Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 14 de agosto de 2022
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Imágenes, miradas y una expo

Un análisis del ataque reaccionario que sufrió la exposición “Revolución Orgullo”, en Santa Cruz, y de la complicidad de los medios hacia los actos violentos e intolerantes perpetrados por grupos conservadores de la capital cruceña
Momentos en que la obra es arrancada de la pared para luego ser destruida.            EL DEBER
Momentos en que la obra es arrancada de la pared para luego ser destruida. EL DEBER
Imágenes, miradas y una expo

No vean, no me representa  

El pasado lunes 13, en la plaza 24 de Septiembre de Santa Cruz, un hombre exigió que se retirase la whipala de dicha plaza aduciendo que ese objeto no le representa y que dicha solicitud se funda en el amor por su tierra. El martes 14, al día siguiente, una docena de personas irrumpieron en la exposición artística “Revolución Orgullo”.

La exposición “Revolución Orgullo”, inaugurada el pasado 9 de junio, organizada y curada por el colectivo “La Pesada Subversiva y población de hombres trans y no binaries de Santa Cruz” de la ciudad de Santa Cruz y emplazada en el Museo de la ciudad Altillo Beni, fue objeto de un ataque bajo la acusación de albergar imágenes ofensivas que, por tanto, debían ser destruidas, produciendo con ello imágenes de la destrucción de imágenes que distribuyeron ellos mismos por redes sociales. Este ataque, por el perfil de los perpetradores, autodenominados “activistas por la democracia”, no solo refuerza su vocación antiderechos, por supuesto, sino que desnuda su rechazo y deseo de expulsión de la diferencia que caracteriza a estos grupos. 

El sentimiento de ofensa sobre las imágenes puede codificarse en dos operaciones: la intolerancia frente a su contenido, pues afecta el sistema de creencias del espectador, la audiencia, lo cual es más usual de lo pensado, pues genera rechazo e ignominia que se expresa en la censura o incluso destrucción de imágenes. Otro elemento operativo sobre el mismo sentimiento es la intolerancia frente a las imágenes violentas, lo que genera la reacción de mirar a otro lado, evitar el encuentro con la misma, no dejarse ver ni atrapar por la imagen. De ambas se despliegan acciones. De la primera, solo es posible la ofensa, en tanto se reconoce y atribuye a la imagen un estatus de verdad e incluso existencia similar a la de otro sujeto, a la de uno mismo; la imagen no solo representa algo, sino que es ese algo en sí mismo. A su vez, la deriva referida a ver o no guarda relación con el sistema y régimen político que adaptamos, la democracia, pues el derecho a ser visto es constitutivo a la idea misma de existencia en ese régimen. Solo mediante la visibilidad puede suceder la representación política. en ese escenario, el desviar la mirada es negar la existencia. El único objetivo que tiene esta exposición artística en Santa Cruz es visibilizar a una población que reclama algo fundamental en democracia: el derecho a ser vistos.   

Sobre la destrucción de las imágenes, la deriva histórica podría remitirnos a tiempos bíblicos, pues la facultad humana de conferir atributos de existencia, no simple semejanza, a las imágenes se sugiere constitutiva a las personas. El dibujo, busto, fotografía de Evo Morales lacerados, quemados y destruidos en 2019-2020 sitúan esta práctica un tanto familiar en nuestro contexto. El fulgor iconoclasta de estas personas se ancla en la idea decorativa del idealismo mimético que considera que la representación contiene el aura, ánima o espíritu del original; es más, que no existe original, sino que toda representación es una parte constitutiva del mismo, por ello la vocación destituyente de estos movimientos. No es hipérbole considerar que, cuando destruían bustos de Morales, asumían que lo destruían a él o que, cuando quemaron whipalas, quemaban la diferencia étnico cultural, no solo un pedazo de tela.

‘En esto han convertido el museo’

“En esto han convertido el museo”, exclama la mujer que realiza la transmisión por redes. Cual cronista y cámara-persona reclama a la audiencia que le sigue en redes mirar: “Miren, miren, miren” lo que han hecho “nuestro escudo”, al tiempo en que las personas que le acompañan inician la destrucción de la obra “escudo del Estado plurisexual”. Los escudos, emblemas patrios, patriarcales, de casas y castas, siempre fueron intervenidos. Toda heráldica, en su condición de símbolo de poder, propiedad y distinción, fueron intervenida, modificada, transformada, pues, como toda imagen, es una construcción social, un invento humano. 

Frente la visibilización de la diferencia, que transitó del reconocimiento hacia la ocupación de lo público y lo común, como son las calles y los museos, las fuerzas reaccionarias de la sociedad, organizadas de manera activa desde 2019, aglutinadas bajo el eufemismo de activismo o plataformas, se atribuyen la facultad de nombrar las cosas “Esto no es arte”, “para esto no es un museo”,  “inmorales” son algunas de las expresiones de la señora Roca durante la toma del museo y que repitió en su intervención en el programa televisivo “No mentirás”, el martes 14 de junio. Ella se presenta como “pitita” Roca, miembro activo de las plataformas que defienden la democracia. 

Estas arremetidas reaccionarias pretenden clausurar los significados del mundo en un lenguaje binario, maniqueo y simplista con un repertorio concreto caracterizado por la defensa de la democracia, el territorio, la tradición y una pretendida superioridad tanto moral como intelectual, pues regentan sobre lo bello, educativo, permitido y aceptado para nuestras miradas, y con ello sancionan qué puede existir y qué no se viene registrando a diario en nuestra región. 

A su vez, el día miércoles 15, en el programa “Fama, poder y ganas”, conducido por Jimena Antelo y José Pomacusi, este dio por terminada la entrevista cuando una de las invitadas, Alejandra Menacho, le señaló que hable él primero y luego ella, pues el periodista la interrumpía mientras hacía uso de la palabra, atendiendo a su interrogante iconográfica sobre si es o no una virgen una de las imágenes exhibidas en “Revolución Orgullo”, buscando anclar lo visual en un significado clerical cultural conocido y admitido por él. De manera unilateral, el señor Pomacusi dio por terminada la entrevista, agregando que si las invitó al programa era para que “las conozcan, pero que, si tienen delirios de grandeza e intocabilidad, es mejor parar la entrevista”.  

La ofensa de las imágenes, por parte de los ofendidos, también reclama purga a los productores de las mismas, pretendiendo encontrar en la autoría claves encriptadas sobre la obra, sobre su significado secreto; sin embargo, ante la imposibilidad de ser catalogadas y tuteladas, las entrevistadas Drixie Ikeya y Alejandra Menacho, de la Pesada Subversiva, el periodista opta por suspender la transmisión, suspender la imagen, suspender su derecho de ser vistas y el de nosotros de verlas y oírlas. 

La condena de provincianismo, ignorancia u odiadores a estos sectores organizados que atacaron la exposición, desplaza y rehúye el debate, optando por no ver un fenómeno social, que repite como mantra una presunta batalla cultural en Bolivia y el continente, identificando cuerpos y prácticas como contendientes. Estos sectores en permanente movilización para determinar qué se mira, quién tiene derecho a mirar y ser visto, encuentran en los medios un aliado leal, que les denomina como activistas o grupos de padres y madres y simples ciudadanos ofendidos.

Las piezas y expresiones artísticas, si son expuestas en un espacio museístico público, pretenden encontrarse con la mirada de quienes las miran, reconfigurando con ese gesto la noción misma del espacio que les acoge, como puede ser un museo público. En lo público converge lo común: la diferencia.

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