Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de septiembre de 2019
  • Actualizado 04:17

Investigadores a la carga del cubo blanco

Sobre la experiencia de vivenciar el arte, condicionada por los formatos expositivos que se ofrecen desde las diferentes instituciones.
Investigadores a la carga del cubo blanco

La investigación en el campo de las artes contemporáneas exige que se piense también en los canales de difusión y presentación expositiva de sus resultados. Existen museos donde se anuncian exposiciones como producto de investigaciones (sociológicas, etnográficas, antropológicas…), y entonces lo que se exponen son fotografías, a veces breves textos o celuloides explicativos, líneas de tiempo históricas, cuadernos de notas y una selección de objetos cuya presencia hace alegoría al tema en cuestión; los que optan por más recursos audiovisuales presentan incluso videos de registros de la experiencia previa a lo expuesto, correctamente etiquetados con una pequeña ficha técnica a un lado. En su conjunto, este método es válido, está consensuado como mecanismo que permite compartir conocimientos con una comunidad. Estas exposiciones se construyen también en base a la suma de instalaciones algo aisladas entre sí. El visitante, el espectador que llega al museo, deberá orientarse por sus propios medios para reunir significativamente los trozos de sentido que la exposición le lanza por aquí y por allá, y en el espectador estará la misión de costurar algún breve significado o discurso para llevarse a casa y sentir que la experiencia fue provechosa.
Artísticamente es demasiado convencional, y para efectos de investigación, es cuestionable cuánto conocimiento realmente se logra transferir a través del cubo blanco. Nuestra hipótesis consiste en señalar que las investigaciones que se exponen en museos, galerías y centros culturales deben ocuparse no solamente de producir buen archivo de imágenes e información documental, sino que deben también cuestionar el modo en que se subyugan a una ideología museográfica del cubo blanco –tan establecida en el mundo expositivo del arte-. Normalmente las investigaciones sociales se internan en el mundo editorial de los libros una vez que se piensa en cómo plasmar los resultados de las mismas. Pero cuando se elige transferir partes de esos conocimientos a través de la reorganización y ocupación artística de espacios, se requiere comprender las coerciones invisibles del espacio y la organización de la mirada del espectador.

La experiencia de vivenciar el arte está condicionada por los formatos expositivos que se ofrecen desde las diferentes instituciones del arte. Ahora, seamos reales, no se puede pensar en una experiencia de cero condicionamientos ni de abolición completa de los intermediarios. No existe, siempre se organiza la presencia en torno a un marco que ya nos antecede con ciertas manipulaciones visuales. La bibliografía recomendable sobre el tema es muy variada y estimulante: Dentro del cubo blanco. La ideología del espacio expositivo de Brian O’Doherty es uno de los textos más influyentes al respecto; también El museo fuera de lugar, de Jaime Iregui, disponible en la web de “esfera pública”; Fuera del cubo blanco. Lecturas sobre arte público contemporáneo de Ignacio Szmulewicz, sobre distintas maneras de intervención en la calle o en los espacios públicos.

