Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 15 de abril de 2024
  • Actualizado 19:53

El juego de la ficción

Este texto fue leído en la presentación del libro ’18 cuentos’, del escritor y periodista boliviano Antonio Rivera Mendoza, publicado por la editorial Ataralarata 
El juego de la ficción

Este libro de cuentos está hecho de noticias. Aunque muchos quieran creer que la ficción y la realidad son opuestas entre sí, lo real y la ficción aquí se buscan, se coquetean y se encuentran. Es, como todo, cuestión de tiempo. Antonio Rivera, el autor de este conjunto de 18 Cuentos, es periodista, lector y fue, por muchos años, jefe de Redacción del periódico OPINIÓN, así que sabe ver el límite entre lo que es objetivo y subjetivo, entre lo que es real y lo que es ficción, lo que es noticia y fabulación, sabe bien de ese compromiso que tiene el periodismo con la verdad. Y de ahí parten estas dieciocho historias/noticias, de la mirada curiosa y hambrienta de un periodista que insiste en la realidad, en la vida, en el hecho cotidiano alrededor de la esquina.

Un ataque al fuerte El Paraíso, la historia de amor entre Malena y Eugueni que le cuentan en el bar El Corso, en la esquina General Achá y Junín de Cochabamba, un lector que lee y que, como su personaje, es abrazado por las llamas de una vela, Sol, la nieta y su ternura en Andalucía, el robo a un viejito en la tienda de la esquina, su estadía como turista en Florencia, el rayo de un niño, esa “esfera de hierro, maciza y pesada, de unos doce o trece centímetros de diámetro” cuya “superficie estaba ensarrada y con adherencias siderales”, el hombre viejo que sale a la calle a caminar como si fuera un prócer, un joven escritor que deja libros en los bolsillos de abrigos, un circo y su león, un volquetero con acento porteño, una prostituta llamada la Gata, el olor de la cárcel, la plazuela Corazonistas, la avenida Heroínas, la vida en esos lugares y sus protagonistas, todos parecen personajes de noticias leídas en un periódico o vistas en el noticiero. 

Personas, lugares y situaciones reales, conocidas para nosotros. Hechos de la realidad que juegan a ser ficción o corroborar eso que se dice de la realidad, que supera a la ficción. Pero el autor juega aquí a ir más allá de lo real y de la ficción, machaca con las palabras los hechos de sus historias, los pone a prueba, les pregunta qué esconden o hasta dónde son capaces de estirarse y de perderse en el espacio sideral. 

Utiliza la palabra —en alguna entrevista, el autor menciona que las colecciona— y la mirada y olfato de periodista salvaje para torcer la flecha recta que lanza un hecho y nos distrae de lo que de verdad pasa con los lugares y con sus personajes. 

Las palabras ayudan a este autor a entrar en el ritmo de la historia e intervenir en el trayecto de aquella flecha que ya está en el aire. Como en esa escena amorosa de los amantes de “Biografía de un éxtasis”, que es contada como si fuera una hipérbole del realismo latinoamericano que nos lleva a la vez al juego y al pasado de la propia literatura: “se amaron también en camarotes de trenes y barcos, en campos de yerba y sembradíos, en algún parque de invitante penumbra; imitaban sin saberlo, a peces, mamíferos, mamboretás y hasta a seres humanos. Lo hicieron mecidos por olas y el chucuchucu de locomotoras, al ritmo de tambores, de bandas, de canciones, de himnos patrióticos, devotos e impíos”. 

En otro lugar, las palabras son más parcas, más solemnes, siguen una marcha acompañando la ilusión perdida de un viejo que camina: “El prócer no camina como los demás, el desfila por la acera. Sus pasos largos y pausados transportan su porte erguido, altanera la cabeza de larga y revuelta cabellera entrecana. La gente le observa y él reparte su saludo con ademán cesáreo, el brazo derecho alzado, rematado en la palma digna, acompañado apenas perceptible asentimiento o venia, y sonrisa medida, se diría, modesta.” 

Las palabras acompañan los relatos para darle forma, otra forma, quizá la forma real, al hecho: dos amantes que pierden la forma humana en su encuentro o un viejo despeinado que arrastra el peso de los años por las calles del barrio al ritmo de un desfile militar. Rivera conoce bien la verdad que las palabras ocultan y que hay que forzarlas, torcerlas, incluso, jugar con ellas para llevarlas a un destino diferente; hacer que la ficción supere a la realidad. 

El oficio de periodista, corrector, reportero, articulista y jefe de Redacción hace su trabajo. Sabe que el arco que hace su brazo al lanzar la flecha debe empecinarse en dirigir a la realidad más allá, hacía la estrellas o hacia la punta más alta de la carpa de un circo en París. 

En estos cuentos nos encontramos con esa mirada que se empeña en ver cómo los hechos reales son superados por la ficción. Nunca los personajes son lo que son: un domador de leones en el circo de París es payaso, es vendedor de entradas, es león. Un prócer de la patria, un viejo despeinado. Una nieta pequeña y dulce, el sostén de su abuelo. Un maestro en una trattoria de Florencia, un caníbal. 

La mirada y el olfato de periodista salvaje hacen el resto con ese material real, llevan a la escritura de Rivera a insistir en el juego, entre la ficción y la realidad, en tomarse el tiempo suficiente sobre el hecho hasta que parezca irreal, porque tal vez, de algún modo, se ha entrenado en aquello que dijo una vez la periodista y cronista argentina Leila Guerriero: “No es necesario inventar cosas. Si nos quedamos tiempo suficiente, siempre ocurre algo interesante”.