Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 26 de febrero de 2024
  • Actualizado 20:33

El fuego que aviva ‘Tiempos Modernos’

La más reciente película del finlandés Aki Kaurismäki, ‘Hojas de otoño’, considerada una de las mejores de 2023, se exhibe en el cine Center de Cochabamba, así como en salas de La Paz, Santa Cruz y Tarija
El fuego que aviva ‘Tiempos Modernos’.
El fuego que aviva ‘Tiempos Modernos’.
El fuego que aviva ‘Tiempos Modernos’

Sinceramente creo que, para llegar a la última de las etapas de la vida obrera capitalista, es decir la jubilación, uno tiene que haber aprendido a “abandonar toda esperanza”, como reza el verso al inicio de La Divina Comedia, antes del descenso al infierno. Una vida dedicada al trabajo es, en definitiva, una vida entregada al capital, un infierno personal y privado. En el trabajo, el obrero o la obrera, de alguna manera, tienen que anestesiarse para no pensar mucho, no soñar demasiado al punto de abandonar el trabajo. El tiempo moderno de las fábricas hizo eso de nosotros hombres y mujeres adormecidos porque, de otro modo, solo sufriríamos por no ser cowboys, vagos, mochileros y mochileras, hippies, bohemios; seres que llevan todas sus pertenencias y su vasto mundo en una mochila al hombro. 

Quizá el primer ser moderno en no abandonar la esperanza sea Charles Chaplin (Reino Unido, 1986 – Suiza, 1977). Desde la máquina moderna del cine, nos proyecta la luz de un ser pobre, despojado, vagante y lleno de aventuras. Un poco cojo y mal vestido, con su sombrero burgués despintado y su bastón, Charlot es el personaje maltrecho y despierto con que Chaplin enciende ese fuego, el de la esperanza.  

El cineasta finlandés Aki Kaurismäki se vuelve de entero a la esperanza con su película Hojas de Otoño (Finlandia, 2023). Deja un momento su tiempo de “jubilación” para remarcar la importancia del cine como arma moderna contra la desesperanza, la desilusión y la guerra en la que está embarcado el mundo, sobre todo la que tiene lugar entre Rusia y Ucrania. Con constantes referencias al conflicto bélico en las noticias de la radio, el director de la “Trilogía del proletariado” retorna a Tiempos Modernos (1936), de Chaplin, hace su propia versión con tintes cómicos y nostálgicos para establecer la fuerza poderosa del cine como fábrica de sueños, máquina de la esperanza, engranaje de luz que ilumina a lo que nos hace humanos. Nos habla de las máquinas de ensamble, fábricas donde se pierden sueños y vidas, espacios donde los humanos somos convertidos en zombis con un hambre constante imposible de saciar. En una escena de la película, la pareja protagónica —Holappa (Jussi Vatanen), un trabajador metalúrgico, y Ansa (Alma Pöysti), una cajera de supermercado— va al cine a ver la película de zombis, dirigida por Jim Jarmusch, Los muertos no mueren (2019). La referencia al adormecimiento obrero es directa. 

Holappa, para resistir el esclavizante y desgastante ritmo laboral, se dedica al alcohol; en su casillero tiene botellas, dentro de su saco, una sobaquera, su única distracción es ir a los bares y tomar. Trabaja borracho, comete errores, hace todo mal. No canta en el karaoke, no baila, solo trabaja y toma. Como en Tiempos Modernos, Charlot, en medio de las máquinas, de los gigantes engranajes que mueven al mundo y de las bandas transportadoras para producir en serie, es un obrero que falla en todo menos en enamorarse. Kaurismäki ha hecho su propio Tiempos Modernos: Holappa, un obrero, alcohólico, falla en todo menos en enamorarse. 

El cineasta finlandés logra, al iluminar con una nueva luz la película de Chaplin, dos cosas. Por un lado, reivindica al cine como una máquina de paz, más necesaria que nunca y que, como máquina, es capaz de producir paz en cantidades masivas. Se impone la idea de que el mundo moderno también ha sido capaz de inventar formas de escape real, a través del propio lenguaje poético. Y, por otro, que la manera en que miramos el mundo es determinante a la hora de reescribir una historia, o un mito, en este caso el de Tiempos Modernos, de Chaplin. 

Kaurismäki no solo está haciendo un homenaje al cine “pobre” o al cine de Bresson, esto sería darle demasiada importancia a la industria del cine. Hojas de otoño no es un homenaje o prueba de un amor inconmensurable al cine. La película se plantea como una crítica y reescritura del propio cine y un cuestionamiento a su lado de “máquina de producir” historias e imágenes, discursos y miradas. 

Inspirado por Robert Bresson, Kaurismäki parece tomar al pie de la letra lo que el cineasta francés dice sobre las miradas en su libro Notas sobre el cinematógrafo (1975): la mirada “¿De quién? Una sola mirada provoca una pasión, un asesinato, una guerra”.  La máquina del cine, la máquina de mirar, puede volverse a la pasión, al amor. El cineasta finlandés apuesta por volver a mirar Tiempos Modernos no como una simple imitación romántica sino, más bien, como un “acto por el cual la idea misma de modelo o de una posición privilegiada resulta cuestionado, invertido”, como lo dijo Deleuze en “Diferencia y repetición”.  Kaurismäki cuestiona la violencia moderna que implica el trabajo, el capital, en la vida de las personas y lo hace desde la posmodernidad, revisitando y reescribiendo una película que habla de la modernidad. Retoma y deconstruye el género tradicional, los estereotipos del hombre máquina en Chaplin y los cuestiona e hibrida. Así, esta reescritura vuelve a problematizar la mirada que tenemos sobre los géneros canonizados, sobre los tiempos modernos, sobre el trabajo, sobre la industria del cine. 

Por eso opta por el cine pequeño, honesto, simple y romántico, en oposición al cine grandilocuente, de las grandes productoras, con grandes estrellas, fácil de vender, comprar y consumir. El cine es una máquina que usa la mirada, funciona en base a ella, la mirada del director, de los actores y del público. En la película vemos a la pareja en su primera cita en un cine, los vemos mirar la pantalla, dejar atrás su vida laboral, su vida solitaria y pobre. Pero la joya de la película, la pequeña pieza que hace girar todo el engranaje de la historia, aparece en un primer plano de Ansa, que mira fijamente a Holappa mientras este se va, aunque en realidad Ansa mira de frente a la cámara, a nosotros, y sin ninguna expresión especial o drama, cierra un ojo como guiñando(nos). A partir de este momento, Holappa emprende un trabajo mayor y más penoso, acepta una oferta laboral en forma de guiño, que es dejar el alcohol, para estar presente, sobrio y poder caminar hacia el atardecer con la mujer que ama y tener un “happy end”.

Las referencias incontables al cine francés, americano y de género en la película de Kaurismäki no son las de un fanático cinéfilo, son reencuadres sobre lo que la máquina cinematográfica ha ido construyendo, son piezas del gran invento del mundo moderno, son nuevas versiones de la historia del cine que deben reactualizarse; datos que figuraban en segundo plano y que hablaban de un tipo de lector de cine, un tipo de consumidor.  La película, desde su hechura, apuesta a ser un “no producto”, un verso, un pedazo de poesía, una historia sencilla sin velos, drones o filtros. El cine despojado de vestuarios y dramas, de mitos y precios, el cine recuperando su luz primera, la del amor por el asombro.