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  • Diario Digital | jueves, 06 de agosto de 2020
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La idolatría del hecho y el eterno retorno

Una reflexión sobre el filósofo alemán Friedrich Nietzsche y la concepción del tiempo.
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche.
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche.
La idolatría del hecho y el eterno retorno

Es muy conocido el violento ataque que recibió Nietzsche, poco después de publicar el Origen de la Tragedia. Con esta obra, el Nietzsche filólogo ingresaba en terrenos demasiado oscuros y poco rigurosos para la práctica filológica. El afamado Ulrich von Wilamowitz-Möllendorf decía de Nietzsche, poco tiempo después de leer la obra, que no quería “tener nada que ver con el Nietzsche apóstol y metafísico”, acusándolo de “ignorancia y escaso amor a la verdad”.

Claramente, para Wilamowitz la verdad se concibe como una conclusión comprobable de hechos y datos. Y las respectivas interpretaciones de esos hechos, se deberían ceñir única y exclusivamente a esa matriz dura. Para nuestro tiempo, dicha concepción, por lo menos en apariencia, estaría superada. Es más, parecería que para cualquier espíritu posmoderno, es más bien, la relatividad absoluta y nunca la verdad la que esta en juego. Sin embargo, parecería también que aquella “idolatría del hecho” se mantiene soberana, ya no en los terrenos de la interpretación historiográfica, sino en la vida misma.  

Nietzsche decía que “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”. Pues bien, en mi humilde opinión, dicho aforismo, se entiende mal y también, por eso mismo, a medias. El ser humano posmoderno, tiene gran apertura de comprensión, pero su apertura se abre y se cierra “en él mismo”. La historia (no la historiografía) es un mero accesorio en “su mundo”. Su vida comienza y termina en él mismo. No hay más “mitos” bajo los cuales este enclavada su historicidad. En el mejor de los casos, se practica una afiebrada hermenéutica de la sospecha, que reniega de todo. Somos partículas, sin espacio ni tiempo, que sirvan para mediar aquella interpretación con mayúsculas de la que habla Nietzsche. 

Nuestro “ser en el tiempo” es como una melodía, vale decir: “cuando escucho una melodía, no solo escucho una nota, que es inmediatamente reemplazada por la presentación de otra. Antes bien, la conciencia retiene el sentido de la primera nota mientras escucho la segunda y, a su vez, está enriquecida por la anticipación de la siguiente”. A este tipo de conciencia temporal (inconsciente) Husserl la denomina “profundidad o densidad del presente”. Hay un presente, pero también hay una retención del pasado y una protención al futuro. Pero todo se percibe como unidad, no notas sueltas, sino una melodía. No presentes sueltos, sino una existencia con sentido. 

Tal “profundidad del presente” esta anulada porque somos “bombardeados” sin parar con hechos y más hechos. Más allá de la misma postura epocal, la saturación de hechos nos es impuesta en cantidades ingentes por la redes sociales, entre otras cosas. Y aquel silencio necesario en toda melodía, desaparece. Y solo oímos “clústers” que en última instancia no nos dicen absolutamente nada. 

En sus monumentales trabajos sobre Nietzsche, Heidegger se pregunta: “¿Qué puede significar que en un plan que lleva simplemente el título ‘El eterno retorno’, Nietzsche pusiera la primera parte bajo el título ‘el pensamiento más grave?” . Y citando a Nietzsche agrega: “Que todo retorne es el más extremo acercamiento de un mundo del devenir al mundo del ser: cima de la consideración”. Para pensadores como Baeumler o Jaspers el eterno retorno no tiene tal importancia capital. En el caso de Baeumler, sería simplemente una fuga “religiosa”, sin grandes reverberaciones en el sistema de Nietzsche. Jaspers, por su parte, tampoco enfatiza dicha concepción. Sin embargo, para Heidegger es justamente lo contrario, el eterno retorno sí sería el “pensamiento más grave” y la “cima de la consideración”. 

Retomamos la idea del eterno retorno, porque la consideramos esencial para comprender lo realmente importante. Es decir, comprender lo que es imperioso comprender, y así evitar ser ahogados por lo accesorio de los hechos. Hay algo supratemporal si se quiere, o más bien temporal, si se decide seguir la interpretación temporal e histórica de Heidegger. Algo que siempre queda y se repite, que se puede absorber de lo mítico o de lo poético por ejemplo. Es algo que no se puede deducir de un compilado de datos, archivos historiográficos o del portal del Financial Times. Es algo que se repite en esos fenómenos, pero que va mucho más allá de ellos y mantiene su significado a través de la historia, y por eso mismo, de cierta manera la excede. 

Por eso, como nos dice Félix de Azúa en su prólogo a los poemas de Hölderlin, es “irrelevante que Dante fuera un conservador toscano o que Hölderlin fuera un revolucionario suabo, que Eliot fuera un yankee monárquico o Rilke un checo imperialista”. Es decir, que más allá de lo inmediato, de cierto auxilio indudablemente, está lo importante y esencial. Lo que queda y quedará. Si no, ¿como podría Sófocles seguir siendo tan actual? “¿Cómo podría alguien emocionarse, o cavilar sobre nuestro destino, a partir de las palabras que hace milenios concibió el extraño habitante de un lugar remoto poblado por gente que se alimentaba de queso de cabra, aceitunas negras e higos y cuya economía, por así llamarla, se sostenía con las incursiones piratas que emprendían durante el verano por el Egeo?

La saturación del hecho y del dato es crónica insustancial. Capa nubladora más que fenómeno clarificador. Tal vez, la afinación correcta desde y hacia lo esencial nos lleve a mejor destino. Siempre creemos ser originales, cuando no lo somos en absoluto. No se trata de ser fatalista, si no todo lo contrario. Simplemente entender que, nuevamente, es lo mismo. Simplemente con otro barniz.

Músico y filósofo - [email protected]