Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 24 de septiembre de 2019
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Jaime Mendoza frente a la educación del indio

Un análisis a la postura estrecha y conservadora del escritor chuquisaqueño sobre la enseñanza del indígena.
Jaime Mendoza frente a la educación del indio

Algunos intelectuales, antes y después de la fundación de la Escuela Profesional de Indígenas de Warisata el 2 de agosto de 1931, escribieron ensayos referidos a la educación del indio. Uno de esos es del connotado escritor chuquisaqueño Jaime Mendoza Gonzales (1874-1939), autor de En las tierras de Potosí, una de las novelas más leídas en el país. 
El ensayo de Mendoza relacionado a la educación del indio lleva por título Notas sobre la educación del indio el mismo ha sido publicado en la revista Universidad tomo VI de la casa de estudios superiores San Francisco Xavier de Chuquisaca en 1939. Posteriormente ha sido incluido en el libro Antología pedagógica de Bolivia, de Mariano Baptista Gumucio, publicado en 1979 por la editorial Amigos del Libro. 
Jaime Mendoza empieza su ensayo con la siguiente pregunta: ¿Es el indio educable? La misma es respondida de manera positiva; es decir, el indio sí es educable. Sin embargo, la respuesta dada por el autor está muy enmarcada en una postura estrecha y conservadora sobre la educación del indígena, que será el motivo de análisis del presente comentario. 
El autor antes de responder a su pregunta, hace algunas puntualizaciones sobre algunas opiniones vertidas sobre el aborigen. Según él, la intelectualidad boliviana de a mediados del siglo XX tenía dos visiones: la primera, que estaba sostenida por Gabriel René Moreno, consideraba al indio como un lastre para la sociedad y empacas de asimilar la cultura occidental; la segunda, esgrimida por Franz Tamayo, el indio era el depositario de la energía (moral) nacional. Ambas posiciones tan contradictorias carecen de objetividad, más bien son prejuicios personales muy propios de algunos intelectuales y autoridades de la época. El indio, antes y ahora, como cualquier otro ser humano tiene defectos y virtudes; fortalezas y debilidades. 
Por otra parte, en el afán de educar al indio identifica dos experiencias: entre ellas menciona al rol que cumplieron los jesuitas en las misiones de Moxos y Chiquitos; a partir de esa experiencia educativa de carácter colectivista, Mendoza insiste que, a falta de maestros rurales, los curas en las distintas parroquias e iglesias deberían cumplir con la misión de educar a los indígenas, previa formación para tal propósito. La otra tiene que ver con la educación del indio en los cuarteles, que según él es muy limitado, debido a que sólo concurren a esa institución militar algunos que están en la edad de ir al cuartel y no así los niños ni adolescentes. 
Sin embargo, el autor no ve como las más adecuadas a esas experiencias mencionadas anteriormente, porque para él “ni el cuartel ni la sacristía son la verdadera escuela para el indio. Esa escuela está en los campos mismos, en los tugurios donde vive el indio, en su mismo hogar”. En otros términos, la educación del indígena no se debe dar fuera de su contexto ni por otras instituciones que no sea su familia. 
A grandes rasgos, también hace referencia a la escuela rural de Caquiaviri y, sobre todo, de Warisata. Para ambas instituciones educativas, fundadas para educar a los hijos de los indios, anticipa un posible fracaso debido al descontento de los patrones, para quienes en las escuelas rurales se estaba enseñando a odiar a ellos, así como señala: “(…) se inculca en el niño indio el odio contra el blanco. Se habla también de comunismo”. Lo afirmado por el autor, hace entrever que la educación impartida por los maestros en las escuelas de dichas comunidades no sólo estaba focalizada en la enseñanza de la “lectoescritura”, sino también en concientizar al indígena sobre su situación social a partir, sin duda, de las directrices ideológicas del socialismo.  
Por otra parte, también se puede deducir que los maestros encargados de enseñar y concientizar a los escolinos indígenas, siendo a nivel social parte de los citadinos o de los criollos, se estaban desmarcando de ellos, no coadyuvaban en mantener el orden establecido por sus congéneres. En consecuencia, la unidad monolítica de la clase social que explotaba a los indios se estaba resquebrajando, puesto que una misma clase social dividida en conservadores y progresistas tenían su propia postura con relación a la educación del indio: para los primeros era inaceptable la enseñanza escolar del indio; en cambio, para los segundos redimir al aborigen era una prioridad. Los últimos pensaban y actuaban de esa manera, porque eran condescendientes con el socialismo. Ideología que estaba en pleno apogeo, sobre todo, después de la Guerra del Chaco.   
Mendoza cuando se focaliza en la educación del indio, también tiene doble actitud; por un lado, se centraliza en el temor de que el indio instruido en la lectura y escritura, con el transcurrir del tiempo, se de cuenta de su explotación y relegamiento social; para que no ocurra aquello, él dice lo siguiente: “Para nosotros lo previo está en el mejoramiento de la situación económica y social del indio”; es decir, antes de priorizar la formación escolar del autóctono, se debería mejorar su situación económica y social, no a partir de la educación sino al margen de ella.  Asimismo, cuando está con la opción de educar al indio en su propio idioma, aquello no debe ser en cuestiones humanísticas ni científicas, al respecto señala: “El niño indígena, fruto lozano de esa misma tierra, debiera ser educado siempre en el amor a ella, en el conocimiento de sus secretos, en las mejores formas de cultivarla, en el noble deleite de admirar sus paisajes”. Claro está, en su inteligencia no cabe todavía un indio ilustrado en áreas científicas o sociales, sino solo en la agricultura. 
El hecho de que sólo plantee una educación que perfeccione en la agricultura al indio, es una actitud muy limitada del autor. Actitud que se hace más visible cuando se refiere a los hábitos que, según él, deben ser enseñados con cautela para que los indios no se puedan malear, tal como indica: “(…), no hay que inculcarle, a título de civilización, prácticas que a la larga le resultarían dañosas. Ahí está la enseñanza del alcoholismo (…)”. En aquella afirmación tan recelosa, se confunden los hábitos con los vicios que no son aprendidos, porque son opciones que dependen de la voluntad de uno. Al pretender enseñar sólo algunos hábitos al autóctono, se estaba enmarcando en una educación parcializada, tal vez con el fin de que los comportamientos muy propios de la casta dominante, no sean emulados. El provinciano no tiene que ser como el citadino, parece que fuera la consigna. 
En conclusión, si bien Jaime Mendoza en su postura está de acuerdo con la educación del indio, la misma se debe dar de manera exclusiva en la agricultura y no en otras áreas de la ciencia. En cuestión de los hábitos también es participe de enseñar, pero sólo en algunos que no alteren sus “buenas costumbres”. Por temor de que el indio ilustrado interpele a sus explotadores, plantea una educación restringida y en su propio espacio rural para que no afecte, sin duda, los intereses personales o grupales de la clase social que vivía cómodamente gracias al trabajo que realizaban los indios en sus haciendas y minas.

Educador y sociólogo - [email protected]