Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 20 de septiembre de 2021
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Jugar con la música (I)

Primera parte de este acercamiento a la figura y obra del compositor boliviano Nicolás Suárez Eyzaguirre, además de algunas profundizaciones sobre la música.
El músico y compositor Nicolás Suárez Eyzaguirre.    CUA
El músico y compositor Nicolás Suárez Eyzaguirre. CUA
Jugar con la música (I)

Mientas canta el oboe y suspira el clarinete, la tierra y yo emanamos el mismo sentimiento. Así como se desliza la flauta traversa por el tiempo persiguiendo sus melodías, así también resbalo yo buscándome en la memoria. Lo cóncavo que llega el fagot y lo profundo que respira el corno francés, me abrigan en aires nobeles de la música boliviana. Y ese sonido que es tan nuevo, a la vez, evoca, por medio del recuerdo, lo anterior, lo pasado. Esa evocación es una invitación constante a reconstruir y repensar nuestra identidad. La obra para quinteto de vientos, “Tres invenciones sobre aires bolivianos”, de Nicolás Suárez Eyzaguirre, estrenada el 5 de diciembre de 2020 por la Orquesta Femenina de Bolivia, seduce e incita al oyente en ese sentido.

Los bellos cantares de su madre y el espíritu coleccionista de su padre condujeron al maestro Nicolás Suárez Eyzaguirre hacia sus primeros acercamientos con la música desde los géneros populares (tangos, boleros y folclore en general). Además, los instrumentos musicales no faltaban en su hogar. En las fiestas familiares de cumpleaños o aniversarios se vivía una atmosfera empapada de aires nacionales; Zulma Yugar, Enriqueta Ulloa y Savia Andina, por ejemplo, habrían formado parte de los artistas que alguna vez su padre contrataba para otorgar alegría a las festividades. Tales momentos marcaron fuertes impresiones inolvidables en la vida de Suárez. Sus experiencias con la música moderna, por otra parte, habrían surgido gracias a su hermano mayor; fue él quien le llevara por primeras veces a los conciertos de la Orquesta Sinfónica, y también a los espectáculos que brindaban ciertos grupos populares, como “Los Gatos”. En el colegio, comenzó a tocar empíricamente el piano en las veladas, ingresó al coro y después a la banda, en la cual ejecutaba el corno a pistones. No había parte para él, entonces tenía que improvisar, de pronto venía a la mente una melodía de Adrián Patiño, o alguna propia que se inventara y venia muy acorde al caso. Estas experiencias le permitían, cada vez más, realizar nuevos descubrimientos en la música, sin olvidar, claro, a las personas que colaboraron en ese proceso. A sus dieciséis años, por invitación de un amigo, pudo formar parte de una banda de rock llamada “Los Dreams” que se veía fuertemente influenciada por la corriente hippie, un movimiento muy poco y mal entendido en ese entonces. El maestro Nicolás, ejecutaba la parte del órgano, tenía gran admiración por Ray Manzarek (teclista de la famosa banda estadounidense: “The Doors”), a quien, afortunadamente, logró escuchar en vivo en la ciudad de La Paz. Luego de “Los Dreams” integró otras tantas bandas, siendo la más importante y memorable: “Climax”, considerado como uno de los grupos pioneros en el rock boliviano, conformado por Javier Saldias, José Eguino y Álvaro Córdoba. 

Debido en buena parte a la presión familiar, Suárez, empezó a estudiar economía, carrera que cursó por dos años, hasta la formación del taller de música en la Universidad Católica Boliviana a cargo de Alberto Villalpando y Carlos Rosso, al cual él ingresó. Ahí tuvo la oportunidad de conocer a otras personas que compartían la misma pasión musical, y que colaborarían de una u otra manera al aprendizaje y desarrollo teórico del maestro. En esa etapa, él recuerda con cariño a Juan Antonio Maldonado, compañero y amigo suyo, gran pianista talentoso que le empujó hacia el desarrollo de las facultades prácticas, necesarias en todo músico. Gracias a Maldonado, Suárez pudo integrar el grupo de percusión en la Orquesta Sinfónica, permitiéndole así, participar de una gira nacional que incluía en su repertorio obras de Bartok y Villalpando. El estudio y compromiso que exigían los talleres eran elevados. Con la dictadura de Banzer y posteriores problemas que golpearían fuertemente la economía del país, el maestro Nicolás, no dejó de lado la música popular que retribuía muy bien. En medio de esa época, y gracias a la licenciatura conseguida, obtuvo una beca de la OEA para poder continuar sus estudios de maestría en la Universidad Católica de Washington. Misma en la que posteriormente realizaría su doctorado. Previamente, también siguió un curso de tecnología de sonido en Santiago de Chile. Toda esa formación le permitió ejercer, además de la composición, también la labor de arreglista musical, realizando arreglos para muchos grupos intérpretes y solistas, algunos de ellos muy reconocidos, como los Kjarkas, Wara, Savia Nueva, Jenny Cárdenas, Manuel Monroy Chazarreta (el papirri), entre otros. A su retorno, dedicó buena parte de su tiempo a la enseñanza, llegando a ser director del entonces Conservatorio Nacional de Música. Enseñó también en varias universidades del país: Universidad Loyola, Universidad Mayor de San Andrés, Universidad Evangélica, y otras. 

Quizás es inevitable para un compositor boliviano el uso de aquello que podemos llamar “lo boliviano” en la música. Obviamente esto es cierto para muchas otras situaciones latinoamericanas, sobre todo, y mundiales. La identificación con un determinado espacio geográfico y lo que en él se contiene desempeña un rol fundamental y casi exigido por el público. En el caso del maestro Nicolás, y de muchos otros compositores, esto fue una constante. Él nos comenta que ya sea en buena dosis o no, en diferentes formas tanto de ver, de sentir y de plasmar, lo boliviano se incluía en la obra, ya sea con la objetividad ya conocida, o con una subjetividad muy íntima y personal. Por supuesto, todo esto está muy sujeto a la percepción individual de ese algo boliviano. Esa inclusión, con el tiempo ha dejado su obligatoriedad. Hay un momento en el que el compositor anuncia su libertad en el proceso creativo; enfrentando incluso las exigencias externas. Sin embargo, el sentido de evocación es un demonio inevitable que acude a la mente del creador. Crear ya no solo es explorar lo externo y lo interno inmediato; no es esa inspiración mágica y repentina que se suele plantear. Lanzar algo nuevo al mundo, es lanzar además un pedazo de quien lo lanza. Y en esa fracción está también lo viejo, lo pasado. El compositor entrega su obra con todo lo que le subsume por detrás. Él es quien se entrega de cierta forma. 

Músico y estudiante de la carrera de Filosofía y Letras y de la carrera de Física

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