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  • Diario Digital | viernes, 14 de agosto de 2020
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Homicidio a una vida transitoria como mesías de ella única, gloriosa y eterna

Una reflexión sobre la muerte a través del filme El séptimo sello, de Ingmar Bergman.
Un fotograma del filme El séptimo sello, de Ingmar Bergman.
Un fotograma del filme El séptimo sello, de Ingmar Bergman.
Homicidio a una vida transitoria como mesías de ella única, gloriosa y eterna

No es nuevo, tampoco extraño ni mucho menos ajeno; pero sin embargo pareciera algo insólito, inverosímil, una verdad y una mentira a medias al mismo tiempo, que cuando se hace presente y se es verdaderamente consciente de ella, desploma todo ello a lo que estamos bien acostumbrados, esa cotidianidad inauténtica, el falso diario vivir.

La muerte como el gran “pero” de la existencia sigue a la vida desde hace mucho, en realidad, desde siempre, camina junto a nosotros y sin embargo nunca entablamos diálogo con ella, ni mucho menos volteamos a verla; pocos son los que tienen el privilegio de ese encuentro que no siempre resulta grato. Existen dos vías por las cuales podemos toparnos con el obitus, ergo, dos concepciones diferentes pero que en suma van a concurrir. 

Por la naturaleza misma del lente con el cual vamos a abordar el tema, un ejemplo será lo más idóneo en esta ocasión;  la magistral obra del coloso director de cine Ingmar Bergman, Det sjunde inseglet (El Séptimo Sello).

En el filme, Antonius Block y su escudero habían regresado de las cruzadas después de  tres años hacia una Suecia que se veía en sometida en desgracia debido a la peste negra; por lo que podemos enunciar que los personajes pasan de estar atestados de contemplar la defunción casi como algo cotidiano, a lo que aparentemente pareciera ser el mismo paisaje; pero hay algo que no es igual y es lo que sitúa justamente a la película en ese tiempo y espacio, pero esto lo veremos más adelante.

Es por lo mencionado anteriormente además de la aparición de la Muerte anunciándole su fin a Antonius, que se remite prácticamente de manera natural a buscar garantías en la religión y en Dios, no aguanta más seguir sumergido en fantasía ni sentir el vacío; bien lo había dicho el pintor en la iglesia: “el miedo es verdaderamente lo que obliga a pensar a las personas”; incluso Block le confiesa a la propia Muerte de que está sumergido en un mundo sinsentido, de fantasmas y fantasías, le había hecho amarga la realidad, sentía temor; había contemplado la muerte de primera mano como algo natural y ya no por la mano del hombre como en las cruzadas, sino ahora por una enfermedad (la peste negra), con una causalidad que figurativamente carecía de toda justificación congruente, además de que se le había presentado la personificación misma de ese temible augurio que le anticipaba eso mismo. Había reinado el miedo ante la serenidad de lo cotidiano, se había desnudado completamente ante el caballero lo que siempre era censurado, eso prohibido, de lo que no se habla ni se permite hacerlo.

Se es consciente de la muerte en cierto sentido, pero no se la acepta con plenitud; se la niega, ¿por qué?; naturalmente la idea del fin de la vida, de la falsa infinitud, de la engañosa eternidad y de que en realidad somos entes efímeros, es algo sumamente abrumador; Bergman nos muestra por medio de la escena en la que los comediantes, Block y su caballero comparten un esplendoroso momento, como la amistad se efectúa como escape y negación al inevitable desenlace de la vida, esa virtud por la cual uno tiene a la felicidad no como algo únicamente suyo y meramente individualista sino como algo que es verdadera solamente cuando se la es compartida, es decir que no es ella misma si no es más con otros como lo es con uno mismo. 

Así el caballero logra olvidar su tormento pero  retorna a la meditativa inquietante, cuando en el camino se encuentran con una supuesta bruja y luego con un ladrón, antiguo seminarista, agonizando por la peste hasta su deceso; lo que le lleva de nuevo a la búsqueda de garantías y hace que cuestione a la bruja sobre el diablo, porque él es quien mejor conoce a Dios, pero nuevamente no encuentra respuestas, demostrando el silencio del cielo que se menciona al principio de la película.

Finalmente, después del tercer encuentro con la Muerte, Antonius se rinde ante el inevitable destino, siendo advertido de que cuando ella le buscase, se llevaría también a quienes estuvieran con él y aun así decide no contarle a nadie, se niega a morir solo, como último consuelo. Ahora bien, la muerte conocida por la experiencia es posible  exclusivamente cuando logramos subsumir ese concepto de lo percibido en el campo sensible, es decir de un fenómeno semejante pero ajeno como si fuera esta una verdad universal de todo lo vivo, así se la puede definir por último como el final definitivo de la vida, de la posibilidad de concebir y pensar la realidad tal como la conocemos; es eso, lo que provoca el miedo y a su vez la reflexión; en resumen, morir no puede ser nada más para la experiencia que dejar de vivir.

Entonces, ¿de dónde es que sale la asociación de conceptos o más bien ideas de vacío y la nada que revelan límites y finitudes con la muerte?, pues justamente de la razón y meramente por medio de un ejercicio especulativo de ella, siendo una posibilidad siempre contingente, diferente a todas las demás otras que forjan “el ser posible” y además como obstaculizador de estas mismas, por ello vamos a tratar a este concepto como a una idea regulativa, como algo en que basarse para moldear todo nuestro accionar, el “qué debo hacer”. No es la muerte algo negativo en ese sentido sino más bien un impulsor y el sentido máximo de la vida, lo que resulta algo irónico, aparentemente contradictorio a lo que nos dicta la experiencia y es por esto que llegar a una definición racional es extremadamente necesario si queremos una existencia autentica. 

La partida de ajedrez entre Antonius Block y la muerte quizá represente eso justamente, la inteligibilidad de ella que Bergman quiere exponer en el filme y no solo como pretexto del caballero para alargar un poco más su vida; porque como bien se Negar toscamente en este punto el obitus es caer en el uso de la razón perezosa (ignavia ratio).

Siendo de esta manera mordaz como la vida toma su máximo esplendor en el pensamiento y es a partir de ella que nace una nueva senda del todo, a saber, el del vitalismo; ya no tendrá sentido ir entonces en busca de garantías después de la muerte sino aceptar con dignidad la definición de la razón, de ser esta el inicio de un vacío inconcebible de la nada, puramente inteligible. De ahí también la necesidad aparente de matar a Dios y repudiar a los transmundistas, porque ahora quien ordena sus máximas es el propio hombre, que ya no deja su accionar sujeto al ente supremo y vive peligrosamente, escoge las dichas y las penas de su vida, no solo para el momento sino para siempre, para la eternidad, pensando en la infinitud de lo hecho y no arrepentirse de nada, deseando con locura el eterno retorno cuando vea el momento final de la vida, cuando la muerte se haga presente; asegurándose así de haber vivido plenamente.

No se debe confundir ese loco deseo con la idea de la esperanza o seguridad de una palingenesia ya que sería un error y una contradicción de gran magnitud a lo ya escrito; es menester centrarnos en el cómo vivir porque esa es justamente nuestra garantía única y realmente segura.

Es así que tomar la actitud del escudero Jöns ante la aparición de la Muerte es lo más glorioso que podríamos hacer, firmes y soberbios, callados en son de protesta porque después de haber bailado bien en la vida ¿por qué, no ha de ser grata también la danza con la muerte? La aceptación de la verdad y solo ella es la anestesia ante el final, el único camino para una existencia auténtica, y que sea eso lo que queremos deber, por último, antes de la nada.

Estudiante colegio San Agustín - [email protected]