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  • Diario Digital | viernes, 23 de febrero de 2024
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Juan Pablo Piñeiro: ‘Manubiduyepe me ha enseñado el cuidado que hay que tener con las palabras’

El autor de Cuando Sara Chura despierte conversa en esta entrevista a propósito de su tercera novela, que le tomó nueve años de (re)escribitura, publicó en 2020 con la editorial 3600 y se presentó en Cochabamba en semanas pasadas.
Juan Pablo Piñeiro: ‘Manubiduyepe me ha enseñado el cuidado que hay que tener con las palabras’

De reencarnar en un insecto, Juan Pablo Piñeiro (La Paz, 1979) elegiría ser uno no contactado. Un invertebrado diminuto que no figura en enciclopedias ni diccionarios, pero que existe. Uno como el que el escritor recuerda haber visto hace unos años en Pando, de panza roja brillante y ojos verdes, sobre el cual no halló evidencia en los documentos que revisó a continuación de ese encuentro. Aun en plan amateur, el estudio de los insectos no es algo circunstancial en el autor paceño, más conocido por escribir libros que por diseccionar bichos. Sin embargo, la suya es una afición cultivada desde siempre. No en vano, en su mitologìa personal, los insectos ocupan el lugar de “los dioses”. El autor paceño puede hablar, con similar fascinación, de la escritura de El guardador de rebaños, de Alberto Caeiro (uno de los heterónimos de Fernando Pessoa), como de la perfección con que una libélula reina primero en el agua y luego en el aire. 

No sería, pues, descabellado que en sus reseñas biobliográficas, de Piñeiro se diga que, además de haber escrito los libros Cuando Sara Chura despierte (novela, 2003), Illimani Púrpura (novela, 2010), Serenata cósmica (cuentos, 2013), de haber firmado lo guiones de las películas bolivianas Sena Quina (2005), Hospital Obrero (2009), Sirena (2019) y de haber trabajado en la producción de esos y otros filmes (como Viejo calavera y El gran movimiento), es un entomólogo aficionado. Y también, un numerólogo afecto a la serie de Fibonacci. Un interés del que admite ya haber dado cuenta en la –hoy mítica– Sara Chura … y al que ha vuelto, aún con más convicción, para ensamblar su más reciente novela, Manubiduyepe (Editorial 3600, 2020).

La presentación de este libro fue una de las excusas que trajo a Piñeiro a Cochabamba, la segunda semana de noviembre, en el marco de la feria de edición independiente Enjambre de Libros. La otra fue un taller de escritura creativa que dictó durante los días del evento y que, faltaba más, llevó por nombre “Insectario”. Alrededor de Manubiduyepe giró esta conversación con el Piñas, (como le llaman sus amigos), que tuvo lugar solo unos minutos antes de que presentase la novela ante sus lectores cochabambinos. Una novela que, como las anteriores suyas, no resulta fácil contar, pues en ella, más que hilos narrativos que van de principio a fin, hay enredaderas que se mueven y detienen caprichosamente, por recovecos no siempre transitables y sin un orden aparente. Si en Sara Chura… era dable leer la narración como tejidos andinos que se entrecruzaban entre sí, en Manubiduyepe se puede ensayar un ejercicio similar, pero en el que la lana es reemplazada por los árboles de la floresta pandina, en el afán de correr y de descorrer un paisaje animado por unos personajes más o menos fantáticos. 

Un indígena sin edad que sale en silencio a la plaza de Cobija cada nueve años. Un policía destacado en el último confín de la frontera con Brasil, que tiene bajo su mando un mono despabilado. Unos duendes que quieren jugarle una broma insuperable al policía para hacer reír a los árboles. Un inclemente narcotraficante abandonado por su alma. Dos hermanos malditos bautizados en honor a Bruce Lee (Brucelyn y Bruceley). Unos cazafantasmas bolivianos con las máquinas averiadas. Un escritor que suda más de lo que escribe, llamado Salvador Piñari. Un narrador de la novela que no quiere ser tal y al que otros personajes pescan en plena faena. Un mono consagrado a transcribir lo que le dicta el narrador sin vocación. Estos, entre otros varios, son los seres que pueblan la tercera novela de Piñeiro, concebida como un contenedor especular de tres partes, que arranca y finaliza con un palíndromo en forma de poesía, y que se compone de pequeños capítulos de idéntica extensión. Se trata de una obra ambiciosa, como las otras de su autor, que demoró nueve años (otra vez ese número y la numerologìa) en escribirse, que a punto estuvo de no publicarse, que salió a la luz en octubre de 2020 (el año de la pandemia y de Áñez, un año infame, ese año que todos, o casi, mataríamos por borrar de nuestras memorias) y que le enseñó a su autor que el cuidado con las palabras es clave para salir airoso de la confusión reinante en estos días. 

