Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 23 de septiembre de 2019
  • Actualizado 11:53

Jaime Sáenz, retratado por sus contemporáneos

Una revisión a una serie de anécdotas y opiniones que desmitifican al famoso autor paceño.
Jaime Sáenz, retratado por sus contemporáneos

Hace poco me encontré en un concurrido café a varias personalidades del quehacer cultural. La tertulia tuvo un carácter anecdótico, melancólico, cómico y un toque de cinismo entre los contertulios. Uno de los temas tratados en esa noche –entre otras–, fueron las anécdotas relatadas por dos de los asistentes, que lograron visitar al poeta y novelista Jaime Sáenz (1921-1986) a fines de los años setenta. 
A raíz de la fama que irradia el novelista, pensé que escucharía las monótonas alabanzas que aseveran que “las veladas nocturnas con Jaime Sáenz fueron durante años y hasta el momento de su muerte, probablemente, un espacio marginal y rebelde de rico intercambio intelectual”. A este ambiente “erudito” se lo popularizó con el nombre de Talleres Krupp, que según los discípulos del poeta era “la habitación donde Sáenz recibía a sus visitas, se convirtieron en una institución, donde la edición de revistas literarias, el juego de dados, la música de Anton Bruckner o de Simeón Roncal, las charlas sobre Milarepa y las lecturas de poemas fueron la tónica permanente”, o en palabras de la trovadora Blanca Wiethuchter, los Talleres Krupp fueron una “larga conversación metafísica”.
Pero, todo lo contrario, los recuerdos narrados en esa tertulia salieron del molde usual al retratar a Saenz como un personaje banal y sobrevalorado por parte de sus discípulos. Ambos testigos coincidieron en describir los Talleres Krupp como un ambiente con poca luz, una habitación que concentraba un fuerte olor a tabaco, una vistosa bandera nazi y una amalgama de objetos esparcidos que reflejaban desorden y caos. En pocas palabras, la casa y el personaje no eran nada extraordinarios de lo que actualmente se imagina.
Al referirse al desarrollo de la reunión, los visitantes la recuerdan aburrida, pero sus acólitos le daban un significado de profundidad a cada movimiento, palabra, gesto y mirada del poeta que, por cierto, el bardo de las profundidades hablaba poco y de contenido frívolo. Lo llamativo fue la excesiva circulación de bebidas alcohólicas que estaba a libre disposición de sus asistentes. Pero lo que fascinaba a los miembros de los Talleres Krupp era la “blanquita”, que se encontraba resguardada por Sáenz en un pequeño recipiente. Estos componentes banales no lograron amenizar el cenáculo nocturno puesto que las horas se hicieron largas y aburridas para los invitados, ya que el poeta quedaba por varios minutos en completo silencio y este mutismo representaba para sus seguidores una honda revelación existencial.
Después de un tiempo pude advertir que las críticas a Sáenz no son meras anécdotas de café, sino todo lo contrario, existen varios testimonios que desmitifican al poeta y a sus discípulos, pero estas visiones no lograron trascender los muros del convencionalismo literario. A inicios del siglo XX, el historiador Valentín Abecia Baldivieso publicó el libro Gesta Bárbara: antes que el tiempo acabe (Talleres Sagitario, 2000), en el que el autor se refiere brevemente a Sáenz: “Audaz en sus expresiones a veces nada coherentes (…), mucho de muerte, desolación, frío, bajos fondos en Felipe Delgado, el hampa, la taberna, el aparapita o cargador. Muy inteligente, pero incoherente”. Según recuerda Abecia, Sáenz era un bohemio excéntrico insuperable, conocido en el submundo urbano, cuando contaba de fantasías y apariciones lo tomaban como humorista, inventor y quizás impostor.
Al referirse a la narrativa de Sáenz, indica que Felipe Delgado es una novela-narración que en los últimos años tuvo una favorable acogida por parte de sus acólitos que piensan en su luminosa y profunda filosofía humana reflejada en las calles de una ciudad tan suya como La Paz. Con respecto a la escritura del novelista, el historiador manifiesta: “Cuando él pierde el hilo de su narrativa, se hace denso y a veces sofocante, despierta con geniales monólogos que juzgan con palabras que dicen mucho y no dicen nada. Alguien podría decir un sonsonete y otro replicar que es brillante palabrería. Lo irracional en el genio se torna racional y a veces profunda expectación por lo que vendrá luego”.
También se puede mencionar al escritor Jaime Nisttahuz quien trazó un perfil hilarante de Jaime Sáenz en el cuento intitulado Discípulos –parte del libro Inquilinos del Insomnio (Editorial Gente Común, 2008)–. El relato inicia recriminándose así mismo por emitir sus impresiones acerca del afamado Figueredo (que es el personaje que encarna a Sáenz): “Ahora sé que los peores enemigos, no son los que están al frente, sino aquellos que parecen encontrarse a nuestro lado”. El cuentista se pregunta: “No entiendo cómo un poeta escribió semejantes novelones. Lo espeluznante es que haya personas que los lean. ¿O mentirán diciendo que los leen?”. Para responder a esta pregunta, el autor recupera el aforismo de San Jerónimo que reza: “Por imbécil que sea un autor, siempre encuentra un lector que se le parece”.
