Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 20 de junio de 2021
  • Actualizado 10:04

Dos hermanos, un destino

La represa de Corani alcanzó su máxima capacidad después de que las lluvias cayeran sin cesar durante el mes de marzo. Los turistas reemplazaron su feriado en casa, el viernes santo –2 de abril–, por una salida familiar anhelando ver aquella cascada artificial.
La represa de Corani alcanzó su máxima capacidad de almacenamiento de agua. AA
La represa de Corani alcanzó su máxima capacidad de almacenamiento de agua. AA
Dos hermanos, un destino

Los pájaros aún se encuentran dormidos, y la luna parece estar atascada a la mitad del cielo. Es el segundo día de abril, viernes santo. ¿Qué hace despierto alguien un feriado a las cuatro de la mañana? “Apúrate, lo tenemos que recoger al Jorge de Sacaba todavía”, le dice Maximiliano Paz, ex trabajador de la prensa, a su hijo que apenas puede mantener los ojos abiertos. “Ir a ver agua, divertido”, refunfuña Leonardo, el hijo. Don Max ha escuchado en las noticias que la represa de Corani ha rebalsado, y ha generado así un paisaje que muy pocas veces en la vida puede ver uno. “A ver si te emocionas igual cuando tengas setenta años y no te dejen salir”, Max golpea levemente, con su gorra, la cabeza de Leo.

Ha pasado cerca de media hora desde que se despertaron y diez minutos desde que emprendieron el viaje hacia Colomi, lugar donde se encuentra la famosa represa. “¿Ya ves?, nos hemos pasado por tu culpa. Volvé”, Max le dice a su hijo, quien conduce el Jeep, después de fijarse el kilómetro en el que se encontraban. Tienen que recoger al hermano de Maximiliano, tío de Leonardo, René Paz; ambos hermanos se dedicaron una vez al periodismo con una afinidad hacia los sucesos actuales, si pasa algo fuera de lo usual, ellos estarán ahí. Después de volver cerca de tres kilómetros para recoger a Don René, el viaje hacia el destino ya determinado continúa. Apenas son las cinco de la mañana, pero los hermanos Paz parecen tener toda la energía del mundo.

“No éramos periodistas con título”, afirma René, “Simplemente nos gustaba saber los chismes del barrio, aunque yo he sido el que más lejos ha llegado en la profesión”, se ríe y golpea el hombro de Maximiliano. “¿Te acuerdas cuando la mamá nos riñó por irnos al Chapare para ver al Che?”, dice mirando a su hermano, quien se encuentra en el asiento de copiloto. René se voltea y le apunta con el dedo, “Ni siquiera estaba ahí de paso, para en vano nos hicimos pegar”, él le responde entre carcajadas. Ambos lanzan un suspiro mientras el viaje continúa. Después de casi dos horas de viaje, el Jeep se estaciona en lo que parece ser un parqueadero. “Ahí está su agüita”, dice Leo poniéndose una chamarra y bajando del auto con una sonrisa en el rostro, viendo la emoción en la cara de su tío. 

El frío era tolerable, y la gente apenas comenzaba a llegar. Las lluvias habían provocado que la laguna artificial de Corani se llene hasta el tope, y rebalse ocasionando una imagen y sonido cual cascada fuese. “Oye, ¿dónde está el tren?”, dice un Max totalmente extrañado. “Viejo, creo que estaba ahí abajo, donde el caminito”, responde René, apuntando el lugar. “¡Tanto se ha llenado!”, exclama Don René. “Había gradas grandes para bajar de donde se criaban las truchas, ¿no? Por donde casi se cae el tío”, menciona Leo igual de extrañado que su papá. El agua había cubierto todo lo que ellos conocieron alguna vez. Se podía divisar varias motos tratando de cruzar hacia el otro lado de la cascada, algunos se quedaban varados a mitad del camino, y otros pasaban, pero con el castigo de mojarse de las rodillas para abajo. “Ya te quisiera ver intentando eso con mi moto, ¡ay de vos!”, René reprende a su sobrino imaginando un escenario ficticio. 

Los tres hombres se quedaron observando desde abajo la magnitud de cada litro desbordado fuera de esa laguna artificial. El sonido era estruendoso y las gotitas salpicaban a cualquiera que se acercase. El aire era puro, y los pájaros se oían a la distancia. ¿Qué hora es? Nueve de la mañana apenas. “¿Vamos a comer?”, sugiere Max después de haberse tomado unas fotos para la posteridad. “Uf, unos pescaditos”, René frota las palmas de sus manos entre ellas a modo de calentarse. Todos ellos se van caminando de vuelta a la movilidad, con un nuevo rumbo y misión: Encontrar un restaurante abierto a las nueve y media de la mañana. 

Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” – Regional Cochabamba