¿Cuánto tiempo tardaste en escribir Manibiduyepe?

Fueron nueve años, de 2011 a 2020. En un encuentro de escritores de hace algunos, organizado por el Centro Patiño de Cochabamba, lo anuncié en una ponencia. No era parte de la novela y se llamaba “El pahuichi de Yamuriniti Diojorejepe”, que ustedes (en la RAMONA) publicaron. 

Que es también el nombre de la segunda parte de la novela…

Sí, justo me encontré con Rodrigo Figueroa (escritor), que se acordaba que yo había dicho: “Hay una palabra para ir al futuro y al pasado, Manubiduyepe”.

Entiendo que gran parte de los nueve años fueron más de reescritura que de escritura en sí…

Sí, la he borrado, la he tirado, ya no quería saber de ella, la he vuelto a escribir entera; pero no es que hiciera eso todos los días, ¿no? Ya estaba descartada.

¿El proceso de escritura ha sido más jodido que con tus anteriores novelas, Cuando Sara Chura despierte e Illimani Púrpura?

Sara Chura… ha sido algo que ha llegado dictado, Illimani Púrpura sí ha costado más. Lo que pasó con Manubiduyepe es que ha cambiado mucho, lo que era a un inicio y después, después, después. Solo se ha mantenido la estructura. 

Hablando de la estructura de esta novela, parece ideada en una lógica que, por no encontrar mejor palabra, llamaría geométrica. Tiene tres partes, la primera y la tercera tienen capítulos bien breves, de tres páginas, salvo algunos que son de nueve. El primer capítulo de la primera parte y el último de la tercera están construidos como poemas y llevan el mismo título. La segunda parte tiene capítulos de una página, salvo uno que es de tres, el que titula “Manubiduyepe”. ¿Cómo pensaste este armazón tan riguroso?

La novela ha empezado con la estructura. Es una cosa numerológica, con el nueve, y también con el espejo. Tampoco voy a descifrar todo, pero el medio es un espejo de un lado y de otro. La primera página es un palíndromo, que se lee igual al revés, y lo mismo la última página. Primero he hecho la estructura y de ahí la he vaciado.

¿Cuál es el origen de esa estructura?

Me encantan los números. Tiene mucho que ver con el nueve, con el tres y con la serie de Fibonacci, que siempre es el espiral, como es la naturaleza también. Toda la segunda parte es Fibonacci.

¿Había algo de esta tu afición numerológica en tus otros libros o es la primera vez que la has llevado a tu obra?

Illimani Púrpura no tiene nada de eso, Sara Chura… sí, tiene algo de eso: con el cinco, el 23, por los 23 personajes. Solo que Manubiduyepe es con el nueve.

Además de la cuestión numerológica, hay en la novela un interés científico, que se vuelca, entre otras cosas, en unos personajes científicos, que hacen las veces de villanos…

Se puede pensar que hay una forma irracional de ver la selva y hay la ciencia, pero, si nos damos cuenta, todo es lo mismo. Me gustan las explicaciones científicas que te demuestran que todo es tan absurdo, que en el fondo son como una interpretación poética. A veces contrapones lo racional a lo poético, cuando, si ves bien, están describiendo el mismo fenómeno.

Y has debido leer literatura científica para escribir la novela…

Sí, sí, sobre todo de insectos, que siempre me gusta.

De hecho, el taller de escritura creativa que diste, en el marco del Enjambre de Libros, llevaba por título “Insectario”. ¿De dónde viene este interés por los insectos?

Desde siempre, toda la vida. Para mí, los insectos son los dioses, digamos, por su morfología, su forma, el hecho de que sean diminutos, sus detalles, lo que están mostrando… Siempre pensamos, desde Aristóteles, que nosotros en la mímesis estamos imitando la vida, esa vida que es nacer, desarrollarnos y morirnos. El conflicto es el misterio y la muerte. Todas nuestras historias están estructuradas así o en espejo eso. En cambio, si fuésemos libélulas, tendríamos otro tipo de historias: tendríamos, en una primera parte, una fase de agua, por la que nos moveríamos super bien en el agua, con la morfología tal vez más perfecta para el agua; después haríamos una transformación para volvernos un bicho del aire, que es perfecto, que tiene seis velocidades de vuelo y tiene 95% de efectividad para cazar… Entonces, si nosotros fuésemos libélulas, nuestras historias podrían ser así. Si fuésemos efemerópteros, algunos de los cuales viven solo cinco minutos, habría que preguntarnos cómo serían nuestras historias.

