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  • Diario Digital | domingo, 19 de mayo de 2024
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Inteligencia y buenas personas, el Instituto Eduardo Laredo

Un artículo en defensa del modelo de educación integral que desarrolla la institución cochabambina, que en días pasados movilizó a padres de familia alarmados por cambios administrativos
Inteligencia y buenas personas, el Instituto Eduardo Laredo

Ubicado en la zona urbana de la ciudad de Cochabamba, el Instituto de Educación Integral y Formación Artística Eduardo Laredo (IEL) es hoy un modelo educacional reconocido internacionalmente. Nace en la década de 1960 y fue fundado por Franklin y Rafael Anaya Arze -dos hermanos comprometidos con la formación musical en su ciudad-, junto a un grupo de ciudadanos que acompañó y apoyó el proceso, conformando una respuesta innovadora al contexto educacional de entonces. Para ello establecieron una escuela cuyo concepto de educación articulara principios teóricos y prácticos de la música, fundamentalmente coral y de piano, así como algunos otros instrumentos musicales y danza clásica.

La escuelita, como le llamaban por entonces, se estableció con pocos estudiantes y un grupo de maestros y artistas que trabajaron ad honorem durante tres años. Durante esos primeros años de su funcionamiento demostró eficacia para la formación integral y artística de sus educandos mediante la selección de jóvenes destacados por su talento, la aplicación de métodos pedagógicos modernos y el concurso patriótico de meritorios maestros. A partir de 1964, la escuelita cuenta con el reconocimiento estatal y la dotación de una pequeña partida presupuestaria por parte del Estado, como se menciona en su primera resolución ministerial.

Sin embargo, desde su inicio ha confrontado con las políticas educacionales estatales que han venido poniendo en riesgo permanente su subsistencia. Los cambios en el escenario político y las distintas administraciones del Estado boliviano no han generado y menos consolidado una educación efectiva en términos de enseñanza y aprendizaje, sino un sistema de reproducción de las ideas políticas de turno, todo ello junto a un magisterio sindicalizado, pragmático y enfocado sus propios intereses, que no ha aportado -salvo contadas individualidades- a optimizar los procesos de la educación boliviana.

La educación como política es siempre violenta. La política educativa boliviana ha sido siempre contraria a este proyecto de educación integral en todo sentido; administrativa, académica, filosófica y pedagógicamente. De alguna manera, este proyecto encontró dónde refugiarse en la figura de “patrimonios culturales” de la CPE de 2010 y en la ley de patrimonios culturales N°530 del Estado Plurinacional de Bolivia. Después de numerosas gestiones, a las que se debe una extensa explicación, se consiguió a nivel nacional una ley específica de patrimonio cultural para el IEL, sancionada por la Asamblea Legislativa y promulgada por el jefe de Estado en abril de 2011; la Ley 123 del Estado Plurinacional de Bolivia protege en la dimensión cultural esta experiencia educativa. 

Posteriormente se abrieron nuevos espacios. En el año 2018, la ley del Departamento de Cochabamba N°839 declara al IEL como “Patrimonio Cultural y Educativo” y en 2021, y a nivel internacional, la Res. 06 del Parlamento Andino de Sudamérica, integrado por los países Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, reconoce al IEL como un referente patrimonial y educativo de esta zona andina de países. Aun así y pese a su protección patrimonial, la lucha de décadas con el Ministerio de Educación y sus agentes burocráticos no se ha agotado y el camino muchas veces se inclina cuesta arriba.

El crecimiento del IEL ha sido paulatino. Tras décadas se podría decir que, sin haber sido ese su fin en sí y sin esperarlo, se ha consolidado como un sistema de formación integral y artística, que, además de ser lúdico y entretenido para los estudiantes, cuenta con una malla curricular completa para una formación sólida en las áreas de música, danza y teatro, cuenta con los maestros necesarios y, sobre todo, con la afición genuina de estudiantes que son felices con su escuela. Actualmente, la especialidad de Música del IEL contiene una amplia gama de posibilidades a nivel académico, se enseñan todas las familias de instrumentos y se cuenta con una orquesta sinfónica juvenil y otra de niños, coros y canto lírico, así como danza moderna contemporánea y artes escénicas teatrales.

