Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 19 de octubre de 2019
  • Actualizado 13:35

Los kenchas Loayza o la literatura como una partida de cacho

Entrevista a los dos autores, hermanos y paceños, que acaban de lanzar la segunda edición de su novela De kenchas, perdularios y otros malvivientes, publicada por editorial El Cuervo, una obra que rinde tributo en porciones no tan similares a Saenz, los dados en cubilete y el singani.
Los kenchas Loayza o la literatura como una partida de cacho


No he tenido oportunidad de jugar al cacho con los hermanos Loayza, Álvaro (La Paz, 1978) y Diego (La Paz, 1980), pero no podría descartar que haya bebido singani con alguno de ellos. Si mal no recuerdo, a finales de 2014 coincidí con Álvaro en un –a la postre– fallido experimento literario bautizado Santa Cruz de las Letras, que congregó a más de una veintena de escritores y periodistas bolivianos y latinoamericanos, varios de ellos de fuste (hablo de los autores obviamente, entre los que recuerdo a Juan Cárdenas, Jorge Volpi, Selva Almada, Luciano Lamberti, Wendy Guerra, por solo nombrar a los extranjeros), en unas jornadas de reflexión, turismo misionero y juerga de las que cada quien debe guardar sus propios recuerdos borrosos. Los míos me quieren convencer de que, tras una primera mañana de estricta lectura y escucha de ponencias, la tarde del mismo día fue dedicada, por una gran parte de los invitados nacionales e internacionales, a la rehidratación mediante versiones mejoradas del agua para combatir el sofocón criminal de esas horas en tierras orientales. La posta de rehidratación fue instalada en una terraza próxima a la plaza 24 de Septiembre, de la que con el paso de las horas se fueron pocos y volvieron más.
Fue en medio de ese tratamiento heterodoxo contra el calor y la sed que conocí a Álvaro Loayza. Me lo presentaron amigos bolivaristas comunes (sí, lo confieso: tengo amigos bolivaristas), que hacían publicidad de su cinefilia y de su ya entonces amasada leyenda como coautor, junto con su hermano, de unos cortos (El plan Papanoel, El factor Tureque) y de una novela gráfica de culto (El Monstruo del Choqueyapu) en pagos paceños. Hablamos de cine, sí, pero no tanto como de fútbol y, sobre todo, del Atlético de Madrid y de Koke (y de su muy divino nombre real), que habían perdido ese año la Champions ante el Real Madrid. De fútbol boliviano hablamos poco o nada, por obvias razones, para evitar rayes tempranos. 
Mis recuerdos son aún más borrosos cuando trato de precisar si conversamos de la novela que para entonces ya habían publicado él y su hermano Diego, De kenchas, perdularios y otros malvivientes (Editorial El Cuervo, 2013). Lo más probable es que no, estando como estábamos tan ocupados en llorar tardíamente la accidentada derrota del Atleti de Simeone en Lisboa. El libro, que con el tiempo fue ganándose su propio cariz de culto, lo compré algunos años después, aunque tardé más en leerlo. Con el mayor de los Loayza solo volví a hablar, y muy fugazmente, en una librería y por chat, hasta que hace algunas semanas me tentó para participar en un torneo de cacho que estaban organizando en ocasión del lanzamiento de la segunda edición de su novela, otra vez publicada por El Cuervo. Alejado de las mesas de cacho por una “lesión” en la mano derecha y con temor de ser humillado en campo visitante, le ofrecí hacerles una entrevista, a él y su bro, sobre la reedición y sobre el torneo “cacheril”, que finalmente se jugó ayer sábado. 
El resultado es este esperpento a seis manos disfrazado de entrevista, cruza entre monstruo del Choqueyapu y dragón mutante del Rocha, en el que se habla de literatura, de Aristóteles, de Saenz y de Marlowe, pero no tanto como de “dormidas”, de singani, de chakis distópicos y de un tal Mano Virgen. La partida de cacho con singani sigue en pie. Al igual que la definición de un campo neutral y del código “cacheril” a ser aplicado para evitar controversias equiparables a las que se desatan en los clásicos entre rojos y celestes.