El cubo blanco
Es necesario, tanto en las artes como en la filosofía, identificar contra qué se piensa, a qué se resiste. Decir cubo blanco es referirse a un régimen de organización de la sensibilidad. La esterilidad, descontextualización y simplismo del cubo blanco solamente promueve cierto tipo de sensibilidad, que se vuelve repetitiva con el tiempo, falta de rupturas y sorpresas. Se trata de una estrategia expositiva ideada en el siglo pasado, pero en su mayoría no es percibida como un problema, sino como un manual de procedimientos estándar que siguen al pie de la letra curadores y programadores de espectáculos artísticos. Cuando necesitan oscurecer la sala lo convierten en una caja negra, pero en el fondo es casi lo mismo: es una suerte de aparato represor al interior de las artes contemporáneas. Brian O,Doherty recalca que después de la posmodernidad, el cubo blanco dejó de ser neutral. “La pared se convierte en una membrana a través de la cual se produce una ósmosis entre valores estéticos y valores comerciales”.
-Preserva la posibilidad de arte, pero lo hace difícil.
-Es la única convención importante por la que ha pasado el arte.
-Lo que lo mantiene estable es la falta de alternativas.
La pregunta aquí es no solamente para el artista, sino también para el investigador: Cuando acepta este espacio expositivo, ¿se revela como conformista con el orden social? ¿Qué debería hacer? Ser crítico, crítico con el contenido simbólico que carga consigo el cubo blanco, que en verdad no está nada blanco. En las paredes inmaculadas de las galerías se subsumen el comercio con la estética, las reglas de valoración determinadas por el mercado, la conveniencia y el intercambio social. El cubo blanco responde a la imagen de la sociedad que la promueve. Brian O,Doherty remata: “El malestar con la galería ¿es el malestar con el estado debilitado del arte, su asimilación y su condición de vagabundo como refugio de fantasías sin hogar ni formalismos narcisistas?
Me hablan de arte pero lo que veo muchas veces en esos espacios esterilizados son residuos de experiencia, residuos colgados, huellas, girones, cenizas, harapos, desechos… colocados de una manera bella, estética por así decirlo, simétricamente, a una altura correcta, pensados para la vista de un homo-erectus erguido que se aproxima a la pared.
Qué lejos estamos de superar la situación si seguimos organizando bienales de arte y exposiciones que se amontonan unas sobre otras, año tras año, enfocándonos solamente en una parte del asunto, en la mirada del artista, en la producción del artista y en cómo la institución y el circuito, cuando existe, lo asimila, lo proyecta, lo exhibe, lo hace circular. Hace falta idear otro tipo de espacios y experiencias para acceder a la subjetividad de los artistas, en un espacio de encuentro e intercambio por fuera del acontecimiento mismo de la obra. ¿Conciertos-didácticos? ¿Escuelas de espectadores como la de Jorge Dubatti en Buenos Aires?
Lo cierto es que el espectador está condicionado, contaminado por su época, por lo que se dice, por los problemas ya instalados en su sociedad, por las propagandas que lo bombardean todo el día, por las miles de respuestas prefabricadas que ya le han vendido con otro nombre, por los supuestos que le permiten vivir sin hacerse mucho drama ni cuestionarse lo que parece debe ser algo muy práctico para poder ganar dinero sin afligirse demasiado y lograr capitalizarse. El espectador se va con todo eso al museo, lo lleva a cuestas. El cubo blanco lo espera. Y los agentes del sistema, los comisarios, los curadores, los programadores, aun sin saberlo del todo, muchos de ellos, solamente repiten el discurso ya establecido: “el espectador debe completar la obra, porque su papel debe ser activo”. Pues claro que completa la obra, si hay una serie de guiños o de disparadores que lo pueden llevar simplemente a poner en juego esa carga de supuestos que lleva consigo, las respuestas prefabricadas, los prejuicios… Son esas sus taras, luego vienen sus herramientas: la memoria y la imaginación. Pero la memoria la cree fabricada para acceder a aquello que ya ocurrió y no se repetirá, mientras que la imaginación está medio oxidada porque se usa en cuestiones hipotéticas de adelantarse a lo que no ha pasado. Pero en ese juego no parece haber nada claro. El artista no tiene idea de cómo fue que el espectador “completó la obra”, o “le dio sentido a la obra”, simplemente asume que lo hará, lo hizo, de hecho, debería ser capaz de hacerlo, si no lo hace de todos modos es su culpa, por aburrido, por falto de imaginación, por insensible…
¿Cuándo nos ocuparemos del espectador en serio? Es solamente una consideración para redondear, son algunas de las preocupaciones que pululan en el campo de la investigación artística, y de las investigaciones sociales que acuden al espacio expositivo para difundirse. En resumidas cuentas, el problema es todavía de tinte kantiano: ¿cuáles son las condiciones de conocimiento del arte que permite la museografía del cubo blanco?   
Filósofo e investigador - [email protected]