Por lo que te escucho, si pudieras reencarnar en un insecto, ¿serías una libélula?

No, es que hay varios, todos me encantan. Sería un insecto no contactado…

Que es el nombre de uno de los primeros capítulos de Manubiduyepe…

En la selva, por ejemplo, he visto un insecto que ha venido hacia mí, que tenía su panza brillando de rojo y sus ojos de verde. Luego lo he buscado y no lo he encontrado. Creo que hay insectos que no conocemos.

Quisiera hablar sobre tu relación con el paisaje de la novela, el de la selva, la floresta en Cobija y Pando. Imagino que tenías una relación con este paisaje anterior a la escritura del libro, pero que, como con tu alter ego en el relato, Salvador Piñari, ha debido profundizarse para convertirse en lenguaje…

Claro. Yo siempre leo esa frase de Pessoa que dice: “El viaje es el viajero. Lo que vemos no es lo que vemos, es lo que somos”. Suele estar desmerecido el paisaje en la literatura. Sería raro decir que estas son mis novelas paceñas y esta es mi novela de la selva, pero creo que el paisaje está cargado de significado. Si uno lee a Lezama Lima en La expresión americana, refuta a Hegel, dándole su valor al paisaje, en la interpretación del sentir. Para mí es muy importante el paisaje: es la exteriorización de la interiorización.

¿Cómo llegaste a Cobija? Entiendo que hay un vínculo familiar con esa parte de Bolivia…

Siempre he querido conocer toda Bolivia, porque creo que Bolivia es un camino de aprendizaje, y me faltaba Pando. Justo mi padre se fue a vivir a Pando en 2003, lo iba a visitar y desde 2006 me quedé hasta 2012, principalmente en Pando. Iba mucho en La Paz, me quedaba meses, tampoco puedo decir que vivía solo allí. Y me fascinó. Cobija es especial, no sé si sea muy bonito para vivir, tiene muchas contradicciones por la frontera, pero la selva es quizá algo que no van a ver nuestros nietos.

Que la narración tenga lugar en Pando revela la proximidad con Brasil, que tengo la impresión de que también impregna al libro…

Totalmente. Imagináte: estamos en el culo de Bolivia frente al culo de Brasil. Hay una frontera bien complicada, como toda frontera. Si se la piensa, la frontera entre Bolivia y Brasil es más larga que la de México y EEUU. Y en esa parte confluye también Perú, muy cerca. Las fronteras son recientes, claro, pero qué significaba ese paisaje antes: yo creo que era el lugar de la sanación, ahí están las plantas de las que los laboratorios sacan las medicinas. La frontera tiene todas esas contradicciones, porque encarna infiernos muy fuertes, como el narcotráfico o la trata de personas; pero también está esa posibilidad de caminar una cuadra y de que cambie todo: es el mismo paisaje, pero cambia todo, desde el idioma. 

Ahora que mencionas el idioma, en el libro hay también una especie de puente entre el español y el portugués, cabalmente, en sus epígrafes, que son de Saenz, Urzagasti, Guimarães Rosa…

Y en el centro también está Pessoa. Yo he esperado para escribir ese capítulo (el que se titula “Manubiduyepe”, nada menos). He esperado para escribir ese capítulo que se cumplan 100 años… En mis rituales, ¿no? En el fondo, cada ritual no deja de ser algo lúdico y la escritura va a ser sagrada en el momento en que sea lúdica y tengas la conciencia de que estás jugando. Por eso esperé por el aniversario, ese día triunfal que él dice, cuando tenía que escribir sobre Ricardo Reis, se puso de pie y escribe todo El guardador de rebaños, de Alberto Caeiro.

Hace rato aludí al personaje de Salvador Piñari, el escritor que aparece en varios capítulos de Manubiduyepe. Desde su apellido, tan similar a Piñeiro, se intuye que es tu versión para la ficción…

En el fondo es un personaje catalizador. El peligro de la escritura y de estas cosas es que te puede subir el ego, te puedes marear, así que es bueno vapulearse de alguna manera y reírte de ti mismo. Era algo que necesitaba la novela para equilibrar sus aproximaciones más místicas, podríamos decir. Si no sería un libro de autoayuda. Justamente el humor te permite complementar y darle más fuerza a lo otro.

