Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de septiembre de 2019
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Incógnita y materialidad de la ausencia en La Equis

La editorial alteña Sobras Selectas presenta el debut literario de Luis Raimundo Quispe Flores, con su novela La Equis. Esta obra fue recientemente presentada en La Paz y se encuentra disponible en varias librerías del país. <br>
Incógnita y materialidad de la ausencia en La Equis

La novela de Quispe Flores presenta varios ejes a los que es necesario atender en el análisis del texto. En primer lugar, se trata de la particular configuración de un espacio que, hasta hace muy poco tiempo, no aparecía en la literatura boliviana de manera evidente. El Alto, ciudad en constante expansión, de voraces terrenos ganados al altiplano, lugar de asentamiento de migrantes, es, también, el espacio de la esperanza, de la concreción de nuevas oportunidades. Un territorio apropiado, ganado, creado desde la inexistencia, desde el lugar de la nada. En términos territoriales, representa la conjuración de la ausencia, porque El Alto se yergue, orgullosa, donde antes no había nada. Cuando el narrador en primera persona de La Equis se refiere a la territorialización de El Alto, entrelaza la experiencia con la construcción de una presencia en el lugar de la ausencia. Así, la ciudad es un lugar que se presenta como tercera opción entre el campo y La Paz: “mi padre se enteró de que aquel sitio crecía poco a poco y que mucha gente como él comenzaba a habitarlo”. La idea de la proyección de El Alto como ciudad en proyecto, como perspectiva de ciudad, atrajo al padre del narrador quien decidió establecerse con la familia en ese lugar inhóspito que se alzaba entre el altiplano y la hoyada. Como espacio “intermedio”, El Alto y sus habitantes crecen robustos ante la adversidad, poniendo en juego las diversas prácticas que la creatividad les permite, transitando ese espacio abigarrado, complejo, que se entrama y se anuda con la subjetividad de quienes la habitan. La Equis trata de esas relaciones complejas. O, más bien, se trata de que esas relaciones, complejas, se inscriben en un texto que coloca como espacio narrativo fundamental a la ciudad que más creció en Bolivia en los últimos años.
Así como la cartografía de la ciudad se imprime en el texto, también la cartografía de vida del narrador se entrelaza con la narración de las vicisitudes familiares. Las peripecias del narrador no se escalonan en la novela como artificios de la experiencia, sino que la voz narrativa quiere posar su mirada sobre un pasado que es revisado desde el presente.
En segundo lugar, y en relación con el primero, la novela trata sobre un intento de reposición de la ausencia en presencia, o, más bien, trata de la conjuración de la ausencia a través del relato de experiencias de vida que se suponen reparadoras y que organizan la vida en un tiempo presente. No obstante, la ausencia es el hálito que atraviesa todo el texto. Una ausencia que se metaforiza como una incógnita: la X.
La representación de la incógnita por una X o la conjuración de la ausencia en su materialización X, supone, en el marco de la estructura narrativa, el hilo conductor de la historización de las experiencias de los personajes. Así, el pasado del padre se funde y actualiza con el pasado de los hijos, y las proyecciones del tiempo presente hacia un tiempo futuro involucran la participación de toda la familia. Ahora bien, el tiempo alcanza un constante valor de presente en la rutina, también ritualizada, de la elaboración del pan. El pan, entonces, adquiere un valor simbólico como motor laboral, como centro de producción familiar, como actividad que regula y administra el tiempo de la familia. El pan y, en el caso del narrador, las letras, son las materialidades en las cuales se apoya la existencia.
La escritura es, para el narrador de La Equis, no solo una práctica como la de amasar el pan. Ambas, si bien revisten un proceso creativo vinculado a un “hacer”, son actividades que pretenden satisfacer una necesidad material. En el caso del oficio de panadero, se involucra la necesidad de la satisfacción económica mediante un hacer noble que vincula al panadero con su comunidad. En el caso de la escritura, se trata de realizar un ejercicio de “cerrar” cuentas con el pasado. Si el oficio de panadero vincula el presente con el futuro, el futuro inmediato en el cual serán consumidos los productos de ese hacer, en el oficio de la escritura se piensa el pasado y sus proyecciones en el presente con el objeto de explicarlo. Las reflexiones del narrador en relación a su pasado y a los personajes que lo integraron –en su mayoría la novela refiere a otros lazos familiares menos constantes que los hermanos y el padre, pero de cierta relevancia en momentos específicos de la historia del narrador– sugieren menciones que tienen el objetivo de agradecer o rescatar del olvido esas intervenciones. Las disculpas, los perdones, el reconocimiento de la importancia de esas relaciones, desnudan la subjetividad del narrador. En definitiva, La Equis narra la trama personal del pasado del narrador en un proceso de escritura que se (en)trama con la trama personal del presente del narrador en el relato. La escritura, entonces, es la actualización de ese (en)tramado, es su conjuración y el espacio del agradecimiento y del reconocimiento.
La Equis de Quispe Flores, entonces, configura la territorialización de la ausencia a partir de una marca que se potencia en la polisemia del signo. La X es, por un lado, un mojón, una marca territorial en la que El Alto adquiere su máximo sentido como espacio narrativo. En la territorialización de la ausencia, El Alto es el lugar en el que se escriben las experiencias y las emociones en su propia lógica de ciudad encabalgada entre el altiplano y la hoyada. Pero, además, la X es una marca que expone la incógnita de un pasado desconocido, provocado por la ausencia de una figura que trastocó la conformación familiar del narrador, que atraviesa el plano de las emociones de los personajes. La X es, entonces, una marca material –territorial– y una marca emocional. El narrador cierra las cuentas con el pasado al exponer una intención: la de visitar a la madre; porque la incógnita debe resolverse, debe despejarse. El narrador es quien asume, finalmente, que las líneas que trazan la X “abren y cierran en forma infinita” las páginas que conforman el texto; y esto es, para los lectores, la llave que posibilita sus efectos de lectura.


Doctora en letras