Con una población de alrededor de 800 estudiantes, esta institución, única en su tipo, no puede dar cobertura a la demanda que recibe anualmente de la sociedad y las solicitudes de ingreso quintuplican la capacidad de recepción anual de estudiantes. Los estudiantes realizan una serie de manifestaciones artísticas aportando a la difusión de la cultura. Esta población estudiantil oscila entre los 7 (edad de ingreso) y los 18 años (edad de egreso). Desde el ingreso en primaria, después de 10 años de cursar un programa que combina la currícula humanística con una currícula académica en artes, se obtiene el bachillerato humanístico formal pero no así el reconocimiento formal de la formación en artes. Esa es una injustica de la que es responsable el Ministerio de Educación.

En el Instituto Eduardo Laredo, la formación en artes se lleva a cabo de manera teórica y práctica, en cargas horarias similares a las de la educación regular y formal, es decir, a la currícula de humanidades, alcanzando en la actualidad en los sistemas separados de Música y Danza 7 mil horas académicas cada una, distribuidas a lo largo de 10 años, entre 3ro de primaria y 6to de secundaria. La especialidad más reciente, Teatro, cuenta ya con una experiencia de más de dos décadas y con una carga horaria de 4 mil horas académicas que se desarrollan en los últimos cuatro años del bachillerato, para estudiantes que han optado por esta especialidad.

El clima y la atmósfera colectiva en el IEL es muy especial y la población estudiantil, por lo general, no se encuentra expuesta a los medios de comunicación de contenido cotidiano, sino a los puntos de conexión que las tres prácticas artísticas generan en su cotidianidad. Por ejemplo, las asignaturas de Coros, Historia de las artes e Historia de la música son espacios compartidos entre estudiantes de las tres especialidades. Asimismo, otras actividades propias de cada especialidad pueden encontrarse en las prácticas, en el escenario, como fue la experiencia de las óperas estudiantiles, de todas las edades, titulada “Musicuentos”.

Inmersos en una de las tres líneas de artes, los estudiantes -cada quien con una malla curricular artística específica y paralela a los contenidos de las humanidades- no quieren irse a sus casas después de las clases. Quieren realmente quedarse en el instituto y esto es literalmente opuesto a lo que ocurre por lo general en las escuelas. Se dedican al quehacer cultural por la mañana (de 07:30 a 12:30) y por la tarde (de 14:30 adelante, algunas veces hasta las 20:40 horas según el grado paulatino de avance de los contenidos por secuencia de los grados cada año). 

¿Por qué una institución de esta naturaleza no puede desarrollarse más o crecer más rápidamente, de acuerdo a curso natural? El Instituto Laredo contiene en sí la sistematización de una experiencia que lamentablemente poco tiene que ver con la práctica educativa formal del Estado, o por lo menos, con la manera en que ella se aplica actualmente la reforma de la Ley 070, reforma educativa que ya no es nueva y que pronto dejará de ser novedosa porque la recomencción de la UNESCO y sus agencias para la educación del siglo 21 consiste precisamente la incorporación de las artes a la educación.

El modelo del IEL entiende que las artes son esenciales para la niñez por su incidencia en el desarrollo cognitivo y son necesarias en la formación del ser humano. Por otro lado, es necesario que las artes se estudien con rigor académico y transversalización curricular desde la primaria hasta terminar la secundaria, pues los artistas profesionales deben formarse desde la más tierna infancia. Sin embargo, para el Ministerio de Educación, la formación artística se reconoce formalmente solo después del bachillerato y su formalización normativa está a cargo de técnicos que responden el Viceministerio de Formación Superior (desligado de la educación escolarizada) y que, por ende, no comprenden -no quieren comprender- el modelo del IEL.

Acorde al derecho universal a la educación, para el IEL la educación debe concentrarse en las aptitudes de cada niño/a y su vocación, por lo que el proceso educativo debería recurrir a las tendencias cognitivas naturales. Por eso mismo, cada año se evalúan las capacidades rítmico melódicas de la nueva generación de niños/as en cada proceso de admisión, y por ello nos han sindicado de discriminación. Pero, para el Ministerio, la educación debe ser igual para todos, entonces hay que homogeneizar, pero ojalá un día la educación emprendiera vuelo y se dirija hacia arriba, donde se pueda homogeneizar para mejorar y no al revés. El sistema de educación que ofrece el Ministerio a la niñez y juventud bolivianas es dependiente del Viceministerio de Educación Regular y, como ya se ha señalado, no dialoga ni se combina con el Viceministerio de Educación Superior.  Dado ese obstáculo, el Ministerio no sabe qué hacer ni cómo proceder con el modelo del IEL. Pero, como me han dicho autoridades y técnicos de Educación Regular, “la educación tiene la materia de música”, lo que, según ellos, es más que suficiente. 