Yendo del escritor a la escritura, en la novela hay una suerte de ejercicio autorreflexivo. Está el personaje del narrador, que se confiesa no estar listo para contar las historias de la novela, y que hasta se hace pescar con otros personajes…

El metalenguaje, ¿no? Esa es mi parte más clásica o hasta caduca, porque a mucha gente no le gusta eso. Están todas las capas de la narración y que encima el narrador se haga pescar, puede parece muy excesivo. Pero yo soy muy fanático del Quijote. Tal vez tengo que leer cosas nuevas. Creo que leo cosas muy antiguas y sigo dialogando con eso.

Es cierto que sueles decir que siempre vuelves a los mismos libros y autores. ¿Cuáles son?

El Quijote (Cervantes), el Gran Sertón: Veredas de Guimarães Rosa, el Ulises de Joyce, los libros de Kafka…

Y de Bolivia, Urzagati y Saenz…

Sí, pero la poesía de Saenz. Yo leo mucha poesía, más que narrativa.

Manubiduyepe nace y termina justamente con poesía, el poema “Luz azul”… 

Yo no le digo poesía. Quisiera ser poeta. Para mí es un palíndromo de 81 palabras. En el último tiempo ya no hay parámetros para decir qué es poesía y qué no, y eso es realmente peligroso. Y con las redes sociales, todo el mundo es poeta. En eso perdemos la profundidad y el rigor que se necesitan. Yo sueño con ser poeta, es mi sueño.

¿Escribes poesía?

Tengo mis miles de borradores horribles.

Pero no vas a renunciar a seguir escribiéndola…

No, confío. Es un deseo, ¿no?

Algo que también hace singular al libro son las tres ilustraciones (de Juan Ignacio Revollo, Mario Andrés Piñeiro y Diego A. Loayza), que anteceden cada una de sus partes. ¿A qué obedeció su inclusión?

Se hizo en la preparación del libro. De alguna manera, ellos tres han estado metidos en mis libros. Es una forma de compartir…

Las ilustraciones me recordaron ediciones más antiguas de libros, como algunos de Saenz que él mismo solía hacer.

Me parece que quedan bien, es un gusto antiguo…

El mismo formato del libro, más largo que otros de la colección narrativa de la editorial 3600, parece sacado de antes. ¿El tamaño de la publicación fue pensado desde un principio?

Eso ha sido también porque había una exigencia de que cada capítulo tuviera siempre tres páginas. He tenido que buscar la mejor forma de encajarlos.

Manibiduyepe se publicó en 2020, un año de lo más atípico, con una pandemia inesperada y un gobierno transitorio no menos impensado. Tengo la impresión de que eso hizo que su publicación pasara más desapercibida que tus anteriores libros. ¿Por qué te decidiste a lanzarlo en un año tan infame?

La novela estaba descartada. A partir de lo que pasó pensé cómo podía estar hablando de estas macanas, quería hablar del país, de nuestros demonios burocráticos, de nuestros demonios autoritarios, de nuestros complejos. Me dije que iba a hacer una novela más profunda, no esta cosa. Y después recordé que la había trabajado tanto tiempo, tenía que terminarse y saqué el palíndromo. La he publicado el 15 de octubre, que es el cumpleaños del Jesús (Urzagasti), así que es una fecha especial para mí. Ma perecía también bueno sacarla un poco antes de las elecciones (del 18 de octubre) y eso hice. Había cierto miedo y yo quería reflexionar sobre las palabras. Tampoco uno puede creer que la persona que piensa distinto a mí está equivocada. Esta novela me ha enseñado el cuidado que hay que tener con las palabras, porque justamente he visto eso: si tú quieres hacer daño con tus palabras, lo vas a hacer. Las redes sociales te impulsan a eso. El cuidado con las palabras es clave para salir de esa confusión. Sabía que tenía que publicarlo ese año.

Si de palabras hablas, ¿en qué momento y cómo se te apareció la palabra Manubiduyepe?

No te puedo dar el detalle exacto, porque eso es para mí, pero fue lo primero que estuvo. De hecho, las primeras versiones del libro empezaban diciendo “Manubiduyepe es tal cosa”, pero después me pareció excesivo. 

