Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de junio de 2021
  • Actualizado 13:12

Mi gratitud a Humberto Maturana y a la biología del amor

Una semblanza personal del biólogo, filósofo y escritor chileno, admirado internacionalmente y coautor de la teoría de la “autopoeisis”, quien murió el jueves 7 de mayo, a los 92 años.
Mi gratitud a Humberto Maturana y a la biología del amor. STEPHANE DE SAKUTIN-AFP
Mi gratitud a Humberto Maturana y a la biología del amor. STEPHANE DE SAKUTIN-AFP
Mi gratitud a Humberto Maturana y a la biología del amor

Humberto Maturana murió ayer (por jueves), en un día de Ekadasi, un día especial en el que en ciertos lugares del mundo se agradece la misericordia y la posibilidad de optar por la austeridad. La muerte de los grandes pensadores abre siempre un porvenir renovado. Renueva la búsqueda de comunidad, renueva la atención hacia lo que otro ser humano dejó dicho desde la singularidad de su experiencia. Renueva nuestra posibilidad de recordar:

Pienso que después de que Humberto Maturana viera lo que vio con relación a la estructura cognitiva del ser humano, desde la biología, hubo en él una fuerte voluntad por mostrarnos una condición de fundamento del ser humano que, comprendiéndola, podría ser una piedra base para el diálogo, que él definía tan bien como “la aceptación del otro como un legítimo otro”.

Lo absolutamente poderoso, es que, desde el mirar el comportamiento de los seres vivos como seres estructurados sobre una base biológica, desde el mirar lo que está teniendo lugar dentro de la piel y en su superficie, Maturana encuentra un argumento científico que puede conversar con una ética. Maturana ilumina la “legitimidad” del otro. Algo muy bello para comprender en este intento cotidiano de vivir en comunidad.

En la sexta edición de su libro Emociones y lenguaje en educación y política, afirma que el ser humano, antes que estar dominado por la racionalidad, responde a las emociones, que define como “disposiciones culturales que determinan o especifican dominios de acciones”. Nuestras acciones, también lo que decimos, tienen una base emocional. Nuestras emociones se definen en la larga relación con el prójimo, en la experiencia que tenemos de él desde el momento de la concepción y en el transcurso de la vida entera. 

Maturana explica que lo que define a una especie, o un determinado grupo de seres humanos, es su modo de vida. Es decir, la configuración de relaciones que se dan entre el ser viviente y su medio, y no así ninguna configuración genética. Lo que nos define como los seres humanos que somos es el modo de vida que tenemos y el modo de vida que tuvieron nuestros antepasados, inmediatos y muy mediatos, porque la trama del tejido se define en el lenguaje. 

En el camino de constitución de lo humano, Maturana piensa que en la forma de vivir que hemos mantenido, basada en el estar juntos, las interacciones que se repitieron en el plano de la sensualidad, para que el lenguaje pudiera surgir, requerían de una emoción de fundamento, esa emoción para él es el amor. El amor es la emoción fundante de la posibilidad de convivencia. Afirmación que hace desde sus investigaciones biológicas. Solo el hecho de que hubieran interacciones que se repitieron una y otra vez hasta ser recurrentes en la vida de la especie, definió el fenómeno social. La emoción recurrente para lograr sociedad es el amor.

Maturana define al lenguaje como un flujo de coordinaciones consensuales de coordinaciones de acciones consensuales, lo que quiere decir que desde la biología se entiende que el lenguaje no es un instrumento ni un añadido a nuestro ser biológico, no es un constructo asimilado o del que nos apropiamos, sino es un fenómeno que se da “en el fluir de coordinaciones conductuales consensuales”. El lenguaje como fenómeno que un observador puede observar, nos explica, tiene lugar en las relaciones y es parte del flujo de coordinaciones de acción. Encantador como era, vi que para explicar este concepto de “coordinaciones de acción”, se detenía y levantaba su brazo, “taxi”, gritaba. Con su mímica hacía que imagináramos un taxi que se detenía para levantar al posible pasajero, pero él se daba la vuelta y se iba sin subir al taxi. Donde no hay coordinación de acción no hay lenguaje. Continuaba explicando algo que es muy importante a mi parecer, aunque el lenguaje en el actual estado de evolución en el que estamos pueda ser usado en boca de algunos para agredir y desconocer al otro, nunca hubiese podido surgir de la emoción de la agresión, simplemente porque la agresión es una emoción que restringe, que debilita la posibilidad de convivencia y, por tanto, la posibilidad de ser de la especie. Debemos entender que cuando decimos especie no estamos refiriéndonos a una masa de seres humanos lejanos y sin rostro, quizá habitantes de un detestable país capitalista o habitantes de un detestable país socialista. Cuando decimos especie estamos diciendo también hijos, nietos, padres, abuelos, vecinos, comunarios, cuates, best friends, rostros muy próximos a nosotros. 

Así Maturana nos plantea una serie de novedades, nos dice que la emoción que hizo posible la historia de hominización es el amor. Y otra gran novedad: Nos dice que el amor no es nada especial, ni algo por lo que tengamos que esforzarnos o algo hacia lo que tengamos que evolucionar. El amor es el fundamento de la vida humana, de lo social. Pero aquí plantea algo más fino: el amor es la emoción que establece el dominio de conductas donde se da la operacionalidad de la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia. Y llega a una conclusión: “Sin aceptación del otro en la convivencia no hay fenómeno social”.

La ciencia revela que nuestros antecesores, hace millones de años, fundaron su vida en el amor y el amor hizo que pudiéramos llegar a donde estamos. Más aún, ese fundamento que hizo que este ser biológico que somos sea humano, el amor, se conserva en nosotros y dependemos de él. Aunque ciertos sistemas de pensamiento nos hubiesen dicho lo contrario, el linaje Homo al que pertenecemos depende del amor. El amor es la emoción central en la historia evolutiva humana. La aceptación del otro como un legítimos otro es una condición indispensable “para el desarrollo físico, psíquico, social, espiritual del niño, así como para la salud física, psíquica, social, espiritual del adulto”. Amor como flujo de coordinaciones conductuales consensuales, es decir como lenguajeo, con el otro, con el medio ambiente y “¡con la circunstancia!”.

Maturana también explica que toda historia individual humana es una epigénesis en el fenómeno que es la convivencia y la sociedad, esto quiere decir que toda historia individual incide en el proceso de adaptación y sobrevivencia de la especie en el planeta. Es claro y contundente cuando afirma que toda historia individual es la “transformación de una estructura inicial homínida fundadora”, el espacio humano cuya sustancia de fundamento es el “lenguajear”.

Así, fundados en el amor, estamos todo el tiempo sosteniéndolo o reduciéndolo. Pues “el futuro de un organismo nunca está determinado en su origen”, el presente y el futuro surgen en cada instante. Maturana nos propone un espacio de acción, de convivencia, fundado en la aceptación y el respeto por el otro. ¿Cómo lograrlo?, se pregunta, y responde: Eso es fácil: cuidando, fluyendo en un espacio de convivencia tal.