Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de octubre de 2019
  • Actualizado 15:14

In memoriam Roberto Guilhon: Coda de la serpiente

Un repaso cinematográfico y musical a la carrera del actor y director de cine cochabambino.
In memoriam Roberto Guilhon: Coda de la serpiente

La devoción por los directores de cine es algo que practican los estudiosos, los críticos, los cinéfilos patológicos, es una cuestión más próxima al interés académico y/o informado. En cambio, el público que busca en el cine el viaje inmediato, el placer, la relación salvaje e intuitiva, tiende a seguir a los actores. Es más fácil sentir empatía por la persona que tenemos al frente, a la que acompañamos en sus aventuras y desventuras, que por el realizador, por esa suerte de Mago de Oz invisible, que controla los hilos de la cinta. Alguna vez José Pablo Feinman afirmó que el amor por los directores era una cuestión de críticos, que los escritores prefieren a los actores y a las actrices. Reconociendo en los primeros un gesto racional, en cambio en los últimos uno emocional. Los personajes nos permiten volver a disfrutar del cine de manera primaria y directa, de manera esencial.
Con frecuencia, cuando los bolivianos vemos una película realizada en nuestro país asumimos una posición cercana a lo racional, no buscamos entretenernos o tener una relación sensible con la obra, buscamos que nos defina como país, que nos diga algo sobre nuestra identidad, que retrate nuestra realidad, que nos ofrezca respuestas a nuestras dudas existenciales o estéticas y, ante todo, que tenga una postura clara sobre cuestiones de alto interés nacional. A pesar de ello, algunos personajes han logrado relacionarse con el espectador de forma trascendental, superaron la dictadura de lo meramente académico  y/o patriotero, se hicieron parte de nuestra formación emocional colectiva. Entre otros y otras, pienso en Sebastián Mamani en La nación clandestina, en Don Vito en Mi socio, en Jesús en El corazón de Jesús o en Domingo en Cuestión de fe. Al menos, para mi generación creo que algo similar pasó con los personajes que interpretó Roberto Guilhon. Fue mi amigo, lo consideraba una persona especialmente agradable, talentosa y divertida, su enfermedad y su muerte me entristecieron de manera profunda, pero en estas líneas no me interesa hacer públicas confidencias personales, eso me lo permitiré en otros espacios. En este texto me limitaré a lamentar la pérdida de uno de los grandes actores del cine boliviano.
Cuando se estrenó Lo más bonito y mis mejores años, estaba muy conmovido por diferentes motivos, entre ellos por que era la opera prima de un tipo junto al que había crecido de distintas maneras, pero además porque era un pincelazo de esa vida, de ese mundo tan cercano, de la urbanidad cochabambina de la que muchos quisimos escapar, pero a la que volvimos irremediablemente. Salvo por una aventurada y poco reflexionada exclamación entre amigos, fui incapaz de dimensionar la importancia de la película para el cine boliviano. O, al menos, no pude superar el pudor de verbalizarla, buscando vanamente evitar todo tipo de acusación de nepotismo. Durante lustros, en público y por escrito, afirmé que Dependencia sexual fue el gran rompe aguas del nuevo cine boliviano. Pero después de haber charlado con algunos realizadores y de haber visto sus obras, entiendo que la opera prima de Martín Boulocq dejó una larga sombra en el cine de Miguel Hilari, Eddy Vásquez, Kiro Russo, Diego Revollo o Juan Álvarez, entre otros. Estoy convencido de que el aporte de Roberto, encarnando a Víctor, fue fundamental para que Lo más bonito sea lo que es para muchos. Ese parlanchín que soñaba con editar una revista erótica, que se pasaba los días trabajando en un video club, recomendando películas a sus cuates, y tratando de encontrar un escurridizo sentido a su existencia, ese sujeto que tenía por método fundamental la improvisación, se parecía demasiado a nuestros pares. Si Berto parecía una construcción, un pez fuera del agua, una anomalía en el paisaje, Víctor contenía el espíritu de esos que una vez fuimos.