¿Cómo nació De kenchas, perdularios y otros malvivientes?
Álvaro y Diego (A y D): En origen, el año 2000, la idea nació para plasmarse como una película, pero ante la ignorancia de cómo se escribía un guión, según el canon, se fue forjando algo muy similar a una narración novelesca. A pesar de que se filmó algo parecido a un largometraje en formato MiniDV (2001), convenimos en que la historia y los personajes merecían cristalizarse en una novela.

¿Cómo se escribe una novela a cuatro manos? ¿Es como jugar cacho en parejas? ¿Uno saca de apuros al otro que hace malas jugadas?
A y D: Exactamente. Fue muy divertido: una vez armada toda la trama, al vivir en sitios diferentes, cada uno escribía por su lado, lo compartíamos por e-mail, y luego hicimos una labor de antologistas, eligiendo los mejores aportes y homogeneizando el estilo.  

¿A qué edad aprendieron a jugar cacho?
A y D: A fines del Siglo XX, lo cual creó un fervor enorme en nosotros y en el contingente de badulaques y tarambanas que frecuentábamos: de ahí en más fundamos Cubitel y organizamos más de 40 campeonatos de diferente modalidad y prestigio. Sin embargo, la memoria cachera se remonta a nuestra más tierna infancia, cuando el olor a pucho, los alaridos triunfales y los golpes del cubilete a la mesa impedían el sano sueño del infante los sábados por la noche, alimentando un inconsciente tahuresco.

¿Cuándo, dónde  y de qué (balas, tontos…) fue su primera dormida? ¿Qué paredes las testimonian?
A: Mi primera dormida oficial –de quinas- fue en campeonato de tripletas, lástima que no colaboró demasiado al éxito del equipo, y fue en el ex – Marabú, antro de sempiternas contiendas, donde queríamos organizar el lanzamiento de la segunda edición del libro, pero lamentablemente el nuevo dueño resultó ser un subnormal angurriento sin ningún respeto por la mística de los dados. 
D: Mi primera dormida fue de ases y lamentablemente en una pichanga de baja ralea. 

Por su estilo de juego y “suerte”, ¿de qué personajes/jugadores de su novela se sienten más cercanos? ¿Mano Virgen, Quirito, el Jilakata, Otero de la Vega, don Edipo…?
D: Yo lamentablemente tengo que aceptar que Edipo von Kirki Carvallo, el cientific, es el que mejor me representa en mi desempeño con los dados (otros aspectos que me pueden relacionar con él, los reservo para mi intimidad): la teoría me fluye con facilidad, no tan así los tiros decisivos.
A: Lo mío va más con el Jilakata, no porque me haya pasado muchas noches bronceándome a rayas, sino porque me tocó interpretar al vetusto gurú en la película.

¿Qué clase de chaki fue el que disparó su fantasía distópica en la que el cacho y el singani están prohibidos?
A y D: Un chaki digno de Phillip Marlowe a 3.600 de altura. La prohibición o el tabú siempre son una eficiente catapulta para la aventura narrativa. Con esta premisa distópica, engranaron los tres géneros del relato: la novela iniciática, la picaresca y la novela negra, todo empapado por una desfachatez humorosa. 

De los parecidos entre el juego y la vida se ha dicho y escrito mucho, pero no así de los paralelismos entre el cacho y la escritura. ¿Qué tienen en común estas dos disciplinas?
A y D: En común, la borrachera y que está muy valorada la capacidad para anotar bien. 

En la contratapa del libro, Juan Cárdenas describe su obra como una “verdadera fiesta del lenguaje”. ¿Cómo fueron alimentando su argot paceño popular? ¿Qué supuso el desafío de volcarlo en la escritura literaria?
A y D: Estábamos embebidos en diferentes registros lingüísticos y estos fueron plasmados en la novela, como puede ser el lenguaje académico de von Kirki, el catequista del tata Ildefonso, el más pueblerino de Hinosencio, el español castizo del Gallego o el del llokalla canchero como Quirito. Incluso se utilizó jerga particular del lenguaje de nuestro grupo de cuates. 