El relato de Nisttahuz está lleno de sátiras al momento de retratar a los discípulos y al maestro Figueredo, que si uno lee cuidadosamente podrá descifrar a cada uno de sus personajes: “El discipulado comenzó en la Universidad Gramadal. Lo iniciaron un dentista forense con apariencia de duende, a quien dicen mataco por su carácter atrabiliario, y una abogada con cabellos de medusa, más fea que una patada en los huevos”. Al referirse a las raras conductas del duende y la medusa, “dice que encienden velas ante su retrato. Rememorando sus silencios constelados de cosmogonías ultraterrenas (…). Personas que conozco o sospecho que son de su cofradía, carecen de humor. Visten de negro. O para despistar, usan gris, plomo, azul petróleo. Casi todos llevan sombrero negro. Quieren consubstanciarse con la muerte como su maestro. Y hablan igualmente como arrastrando un féretro. Para ellos no existe más que una inasible realidad”.
Acerca de la turbulenta juventud de Figueredo, el cuentista trata de comprender “por qué su mujer, judía, huyó hacia Alemania en plena guerra. Lo sugestivo, él se hizo nazi para ir a buscarla. No la encontró”, curiosamente, sus seguidores nunca cuestionaron la militancia hitleriana de Sáenz.     
En cierta ocasión –escribe Nisttahuz– escuche leer a Figueredo sus poemas: “Me desilusiono. Los leía con voz pastosa (…). Antes, propiamente los declamaba en las farras. Quizá posteriormente se dio cuenta que sólo los poetas menos creativos saben de memoria sus poemas. Los que leyó, eran elogios a la muerte. ¿No es suficiente que la muerte nos embrome la vida? ¿Tenemos además que elogiarla?”. Según relata el cuentista, la vida de Figueredo estuvo llena de imposturas, “como subir a un bus llevando apretado contra el pecho algo mal envuelto en periódicos, que en determinado momento hacía zafar y caer al piso. La gente se apartaba. Y se apartaba más al ver que era una calavera desparramando la sonrisa”. Al referirse a sus acólitos de Sáenz, el escritor Jaime Nisttahuz manifiesta: “Los discípulos se ocupaban de repetir anécdotas de Figueredo. Unas teatrales, otras graciosas, las más grotescas”. En una plática recreada pregunta ¿Cómo es que Figueredo influía a sus discípulos? y su interlocutor le responde: “–Pero a la fuerza. / –Cómo a la fuerza. / –¿No sabías que los hace beber y drogar en su casa?”. En relación a su atuendo indígena, “Figueredo buscaba sobrevivir en su exhibicionismo. Para qué una foto con poncho y lluch’u ¿Quiso remedar a un aymara? Pose”. En otro pasaje del cuento, Nisttahuz indica la curiosa recepción literaria que alcanzó Figueredo, en tal sentido, relata la charla con el editor acerca de los novelones, “le comenté que no pude pasar de la tercera página, me dijo que él ni siquiera pasó de la primera. Le pregunté por qué entonces los había publicado”, y este le respondió: “La moda, la moda, (…) dando una chupada a su cigarrillo”.
Entre las recientes críticas a Sáenz, el filósofo H. C. F. Mansilla publicó el polémico artículo intitulado Una visita a Jaime Sáenz (Suplemento Letra Siete, 12 de mayo de 2019). A raíz de esta nota se generó una efímera discusión, en donde salieron a la defensa del maestro del misterio, el poeta y antropólogo Álvaro Díez Astete con el texto Visita a un texto de H. C. F. Mansilla, y el arquitecto Alfonso Barrero Villanueva con la nota Una réplica a Una visita a Jaime Sáenz, de H. C. F. Mansilla. Ambas replicas fueron publicadas en el suplemento Letra Siete (9 de junio de 2019). A los pocos días, H. C. F. Mansilla rebatió a los apologistas de Sáenz con la nota La fuerza de los mitos literarios, una respuesta a mis críticos (Letra Siete, 16 de junio de 2019), la cual no tuvo respuesta hasta el día de hoy.
Como corolario se puede indicar que a mediados de la década de los ochenta, Sáenz publicó el libro Vidas y Muertes (Ediciones Huayna Potosí, 1986), en el que se halla el texto Un autoretrato, que es en el fondo unas pinceladas acerca de que elementos deberían de tomarse para escribir sobre su persona: “Habría que configurar una imagen a partir de las revelaciones y de las adivinaciones. Habría que tocar el tiempo, el acaso y la circunstancia, lo fortuito, la orientación y lo imprevisible. Los olores y los sonidos, las fechas; los vapores, las lluvias y los vientos. Lo no olvidado, y lo recordado, los hechos pequeños, los episodios pequeños; el acontecimiento sobrenatural (…)”. Acorde con los requerimientos de Sáenz, los fieles discípulos del poeta lograron exitosamente mitificar y magnificar la vida y obra de su maestro, que en la actualidad ejerce una notable influencia en el campo de la literatura nacional. Pero, la gloria retórica con tintes de profundidad es rebatida al encontrar testimonios orales y escritos que ponen en el tapete de la discusión los imaginarios sobrevalorados al bardo de las noches paceñas.   
     
Literato - [email protected]