Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 15 de octubre de 2019
  • Actualizado 20:20

Honoris Causa

Hoy, un día doloroso en que los bosques de mi país arden, en que los animales ya no tuvieron tiempo de escapar y están quemados, en que los humanos,  indígenas impotentes están obligados a abandonar sus chozas, en que la tierra no volverá reverdecer en árboles por décadas, en que el fuego ha arrasado más de un millón de hectáreas, donde el pulmón del mundo no tuvo opciones de mantener ese nombre;  por contraste, recibo yo, un minúsculo ser del planeta tierra, recibo de mi universidad un premio grande, el Honoris Causa, el premio Causa de Honor en castellano ¡Qué contraste!

Los libros -ese territorio luminoso, vibrante-, los libros que viajan solos, sin necesidad de la existencia de alguien que los defienda, que son los espacios más poderosos de la libertad, me han traído a este momento y lugar. Vengo como docente universitaria, gracias a mis pares, docentes fundadores de la Facultad de Humanidades, pero sobretodo, vengo por los libros que me convocaron  desde joven y por los libros que escribí como mujer, como testigo de este tiempo y este país.  

Me precio de haber escrito libros que denunciaron  la exclusión, el abuso, la invisibilización organizada de la mujer. Mis personajes femeninos me representan. Me precio de haber  invitado a 49 mujeres escritoras a decir “¡Basta!” en un libro antológico de microcuentos escritos por  mujeres escritoras bolivianas. De haber sido motivo de comentarios nacionales e internacionales y felicitación especial de la UNESCO. Me solazo de haber hecho un rastreo en la historia de las ideas dentro de la literatura infantil sobre el manejo sesgado de los roles siempre fijos para niñas y niños en los cuentos y poemas de literatura infantil publicado en el libro De toros y rosas, y que ahora esas voces solitarias como la mía de entonces sean ahora conciertos de voces  de mujeres que han tomado su sitio.

Igualmente me gozo de haber descubierto hace años, en los años 70  -más o menos-, mientras trabajaba en la Biblioteca del Palacio del Centro Pedagógico y Cultura de Portales -que antes se llamaba así lo que es hoy el Centro Simón I. Patiño- haber descubierto que no habían más de 200 libros para niños en tan maravillosa biblioteca. Casi todos libros extranjeros, que tres de ellos eran libros para niños bolivianos. Dos textos de lectura escolar y uno sólo, libro de escritor para niños. Del magnífico talento poético que fue  Óscar Alfaro. Me gozo de haber sentido en ese descubrimiento, la ausencia del niño boliviano, inexistente para los escritores bolivianos. Un golpe metafísico. Yo, Premio Nacional de Novela con Hijo de Opa, viví  una enorme vergüenza. Me prometí escribir una novela para mis niños bolivianos. Escribí Juvenal Nina, las aventuras de un niño tarateño en el mundo de los Incas. Puse en la primera página:

“A mis hijos Huáscar, Grissel y Américo, a quienes dejé sin mi ternura muchas horas  para que nazca este su hermano campesino, Juvenal. A todos los niños humildes de mi Patria con esperanza”.

Desde entonces fueron muchas mis decisiones y acciones a favor de la literatura  infantil. Me apoyó el Centro Portales. Nos vinculamos con otros países, organizamos seminarios, encuentros internacionales de literatura infantil.  Hoy, en el año 2019, más o menos, cuarenta años después, Isabel Mesa ha publicado el libro Historia de la Literatura Infantil Boliviana, un libro de  658 páginas que demuestra el gran movimiento que se produjo  a partir de entonces.

La Fundación del Taller de Experiencias Pedagógicas y de la Biblioteca Thuruchapitas, única biblioteca para niños en Bolivia, organizada, con proyectos permanentes, con relaciones y programas con  más de cinco organismos mundiales de lectura, con premios internacionales como el máximo de Promoción de Lectura en el mundo, el año 2003 en Bolonia,  Italia, o último recibido el 2018, Premio Latinoamericano de Promoción de Lectura  “Hormiguita Viajera” en Buenos Aires, Argentina. Esa biblioteca Thuruchapitas  ha motivado  a centenares  de niños a apasionarse del “Fuego lector” como dicen los niños y jóvenes y a decenas de maestros que lo viven.

Me honra ser la segunda mujer en recibir el Honoris Causa en Bolivia, después de la tan valiente y lúcida feminista como es Julieta Montaño. Me honra el haber trabajado 18 años de docente en literatura nacional, latinoamericana e investigación en la carrera de Idiomas de la Universidad Mayor de San Simón. Me honra haber trabajado y publicado pequeñas  investigaciones en la serie Runayay, bajo el  impulso del gran Lorenzo Calzavarini y haber  recibido la colaboración del Rector de entonces, Alberto Rodríguez, para la publicación de uno mis estudios Los juegos: El rostro lúdico de las culturas.

Las casualidades suceden por algo. Buscaba  entre los viejos papeles  documentos sobre los fascículos Contrapunto que publicamos hace  años los miembros de la Unión Nacional de Poetas y Escritores, los buscaba para armar  un posible coloquio en la Feria del Libro de Cochabamba y entre aquellos papeles apareció una carta que la quiero leer para ustedes. Fechada el 13 de septiembre de 1989.  Hoy estamos en septiembre del 2019,  treinta años después de haber sido escrita. Por eso digo que a veces las casualidades invaden por algo nuestro tiempo. Y la carta dice…

Con  la lectura de esta carta honro a los docentes muertos que me acompañaron entonces, Guiselle Caballero, Antonio Cabrerizo, Ernesto Contreras, Juan Baylli, Elisa  Gantier, Lorenzo Calzavarini.

No podría cerrar  estas palabras sin señalar públicamente que hace años,  como un desafío consigo mismo, el Magister, René Rivera Miranda, nos dijo a Adolfo Cáceres y a mí, que en su proyecto de vida estaba conseguir el Honoris Causa para nosotros. La condescendencia e incredulidad con que le escuchamos por entonces se ha hecho realidad. Ya Adolfo Cáceres recibió a principios de año esa investidura. Hoy me la dan a mí.

Que la vida profesional  le sea propicia a René Rivera Miranda y las bendiciones le lleguen siempre.

Agradezco a  Juan Ríos del Prado, Magnífico Rector, a Esther  Pozo Vallejo Vicerrectora y a Carmen Quiroz Gómez, Secretaria general de la Universidad, por haberse empeñado en que la ceremonia sea de primer orden, a los decanos que han dado tanta solemnidad con su presencia; sin todos ellos, no hubiera sido posible este nivel de celebración. Actos como estos son una contraseña  para enfrentar la vida, que jamás deja de tener luces y oscuridades.  

Gracias  a ustedes testigos participantes del alto regalo que me da mi  universidad,  sin ustedes tampoco  hubiera sido posible esta ceremonia.  Entre ustedes están mis hijos que nunca jamás me han reclamado el haberles dejado muchas horas por escribir mis libros.

Agradezco a Dios que permite  que en medio de la devastación que  ocurre  en la Patria,  pueda yo  alegrarme y compartir  esta alegría con los estupendos  amigos y parientes  que están aquí.   

Escritora y Doctora Honoris Causa