Por su exaltación de la noche y la joda paceña, su novela les ha debido generar parentescos deseados o no. ¿Se sienten ustedes parte de alguna tradición y/ o autores de la literatura boliviana actual o de antaño?
Indudablemente hay una herencia saenzeana en Los kenchas. Sin embargo se dejó de lado la densidad y la gravedad del poeta, para quedarnos con la carcajada y la irreverencia: aspecto sumamente subestimado en la obra de don Jaime, a quien nosotros consideramos uno de los creadores más hilarantes de la narrativa americana.

¿Puede leerse su novela fuera de las fronteras paceñas, en ciudades y tugurios donde rijan otros códigos “cacheriles”? ¿Puede jugarse cacho sin tomar singani o cambiarlo por sucedáneos como la cerveza?
A y D: Creemos que la fiebre antrosa es ecuménica. Si recordamos a Aristóteles, es suficiente que los personajes generen empatía para que los acompañes en su travesía y ese es el poder, digamos, universal que busca un relato. Hemos constatado que la novela ha sido disfrutada por lectores extranjeros, entre los que podemos contar a escritores hispanoamericanos como Ramiro Sanchiz, Juan Cárdenas, Alfredo Grieco, Fernando Fernández y Patricio Pron, quien puntualmente elogió el descubrimiento  del ambiente y la jerga empleada. Y, sobre los brebajes, creemos que las deidades cacheras admiten el consumo de cualquier bebida espirituosa, aunque siendo siempre el singani y la cerveza los que mayor sintonía otorgan con los dados.

¿Tienen alguna teoría sobre el origen del cacho? ¿Es solo boliviano? 
La verdad, no. No hemos ahondado demasiado en la investigación histórica. Justamente, la novela pretende crear o fundar una mitología alrededor del cacho, bolivianizar su origen y, de alguna manera, darnos el lujo de formalizar cierta modalidad de juego de acuerdo a cómo nosotros la hemos ido desarrollando.

¿Se sigue jugando cacho tanto como antes en locales y otros recintos públicos?
Nosotros, lamentablemente, no tanto como antaño ni como quisiéramos. Pero el espíritu tabernero del cacho, todo lo indica, hará primar el deleite analógico a los embistes de la “cultura” digital, por lo menos en estos pagos que nos vieron nacer.   

¿A qué obedeció la idea de sacar una nueva edición de su novela? Se dice que es algo así como un libro de culto, al igual que sus trabajos audiovisuales. ¿Están de acuerdo?
Nos alegra que se haya agotado la primera edición y que la gente siga ávida de reírse de las peripecias de los malvivientes. En ese sentido es menester agradecer a El Cuervo porque mantiene la fe en nosotros. Sería maravilloso que Los kenchas sea considerada como una novela de culto, pero no nos corresponde a nosotros juzgar eso. En cuanto a nuestros cortos, El plan Papanoel y El factor Tureque, se pueden encontrar en youtube para los curiosos de rarezas.

¿Ha sido solo una coincidencia que la nueva edición salga justamente para las fiestas julianas?
Quizás es el mismo tipo de coincidencia que hace que La Paz, como tal, no sea mencionada ni una sola vez durante toda la novela.

¿En qué proyectos “cachísticos” y/o literarios están trabajando actualmente?
Respecto al cacho, estamos procurando desoxidar un poco las muñecas para volver al ruedo con bríos inusitados. En cuanto a la producción literaria, se puede decir que estamos urdiendo una trama, pero todavía queda mucha tela para cortar. 

¿Existe en verdad el torneo “Mamelo’s Classics”?
Totalmente, y es el más prestigioso. Y el Mamelo también existe. De hecho, es el único personaje extraído de la realidad para renguear en los parajes de la ficción. 

Periodista – [email protected]