres en tres, sobre la página que lees”. 

El poeta susurrando el secreto al lector, sobre el misterio del alámbrico animal que ve con ese ojo en las alas el viento soplando su ritmo. Algo que puede ser explicado desde esto que Robert Frost escribe: “Bailamos en un círculo y suponemos, pero el secreto está sentado en el centro y sabe”. Ese aparecer de la palabra que mira poéticamente, desde gotero, a gotas de una en una, hasta lograr el charco (espejo del cielo), exige una predisposición a la escucha del silencio. De repente ahí radica la importancia del ojo en el vuelo, la de comprender que la distancia del vértigo suma la adrenalina en la presión de la cima diciendo nada. Desde arriba el suelo es un murmullo que alienta el salto. Así como el tiempo cobra un cuerpo líquido y constante en el goteo, se requiere para ese contar de metrónomo el silencio de los espacios invisibles pero abismales entre un golpe y el otro. “El espacio entre las notas es el que hace la música. La música (sonido en forma) no es una nota ni tampoco una serie de notas. Lo que se necesita para que haya música es un espacio vacío y silencioso entre ellas. Una nota sin espacio es un largo sonido. La música procede del silencio existente entre las notas. ¿La nada? Sí, pero absolutamente necesaria a fin de crear sonido en el mundo” (W. Dyer).

La palabra ciclo, es afín a la palabra círculo, es afín al ojo de la mariposa y aún más afín a su forma de componerse en las dimensiones de su vida. Finalmente, la mariposa es la figura poética del ciclo, así como también la luna. En ambas, a pesar de su actualidad, el peso de lo anterior marca el compás más danzante de la pulsión que significan. La extensión del vuelo de la mariposa carga en sus colores su oruga histórica encostrada, la extensión de la blancura de la luna carga en su luz ese vacío oscuro previo y constante de su completitud.

Los poemas de La Mariposa Ojo, comienzan desde ese cantar el poeta la energía por emprender el inicio del cosmos, las cosas del orden de “El primer cielo”. Es la noche la que sale, es el círculo blanco de la luna colgada en la extensión del ala oscura, la que se convierte en el ojo de la mariposa. Desde ahí, con el batir silencioso del jardín y sus secretos, la palabra del poeta nos deja mirar en el cosmos del libro la inmensidad del tiempo de vida, aproximadamente tres meses en la plenitud del animal, y en la de la escritura la de la cicatrizante medida del amor y las despedidas.

El vuelo del libro va de la noche al jardín, a las gardenias del jardín, al otoño y a la primavera, a los días de fiesta, a los pasos solitarios, y al alma enamorada, a la proyección de Adán y Eva en la piedra  de la caverna y la casa, a la memoria de la gente sencilla, a la voz de la lluvia que sabe más de poesía porque viene de las nubes que lo han visto todo, incluso lo que estuvo antes de la palabras, al poema que le pide al cielo que se haga cargo de sus palabras, de Platón, de Homero, del mar, de días enteros que preguntan “¿cuál es su nombre?”, de Hugo Montero, Tamayo y Medinaceli, de Virgilio y las lecturas infantiles, hasta de la noche a la tierra.

El ojo curioso de la noche, que en vuelo de mariposa camina por el círculo de su música, mirando con atención su silencio, se pasea por los ciclos del cosmos del libro. De rato en rato ella, la mariposa, aparece como palabra, y de rato en rato aparece como una silueta acompañada de las líneas geográficas del pulso del poeta. y siempre que aparece, hay que entenderla como jugadora de su ciclo, fiel a su salvaje vuelo y a su destino de desaparecer y volver a aparecer. En una carta de Miguel Hernández a Pablo Neruda, que tenía como tema la muerte de la mascota del poeta chileno; con amabilidad y con intención de recomponerlo, el español le escribe: “Los pájaros que son verdaderos pájaros no saben ser domésticos, no saben hacerse gatos o ratas” y más adelante le dice: “Ramón no tendrá que avergonzarse en el trascielo, ¡nunca! De haber negado y deshonrado su especie.”

La Mariposa Ojo encuentra su lugar en la mano hogareña de Hestia que la espera en la tierra y arriba en los cielos. Los pedestres lectores cerca del fuego miramos en las sombras las siluetas de la poesía que el ojo del vuelo de la noche ha perfumado en nuestra memoria. El silencio mariposea su virtud en la palabra sin traicionarse y deshonrarse nunca, mientras en su camino confecciona la poesía del cosmos, con el material del origen de las cosas del mundo, algo de amor y algo de despedidas. Las cosas de los círculos, que se convierten en ojos al emprender el vuelo.   

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