Ahora bien, el IEL imparte la educación formal al que el sistema escolarizado obliga, pero la mejora y enriquece con un programa de formación artística. Es decir, incluye la currícula formal en una doble malla curricular y su población estudiantil asiste en dos y hasta tres turnos a las aulas. Se trata de una paradoja para los esquemas administrativos y burocráticos, hace cortocircuito, no se entiende, propone, interpela, transgrede.

Según el Ministerio, para seguir funcionando debe desmembrarse en dos instituciones separadas: por una parte, una escuela y, por otra, una academia de educación superior. Eso ya ha sucedido con un modelo laredista en Santa Cruz, el Instituto Bellas Artes, como ha sucedido también en Quillacollo con el Instituto Franklin Anaya Arze. Y más aún, es tan problemática la administración de la formación artística que ha afectado al propio Conservatorio Nacional en La Paz, que en años anteriores ha sido intervenido por los técnicos del ministerio que removieron a su director, y así también con la Academia Man Césped de Cochabamba, que ha tenido severos problemas con la atropellada designación de sus autoridades.

El IEL ha podido mantenerse a flote gracias a sus leyes patrimoniales 123 y 839 y gracias a las continuas resoluciones ministeriales que durante los últimos 10 años se han tramitado para evitar fatigas: RM 557/2016, RM 675/2018, RM 232/2021, RM 1004/2023 y posteriormente la 323/2023, estas dos últimas sin el pleno del Directorio Interinstitucional, y excluyendo unilateralmente al Ministerio de Culturas. 

Sin embargo, esta vez la hicieron como en película de acción; rápidos y furiosos se saltaron la normativa propia de las Resoluciones del Ministerio, la Constitución Política del Estado, la Ley 530 de patrimonios culturales, las leyes 123 y 839 de declaratoria patrimonial y la Resolución del Parlamento Andino 06, para designar y posesionar autoridades para el IEL sin el Directorio Interinstitucional, sin perfiles profesionales y sin convocatoria específica, que son “requisitos que dicta la normativa vigente” (expresión que, curiosamente, les gusta tanto repetir decir a los burócratas). 

En los últimos días, en la prensa se ha reportado que, ante la protesta masiva de padres y madres de familia, estudiantes y maestros/as, el Ministerio ha dado un paso atrás. Es lo que corresponde, es lo correcto y es su deber. Debe ceder de una vez por todas y aceptar que el IEL no es una amenaza para la reforma, es un potencial de reforma que hay que proteger y el camino para ello es la reglamentación biministerial entre los ministerios Educación y Culturas, como dicta el artículo 2 de la ley específica N° 123.

Muchas veces oí a mi abuelo relatar la siguiente anécdota mientras aspiraba tranquilamente el humo de sus Derby antiguos. Hacía una alegoría de la educación integral y comenzaba el siguiente relato que traigo a mi memoria como si acabara de escucharlo hace apenas un par de minutos.

“Dos niños se hallaban en la puerta del Instituto Laredo a la hora de salida en la tarde, al ocaso. Discutían por dónde irse, teniendo en cuenta que recorrían juntos la mayor parte del camino que llevaba a cada uno a su casa. ‘Por aquí’, decía uno, señalando hacia el puente de la Recoleta. ‘No, mejor por allá’, decía el otro, apuntando hacia la alameda de la Ramón Rivero. ‘Pero por la Recoleta es más corto…’. ‘Sí, pero por la alameda es más bonito el camino’. ‘Tienes razón, ¿vamos?’. ‘Vamos’. Los dos amigos partían juntos, abstraídos en el paisaje y en las conversaciones de su tierna juventud. La clave de la educación es despertar en el ser humano la estética de la vida, en el uso armónico emotivo y racional del espacio vital, la ciudad y la vivienda”, sentenciaba el abuelo en su sillón de filósofo.

He llevado a cabo investigaciones empíricas, he podido verificar que las artes tienen una incidencia real en el desarrollo cognitivo y, así como el deporte, deben ser incorporadas en la educación en iguales proporciones que otros contenidos, deben ser parte fundamental de la educación cotidiana con calidad y con la misma extensión de tiempo que la currícula en humanidades y, porque me lo preguntaron, digo, nos hacen más inteligentes, pero no necesariamente buenas personas, que es lo que necesita el país, como los hermanos Rafito y Franklin, buenas personas.

PhD (c), exdirector del Instituto Laredo (2006-2023) - [email protected]