En la segunda cinta de Martín Boulocq, nos enfrentamos a un actor tomando decisiones contrarias a las que habían construido a Víctor. Toño es la contención y la resistencia, era ese nosotros que seguía en pie a pesar de que la vida se esforzaba por tumbarlo. Como si la risa se le hubiese agotado, Toño parecía haber asumido que lo que quedaba era seguir empujando la roca contra la pendiente.  Hace algún tiempo, Andrea Camponovo me comentó las dificultadas que tuvo para lidiar con Ana, su personaje en Los viejos, para poder salir de ella. En esa conversación, de manera casi velada, dejó entender que esa película, tremendamente emocional, también exigió mucho de Guilhon. Para ella enflaqueció físicamente, así como también lo hizo su voz, su presencia. Hasta antes de las secuencias finales, da la impresión que está haciendo todo lo posible por no estallar, por evitar despedazarse frente a la cámara. A diferencia de lo que hizo en Lo más bonito y mis mejores años, en su segundo papel protagónico las palabras parecen salir poco naturales, forzadas. Lo que a primera vista podría ser una falla actoral, es un trabajo formidable en la construcción de un personaje que está evidentemente incómodo en el mundo, que apenas puede lidiar con su estar.
No me interesa hacer paralelos entre la vida de Guilhon y sus personajes, pero su experiencia migratoria marcó lo que hizo con Snake en El olor de tu ausencia de Eddy Vásquez. En ella, vuelve a encarnar a un sujeto marginal, esta vez es alguien que está dispuesto a hacer lo que sea antes de verse forzado a volver a ser un despatriado, alguien que se guía por la moral de la supervivencia, para el que todo código puede ser quebrado, incluso el del lenguaje. Si Víctor no puede dejar de hablar, si Toño no puede hablar, Snake lo hace con una lengua trabada y bastarda, con orígenes múltiples, que es un constructo de la carencia, que parece ser una imposición de la precariedad y de la exclusión. Como si se tratara de Cronos, Roberto Guilhon devoraba a sus creaciones, a sus personajes, terminaba siendo ellos.
La primera vez que lo vi fue cuando era el vocalista de la banda Inside the ion. Desde entonces se vislumbraba a un interprete singular y potente, más allá de que en esa época parecía que lo que buscaba era parecerse a Maynard James Keenan. Guardando distancias, tenía una cualidad que comparten algunos músicos que incursionaron en la actuación, como Tom Waits, John Lurie o Iggy Pop: enfrentan las escenas siguiendo un ritmo que solamente parecen escuchar ellos. Tienen una capacidad para oír lo que los rodea y generar una suerte de sinergia, siendo conscientes que su presencia complementa a un todo. Por ejemplo, frente al silencio del Berto de Juan Pablo Milán, disparaba palabras disparatadas, saturándolo todo; ante el quebrado silencio de la Ana de Camponovo, respondía con un silencio igual de roto, generando vacía; frente a la furiosa verborragia del Troy de Rodrigo Lizarraga, Snake mordía las palabras justas, dando gravedad al momento. Los que lo conocieron admiraron su generosidad, como actor eso se refleja en que contribuía a que su coprotagonista brille y que la escena se complete de sentido.
No creo que haya nadie que pueda negar la gran presencia y la fuerza que tenía Roberto Guilhon en la pantalla. Lo que llama la atención es que más que tener control sobre ella, parecía que esta lo rebasaba, lo superaba, seguramente, por eso era un elemento imprevisible en el cuadro. Quizá, este podría ser el momento de describirlo como nuestro John Cazale local, un actor que con un puñado de obras demostró que su creatividad y compromiso son difícilmente equiparables. Pero eso sería una vulgaridad, una salida fácil. Lo que nos dejó con Victor, Toño y Snake, es el tipo de compañía que necesita el que ama el cine: primaria, incondicional, sin medida.
Docente e investigador - [email protected]