Al leer la novela me dio curiosidad por saber si existe una movida de escritores en Pando, que estén narrando el noreste boliviano, la frontera amazónica con Brasil y Perú. Vos que viviste allá, ¿llegaste a conocer proyectos literarios que se gesten en esa región y de los que probablemente ignoramos en el resto de Bolivia?

Es complicado. No hay librerías. Solo se puede comprar algún libro usado que caiga en el mercado, en los locales de revistas. No sé si esto va a gustar mucho si se publica, pero me acuerdo que la sociedad de escritores de allá llegó a pedir que no entre cualquier libro que no sea de Pando. Sin embargo, gracias a la referencia del Jesús he conocido a un poeta que estaba allí. Debe haber (más autores), no se puede decir por eso que no haya. 

Al menos, en las ciudades grandes de Bolivia no conocemos de la existencia de autores pandinos…

Hay unos autores que escriben unos libros más anecdóticos, de las familias, de las avionetas de cocaína, que no están tan mal: son más crónicas, que las hacen como libros, nada más.

Leí en una nota que estás escribiendo un libro de cuentos que rompe con tu manera tradicional de hacer literatura. ¿Qué más puedes contar de ese proyecto?

Es una cosa bien interesante. He empezado a dar clases de guion hace dos años, en la carrera de cine (de la UMSA). Para ser responsable, me he planteado el desafío de enseñarles a escribir. Me he nutrido desde Aristóteles, para que vean esa estructura más organizada y racional de plantear una historia, como está en la “Filosofía de la composición”, de Edgar Allan Poe. Y he visto que funcionaba, que sacaban cosas buenas con eso, pero yo no escribo así, más bien soy anti eso. Después he dicho: escribiré de esa manera. Me he organizado, he armado la historia, he encontrado el germen. Otra cosa que nunca hacía es contar ciertas cosas que sé de personas cercanas, porque me parecía invadir, y esta vez dije que lo haría, que en los cuentos pondría cosas de la gente que conozco, porque creo que eso también hacen los escritores: aprovechar la realidad de una manera más explícita.

¿Ha cambiado tu método de escritura?

Digamos que es una exploración. Veremos qué pasa.

¿Y ya está terminado el libro?

No, falta todavía, pero estoy contento, porque estoy escribiendo de una manera ordenada, racional, organizada.

Para salir un poco de tu trabajo literario, podemos hablar de tu faceta cinematográfica, que cultivas como guionista, pero también como productor. ¿Cómo compatibilizas la vida del escritor “místico” con la del productor de cine pragmático?

Es terrible. A mí me da mucho estrés. Siempre digo que odio ser productor, pero en el fondo creo que me gusta. Tengo una vocación para los números, para la organización, para el orden, a pesar de que mi pinta diga todo lo contrario. Me pasa mucho con mis alumnos, que me ven pensando quién es este tipo, y luego se dan cuenta de que yatrasarme un minuto es algo que no va a pasar y miles de otras cosas. En ese productor está funcionando otra parte de mí que no está en la literatura, pero que siempre he tenido. Es muy gratificante, solo que te demanda mucho tiempo.

En el último tiempo hiciste de productor en Sirena (Carlos Piñeiro) y El gran movimiento (Kiro Russo), dos películas muy esperadas…

Sí, en El gran movimiento he sido Director de Producción y la hemos filmado en un año, ha sido muy complicado.

La filmaron justamente en 2019, durante la crisis…

Claro. Todo eso ha sido muy fuerte. Yo casi me he ido a la clínica tres veces. Fue mucho estrés. Pero también uno confía en esos proyectos.

Ya has debido ver la película.

Claro.

¿Y qué tal ha sido la experiencia?

Siempre es así, me pasó con Sirena y con otras: digo que nunca más voy a producir una película, hasta que la veo y digo: no sé, tal vez sí. Está muy bien. Me gusta mucho trabajar con el Carlos (Piñeiro, su hermano), el Kiro (Russo), el Pablo (Paniagua, director de fotografía). En mi función cuando trabajo con ellos yo no me preocupo mucho de lo creativo y eso me gusta, confío en ellos, pero son desafíos titánicos. De alguna manera sí te enseñan cosas en la vida, obvio, y eso te sirve para la escritura. De alguna manera, gracias al cine entras a casas que nunca pensarías que vas a entrar o a realidades que nunca pensarías conocer, como ser cobrador de impuestos. 

Así que sí es probable que vuelvas a trabajar como productor de cine…

Sí, es probable, pero no sé. Es muy sacrificado, porque tampoco es que estás en el set y disfrutas de la parte linda del cine. 

Periodista - @EspinozaSanti